COLUMNA DE NOEMÍ


¿Amo o esclavo?


Por Noemí Carrizo.



Hay un clásico de la cinematografía de Losey llamado El sirviente. Dick Bogarde se luce en un rol para la historia. Al ingresar en la casa de quien requiere sus servicios, lo encuentra dormitando por el alcohol, en una reposera bajo el sol. Al hallar la puerta abierta, puede pasar en silencio y observar el escenario y a su protagonista. Como todo psicópata (suelen ser inteligentes), de un vistazo advierte la situación. Después se adueñará de todos los episodios: los roles se cambiarán casi inadvertidamente y hasta las últimas consecuencias. Shakespeare nos ha mostrado a un guerrero magnífico como Otelo en manos de su lugarteniente, Yago, alguien con una lucidez extraordinaria que, al conocer los complejos de su amo, le muestra una realidad diferente que llevará al moro de Venecia a la muerte y al suicidio. Sabe que Otelo se siente indigno de la rubia y casta Desdémona y acicatea: 
“¿Darse un beso o estarse una hora o más desnuda en cama con el amante, sin malicia alguna?”.

Nos pasa con amigos que creemos íntimos, justamente los que precisan nuestra ayuda. De pronto, tienen un deseo en medio de lo que suponemos su desesperación, y dejamos todo para satisfacer sus deseos. Hay otros esclavos-amos que ostentan poder y se ponen a nuestro servicio satisfaciendo nuestros deseos hasta que vivir sin ellos es una pesadilla. Según Hegel, el “esclavo” es necesario con respecto a algo de vital importancia para su patrón. El impedimento de llevarlo a cabo, aunque se trate de algo trivial y hasta doméstico, lo inclina a depender de su servidor. León Tolstoi afirmaba: “El dinero es una nueva forma de esclavitud, que solo se distingue por el hecho de que es impersonal, de que no existe una relación humana entre amo y esclavo”. 
Suelo estar sometida y hasta tiranizada por gente que es rápida con las cuentas y que lleva una computadora a todas partes, pero que no sabe quién es el Quijote o qué es el Martín Fierro. También me sojuzga un ama de casa impecable que me ordena la casa y la encuentro como inspirada por los dioses. ¡Tanto que me cuesta mantener una armonía que necesito! Y hasta arreglo antes de que venga para demostrarle que respeto su arduo trabajo. Virginia Woolf se sentía perseguida por la persona que la ayudaba en las tareas domésticas y hasta le temía. Hay que estar atentos y no distraerse. La comodidad es una de las tentaciones que llevan a estar encadenado. Y se puede estar así por una pareja, un empleado, un amigo y hasta un vecino. Al conocer mi tendencia, reacciono a tiempo. Como reflexionaba  Ezra Pound: “Esclavo es el que espera a que alguien venga a liberarlo”. Sinceramente, creo que hay que ponerse de pie ante cualquier situación, por complicada que sea, y apostarse a uno mismo que solos, sin la ayuda de un “ángel custodio”, vamos a poder.

Hay una frase de Epícteto que es para leer a diario: “El único amo es el deseo. El verdadero amor de cada uno de nosotros es aquel que tiene el poder de darnos o no, quitarnos o no, lo que deseamos o no. Todo hombre, entonces, que quiere ser libre no desea y no rechaza nada que dependa de otros; de lo contrario, necesariamente será esclavo”. Probemos a ser nosotros mismos, contra viento y marea, a mostrar grandezas pero también debilidades, las valentías y los inevitables temores; crezcamos cada día. Me gusta Marguerite Yourcenar cuando dice, convencida: “La posibilidad de quitarse la máscara en todas las ocasiones es una de las raras ventajas que les reconozco a los años”.

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