Curiosidades


Donde los libros duermen


Por Daniela Calabró.


Las vistas del mar Egeo no fueron lo que más asombró a Oliver y Craig, dos amigos ingleses, cuando pusieron los pies en la isla griega de Santorini; tampoco, sus pendientes escarpadas colmadas de casas mediterráneas de un blanco puro. Su mayor sorpresa fue que en toda la isla no había librerías. Ni una. Les demandó seis meses recolectar libros, alquilar una furgoneta y convencer a dos o tres amigos de emprender la aventura de cruzar toda Europa y desembarcar en el pueblo de Oia para inaugurar la primera tienda literaria. Atlantis Books es un hecho desde 2004 y resulta peculiar por donde se la analice: tiene una pequeña terraza al mar, un perro y un gato son sus inquilinos de lujo, y está comandada por viajeros amantes de la lectura (el trato es sencillo: se hacen cargo de atenderla a cambio de alojamiento).

Como este, otros miles de relatos y curiosidades se esconden detrás de librerías y bibliotecas que, en muchos casos, son obras de arte en sí mismas. Una de ellas es la Selexyz Dominicanen, en la localidad holandesa de Maastricht. Está emplazada dentro de una iglesia que fue desacralizada en el año 1796, cuya edificación, de ocho siglos de antigüedad, tuvo infinidad de usos (hasta fue un depósito de bicicletas). En 2005, y luego del arduo trabajo de un estudio de arquitectos, se transformó en la sucursal más emblemática de la célebre cadena. 

Con menos opulencia pero con calidez de sobra, la Ciudad de México atrae a lectores de aquí y allá con la Cafebrería el Péndulo, en la zona de Colonia Condesa. Aunque comenzó como la integración de una cafetería y un comercio literario, a su concepción original se sumaron otras manifestaciones culturales, como proyecciones de películas, conciertos, cursos y sesiones musicales. Su estética inspirada en la naturaleza contrasta –con más intención que por casualidad– con el bullicio intenso del ex-Distrito Federal. 

Del otro lado del Atlántico, la fusión de la lectura y la gastronomía es un boom. El éxito de la librería Cook & Book, en Bruselas, es un claro ejemplo de la tendencia: dividida en ocho sectores, conjuga sitios donde comer, ambientes de lectura, un salón de venta de títulos de cocina y un rincón para escuchar buena música. 

Desde este punto cardinal belga, se hace inevitable hacer una escala en Shakespeare & Company, quizá la casa de libros más singular de París. Durante el siglo pasado fue el epicentro de la cultura anglosajona en Francia, y eran habitués artistas de la talla de F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Ezra Pound, Gertrude Stein y James Joyce. Cerró en 1941, durante la Segunda Guerra Mundial, y abrió su sede actual muy cerca de la catedral de Notre Dame, en 1951. Regenteada por un inglés bohemio, se transformó rápidamente en un reducto de culto. Aún se conserva una placa con una cita de su fundador: “No seas maleducado con los visitantes, no vaya a ser que sean ángeles disfrazados”. Esa premisa, por la que propios y extraños son siempre bien recibidos, termina de convertirla en una parada obligada. 
Refugios de cultura
Austria es uno de esos países en los que todo parece acariciado por una intervención divina. Alpes que mueren en ciudades palaciegas dan forma a una geografía salpicada por abadías y estancias religiosas, a las que los Habsburgo plagaron de belleza barroca. Uno de ellos es el Monasterio de Admont, que atesora nada más y nada menos que la biblioteca monacal más grande del mundo, que data del 1776. A lo largo de setenta metros, siete cúpulas repletas de frescos dan marco a los doscientos mil volúmenes que allí se resguardan y nos transportan al alma del Imperio austro-húngaro. 

