Entrevista


“Soy muy caótico”


Por Carmen Murtagh.


Lunes de invierno, cuatro de la tarde. La cita es en un bistró francés del barrio porteño de Belgrano. A pocos metros, el barrio chino. Entre croques, croissants y cafés que circulan sobre las bandejas de los mozos en esta cálida atmósfera europea, él se pide una milanesa con puré mixto, como para no perder la costumbre nacional y popular. 

Es curioso: nuestros padres bailaban las canciones que cantaba el padre, ahora vemos las películas que dirige el hijo. Pero Luis Ortega, el menor de los hijos varones de la numerosa familia que supieron construir Palito y Evangelina Salazar, se mantiene ajeno a la paradoja. “Yo nací en 1980, cuando mi papá estaba más dedicado a producir que a hacer shows. No viví la época de locura de él como músico ni estuve en los sets de filmación de sus películas. Mi vínculo con la parte artística de mi familia no fue el mismo que el de mis hermanos, que lo mamaron mucho más”, confiesa el director de El Ángel, filme inspirado en Carlos Robledo Puch, el preso más antiguo de la Argentina. 

–Este es tu primer largometraje a gran escala. ¿Cómo fue la experiencia, habiéndote mantenido siempre por afuera de los cánones de la industria?
–Contrario a lo que se pueda pensar, que te quita libertad o que hay que responder a intereses ajenos, tenés a favor un equipo muy idóneo apoyando lo que soñaste, liderado por mi hermano Sebastián, que no solo es mi socio más cercano, sino con el que venimos “amasando” un lenguaje hace un par de años. Yo venía de una forma de producir muy...
–¿A pulmón?
–Sí… Y cosechando muchas desilusiones con los resultados, porque el cine no es como despertarte un día y escribir un poema o pintar un cuadro. Está involucrada mucha gente. La diferencia con proyectos anteriores es que puedo hacer posible aquello que imaginé, y eso puede requerir cortes de calles, unos lentes de cámara determinados, un vestuario… Y nada es gratis. Me habría gustado que me produjeran una película como El Ángel a los 27 años, pero, evidentemente, tuve que fracasar y caer una cantidad de veces para aprender, para darme cuenta de que necesitaba escribir mejor. Quizás hace diez años no estaba preparado.
 
–¿Cómo fue recibida El Ángel en el Festival de Cannes?
–Con mucha euforia y entusiasmo.

–¿Por qué no querías estar en la sala cuando la estrenaron?
–Porque cuando la ves después de dos años y medio de trabajarla y analizar cada cuadro hasta el infinito, lo único que hacés es sufrir deteniéndote en todo lo que salió mal. No podés disfrutar lo que está bien porque la versión final no suele estar a la altura de lo que fantaseaste. Aunque el público se ría y reaccione positivamente, es una pesadilla, una tortura.  

–¿Qué es lo que quisiste contar de Robledo Puch?
–Prefiero decir de Carlitos…

–Ok, de Carlitos.
–En la infancia uno está convencido de que si se tira por un balcón, no le pasa nada. La muerte parece algo improbable, lejano. Eso, mezclado con la puesta en escena que es el mundo, hace que sea muy fácil que un niño pueda creer que todo lo que lo rodea es mentira. Para que la civilización exista hay que reprimir impulsos, no siempre negativos. El cometer un hecho tan grave es un pedido desesperado de atención divina. De que alguien con más autoridad que los propios padres o la policía pueda dar una respuesta sobre la vida. En el caso de alguien con una patología o una desinhibición profunda, se torna algo peligroso. Lo encuadro dentro de un contexto más bíblico, con preguntas del estilo “¿Existe la muerte?”. Y sí, existe la muerte. No es gratuito matar a alguien.

–Dirigiste la serie televisiva sobre Arquímedes Puccio. Tanto sus crímenes como los de Robledo Puch surgen en el núcleo de familias aparentemente bien constituidas y sin apremios económicos. ¿Lo disfuncional y la normalidad pueden ser las dos caras de la misma moneda? 
–Eso de “familias bien constituidas” lo tomaría con pinzas. Podemos concluir que ninguna de ellas tenía inconvenientes de dinero, pero la locura no depende del estrato social. La maldad puede estar en cualquier lado. La naturaleza humana es terrible. Cada vez que salen a la luz este tipo de delitos nos parecen un horror, pero hay otros tantos que no son descubiertos... Hay miles de familias que manejan un grado de agresión que repercute notablemente en los hijos. 

–Bucear en tramas oscuras, ¿es casualidad o búsqueda?
–A Historia de un clan me la propusieron y de antemano no me atraía lo que la circundaba: San Isidro, el rugby, la religión. Tampoco lo delincuencial, pero comprobé que era un terreno muy fértil. Toda situación extrema ayuda para hablar de cuestiones humanas. Siempre un conflicto que se nos va de las manos y que corre la línea de lo que está bien o mal es muy enriquecedor para escribir. Ojo, es una herramienta dramática, no es una obsesión con el demonio (risas).

–¿Cine o televisión? 
–Yo estoy educado para el cine desde que tengo 5 años. Me pasé toda mi infancia viendo películas, aun desconociendo que detrás había un director, un guionista, un productor. Las series hicieron que la televisión eleve su nivel pero, sí o sí, tienen que obedecer a ciertas reglas del formato. O sea, no son puras en su expresión. Los que estamos en este ambiente descubrimos rápidamente los trucos de los guiones televisivos, los “ganchitos” del productor.

