COLUMNA DE PADRES


Un martillazo de nostalgia



Camila estaba encerrada en el baño hacía más de cuarenta minutos, y yo estaba en el lavadero, martillo en mano, reforzando un mueble. Supuse que estaría probándose maquillajes de su madre, porque eso es lo que viene haciendo el último tiempo. Repentinamente, la puerta del lavadero se abrió. Me di vuelta, y ahí estaba Camila, en silencio, con la mirada clavada en el piso. Yo no podía descifrar si se había mandando alguna macana, si quería pedirme plata para comprarse un jean o qué. 

–¿Todo bien, Cami? –le pregunté, temeroso.
–Me bajó –me dijo. 
–¿Qué cosa? 
–¡Ay, pa! La menstruación –me respondió. 

¡Ay! fue el sonido que largué, cuando se me cayó el martillo sobre el dedo meñique del pie. Me acerqué rengueando, la miré sin saber qué decir y la abracé con lágrimas de dolor, por mi dedo. Ella esbozó una sonrisa y se fue para su habitación. Romi estaba trabajando y mi hermana, psicóloga, atendiendo pacientes. No tenía ninguna mujer a mano para preguntarle qué se hace o dice en estos casos: ¿Felicitaciones?, ¿Lo siento mucho?, ¿A partir de ahora podés quedar embarazada, ¡cuidate!? Nadie me preparó para este momento. Y me acordé de que cuando mi hermana “se hizo señorita”, mi papá le regaló un ramo de flores, y en la cena, brindamos y comimos pastel de papa, su comida favorita. Fue a sus 14 años. No imaginaba que a Cami le pasaría a los 11. 

Con el dedo inflamado, fui a buscarla a su habitación y, tímidamente, le ofrecí llevarla a la farmacia para comprar un calmante para mi dedo y toallitas para ella. En el auto no volaba una mosca. Cualquier comentario me parecía desubicado. Y, por otro lado, sentía nostalgia al ver que mi nena estaba dejando de serlo. Pero no le podía decir eso. Ella quiere ser grande. Paré en la farmacia y le propuse ir juntos. “No, ni a palos, pa”, me dijo. Me perdí entre las góndolas de cuidado femenino. Agarré un paquete de cada color y volví al auto. Leí las instrucciones, saqué una toallita e hice un simulacro en mi mano de cómo se pondría. 

–Sé cómo se pone, pa –me aclaró.
–Ah, pensé que no sabías –esbocé.
–Sí, nací ayer, ah re –ironizó. 

Metió los paquetes en su mochila y me agradeció por el chocolate que le había traído con las toallitas.
Romi se emocionó cuando Camila le contó. La abrazó y le dijo que al día siguiente irían al supermercado para que ella eligiera las toallitas que más le gustaran y que podía hacerle todas las preguntas que necesitara. Cami, de pocas palabras, solo le pidió que no le dijéramos nada a su hermano Martín (“porque es un inmaduro”), y que le diera algo para el dolor de panza. Esa noche cenamos en lo de mi hermana: yo necesitaba contención. Ella nos remarcó lo importante que es empoderar a las niñas antes de que se conviertan en mujeres, brindándoles información y apoyo. Con la presión un poco baja, le pregunté si era normal que le hubiera venido tan temprano, y nos respondió que sí. Siglos atrás, las chicas menstruaban cerca de los 15 años. Hoy el promedio es de alrededor de los 12 y se adelanta cada vez más. También nos advirtió que Cami empezaría a experimentar cambios en su estado de ánimo, como si dos personas convivieran dentro de su cuerpo: la niña y la adolescente. 

Al día siguiente, le regalé a Cami un paquete de tampones de colores.
–Para cuando llegue el veranito –le dije.
–Ay, papá, nada que ver –me respondió. 
Y ahí me di cuenta de que quizás es muy chica para usar tampones.
–Ah re –le dije, y me fui rengueando lo más rápido que pude.



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Iniciamos una serie de columnas de opinión que abordarán los temas que preocupan a los padres en la actualidad. Podés mandarnos tus inquietudes y sugerencias a correo@nueva.com.ar 

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