También del siglo XVIII, pero con una fuerte impronta rococó, la biblioteca Joanina es un verdadero espectáculo. Se trata del archivo literario de la Universidad de Coimbra y debe su nombre a su creador: el rey Juan V de Portugal. Uno de sus atractivos son los ornamentos dorados, perfectamente combinados con estructuras de ébano. La madera, que fue y es uno de los materiales más nobles en este tipo de edificaciones, encuentra su máxima expresión en la biblioteca del Trinity College de Dublín, un must de la capital irlandesa. Amén de ser un deleite que quedará en la retina, guarece el renombrado Libro de Kells, un manuscrito realizado por monjes celtas alrededor del año 800 d.C, con estampas e ilustraciones sobre los cuatro evangelios del Nuevo Testamento. Mientras se camina entre estas y otras reliquias, esculturas de personajes notables escudriñan los pasillos: Isaac Newton, Aristóteles y Sócrates nos recuerdan que estamos en una casa de estudio. 

Bastan muestras como esta para comprender que recorrer los claustros académicos es un buen plan. Y hay otros: en Baltimore, Estados Unidos, la Universidad Johns Hopkins cautiva con un espacio suntuoso al que suelen llamar “la Catedral de los Libros”. Es la biblioteca George Peabody, a la cual el filántropo homónimo le dio vida en un edificio elegantísimo que custodia ejemplares de trescientos mil textos antiguos. Allí, entre las estanterías que circundan un atrio altísimo envuelto en balcones de oro, dicen que descansa una de las ediciones más hermosas del clásico Don Quijote de la Mancha. 
El recorrido nos devuelve al Viejo Continente: en el Rijksmuseum de Ámsterdam está la biblioteca Cuypers, considerada una de las más ilustres entre las dedicadas a la historia del arte. No se queda atrás la biblioteca Santa Genoveva, en la Universidad Sorbona Nueva de París, construida en 1861. Si bien su frente es una imagen renacentista, el interior se parapeta bajo una colosal estructura de hierro absolutamente vanguardista para su época. 
Como los de aquel entonces, los arquitectos de tiempos más recientes intentaron que su obra trascendiera por ese toque único y característico que da la innovación. A la biblioteca de Stuttgart, en Alemania, la bautizaron El Cubo, por su aspecto exterior, con gran parte de su fachada construida en cristal, a excepción de un muro que sirve de aislante para enfrentar los duros inviernos germanos. La luz natural que ingresa al lugar y sus nueve plantas pintadas de blanco que convergen a un hall central otorgan una claridad poco usual en espacios de este rubro. 

Unos mil kilómetros más al norte, en Copenhague, cuatro estructuras edilicias de la zona portuaria conforman la Biblioteca Real Danesa. La más moderna es la conocida como el “Diamante Negro”, formada por dos cubos que se inclinan levemente sobre la calle y cuya cubierta, de mármol negro y cristal, facilita ver de un lado el mar, y del otro, los fastuosos edificios del barrio de Christianshavn. Esta obra de avanzada se une a la antigua Biblioteca Real a través de tres puentes que son dignos de atravesar: uno de ellos ostenta en el techo una pintura exquisita del reconocido pintor danés Per Kirkeby.
Tal como hicieron los amigos Oliver y Craig, cargando obras de una punta a la otra de Europa, existió un político victoriano de Gales, William Ewart Gladstone, quien, a fines del siglo XIX, trasladó en persona todos sus libros. Lo hizo por unas pocas cuadras, pero en carretilla y a los  85 años. ¡Y eran más de treinta mil! Cada uno de ellos le dio forma al mayor anhelo de quien había sido cuatro veces primer ministro: “Reunir libros que no tenían lectores con lectores que no tenían libros”. Un adelantado, Gladstone creó una biblioteca hotel (a la que, además de su colección, donó una cifra millonaria de dinero), pensando en que quienes se hospedaran allí tuvieran acceso a lecturas que honraran a su país. La biblioteca con su nombre sigue funcionando en la misma residencia de la ciudad de Hawarden, donde no solo se puede elegir entre más de ciento cincuenta mil títulos históricos… ¡sino llevarse el favorito a la cama! 

Orgullo nuestro
En los rankings de librerías emblemáticas, el Ateneo Grand Splendid siempre ocupa lugares de privilegio. No es para menos: emplazada en un antiguo teatro de la porteña avenida Santa Fe, se roba diariamente la mirada de miles de visitantes. Su cafetería, ubicada en el escenario, los frescos de su cúpula y la conservación intacta de su estructura original la transforman en una verdadera joya.


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Fotos: Pixabay.

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