–¿Cómo es tu proceso creativo?
–Yo arranco a partir de una imagen y escribo intuitivamente, esculpiendo algo que no tiene forma. Pero lo más importante son las actuaciones. Podemos iluminar correctamente y tener la mejor fotografía, pero no dejo una escena si no está bien actuada. Soy muy caótico. Más allá de dirigir, me gusta escribir y reescribir. En Historia de un clan, escribía en el momento, lo que me entrenó como autor. Y en el rodaje soy de estar encima de los actores. Lorenzo, quien interpreta a Carlitos, se acostumbró a que le hablara mientras actuaba. Él reaccionaba a los estímulos que yo le daba en off.

–¿Por qué sos cineasta?
–No sé dibujar, pinto mal, puedo jugar a componer una canción, pero es en una película donde puedo aportar un diferencial. Nada de lo que hagamos va a cambiar el mundo, pero está bueno encarar las cosas como si fuéramos a lograrlo. Eso es lo que le da su valor subversivo. Yo hago películas para ver si, de alguna manera, me salvo. Para devolver un poco todo lo que me dio el cine, al que le debo estar activo.   

–Aun siendo un Ortega, cultivás el perfil bajo.
–Yo estoy detrás de cámara, y eso ya es una decisión clara. El anonimato es la primera condición para la libertad. Ya un poco la perdí por el ADN y la genética, cuando me ven parecido a mis hermanos o a mis padres. No tengo Instagram porque me violenta el exhibicionismo. No hay salida a todo ese universo de las redes sociales. Es un viaje de ida.

–Tu familia fue un semillero de talentos...
–Soy un agradecido de la sensibilidad de mis padres, de que papá quiera compartir una canción conmigo o que me haya enseñado a tocar la guitarra, sobre todo el acorde si sostenido, que es muy difícil (risas). Es una fibra emocional que está en el aire. Lo que más me afectó, para bien y para mal, es el buen trato. Mis padres nunca se levantaron la voz, y eso es una vara un poco alta para poder repetirlo. Lo fundamental entre nosotros fue el amor. Aunque haya querido que me dedicara a otra cosa, sé que papá está emocionado con el camino que estoy haciendo junto a Sebastián.
–Viviste en Tucumán... ¿extrañás? 
–Añoro la simpleza, que no haya Internet, la montaña, mis amigos, los asados... Todo era más puro, como la ilusión de la niñez, algo que hoy está absolutamente perdido.

–¿Tenés ganas de ser papá?
–Es algo que me pregunto todos los días. Tal vez no falte tanto, pero me da un poco de miedo porque ese ser tiene su propio destino. Me atemoriza esa sensación de que alguien tan tuyo esté fuera de tu alcance, de poder cuidarlo y protegerlo como se lo merece. 

–¿Qué libro estás leyendo?
–Cada vez que termino una película leo mucho porque me queda un vacío inexplicable. Así que en estos últimos quince días me devoré como cinco libros. 

–¿Qué estás gestando para el futuro? 
–Estoy en esa etapa en donde empieza a aparecer eso que se convertirá en un hecho, pero que todavía son palabras y sentimientos que quiero transmitir. Aspiro a hacer algo salvaje, sincero. Quisiera ir un poco más allá que con El Ángel, que pueda abrazar a todo el conjunto de la humanidad. Algo que aún no estoy viendo como espectador. Siento que el cine no está pudiendo capturar la realidad tal como está sucediendo. No le basta su lenguaje para contar lo que está pasando, que es muy loco y muy grande.

Un ángel endemoniado
Buenos Aires, 1971. Carlitos es un joven de 17 años con un andar de película y rulos rubios que caen sobre su cara aniñada. Por su aspecto, la prensa lo apoda “El ángel de la muerte”. Se le adjudican más de cuarenta robos y once asesinatos. Hoy, con más de 45 años en la cárcel, Carlos Robledo Puch es el preso más antiguo de la historia penal argentina. Su derrotero se cuenta a la perfección en El Ángel, el filme dirigido por Luis Ortega, escrito junto a Rodolfo Palacios y Sergio Olguín. En elenco está conformado por Lorenzo Ferro, “Chino” Darín, Mercedes Morán, Daniel Fanego, Luis Gnecco, Peter Lanzani y Cecilia Roth.
En ascenso
Luis Ortega nació en Buenos Aires en 1980. Vivió en Miami hasta los 11 años, edad en la que se instaló junto a su familia en Tucumán hasta sus 15. En 1999, con 19 años, estrenó su opera prima, Caja Negra, que formó parte de la competencia internacional del Festival de Cine de Mar del Plata y se quedó con el premio especial del jurado. En 2005 participó del Festival de San Sebastián con su segunda película, Monobloc. En 2011 dirigió Dromómanos, con la que se consagró como mejor director en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI). En 2014 presentó Lulú, protagonizada por Nahuel Pérez Biscayart y Ailín Salas. En el 2015 incursionó en la televisión con Historia de un clan, de enorme repercusión. En 2016, se puso al frente de los primeros dos capítulos de la serie El marginal. 


Por Carmen Murtagh. 
Fotos: Darío Batallan.
Agradecimientos: Croque Madame del Museo Larreta.

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