COLUMNA DE NOEMÍ


Damos vuelta la hoja?


Por Noemí Carrizo.


Julieta Ortega contó en un programa de televisión que es amiga de su exmarido (y padre de su hijo), Iván Noble. “Bueno, al menos somos dos”, me dije. La actriz aclaró, luego, cuestiones primordiales: por un lado, que no podía rechazar al que una vez amó y con el cual concibió un hijo; por el otro, que esa buena relación no era fácil de comprender para su pareja actual. Nuevamente me dije: “¡cuántas coincidencias!”.

Mi nonna suspiraba y decía: “Lasciar pasare… per essere un po’ felice”, algo así como: “Dejalo pasar para ser un poco feliz”.  Yo la escuchaba y sabía que había que dar vuelta la hoja. Hay momentos culminantes en los que no se puede dar un paso más y lo mejor es voltear la página sin rencor, si se desea que el hígado y las neuronas funcionen con normalidad. Por eso no entiendo la pelea eterna de mis amigas con sus ex. Una de ellas, cuando envía a su hijo a España a visitar a su padre, para vengarse por su poca colaboración económica, viste al niño  con la ropa más desaliñada que encuentra. No escucha mis súplicas ante el estupor del pequeño viajante. Pero el padre (desata tu rabia y te la devolverán) la última vez, no lo devolvió con vestimenta flamante, sino con vestuario dos talles más chico. Por supuesto, mi amiga no superó su matrimonio: se quedó clavada en esa situación. Cuando una mujer se divorcia, debe planear antes en qué situación quedará, acudir a un abogado asesor y reclamar lo justo: no volverse una victimaria vengativa y usar a sus hijos como rehenes. Por eso, no hay como la independencia económica o la educación esmerada para salir de todos los enclaves y desazones; la educación que nos vuelve necesarios en algún rincón remoto o no de este Planeta. 

Hay que comprender que cada día se empieza de nuevo. Y si nos despidieron, salvo excepciones, en algo debemos haber contribuido para que elijan nuestra ausencia. La vida es un constante volver a empezar. Francis Scott Fitzgerald aseguraba:“la vitalidad  se revela no solamente en la capacidad de persistir, sino en la de volver a empezar”.  Y estoy de acuerdo con García Márquez cuando aconseja: “No llores porque ya terminó… sonríe porque sucedió”.

Sé que tener un amigo es extraer de él lo mejor, distrayéndose de sus partes intolerables. Pero, a veces, no somos como la madre Teresa de Calcuta y no podemos “amar hasta que duela”. Es cuando evitamos encuentros que nos dañan sin argumentarnos aquello de “porque te quiero te apaleo”. 

Basta es basta; aunque no se guarde encono, aunque se pueda auxiliar al otro cuando nos necesite y tenderle una mano en situaciones límite. Tolerar una relación deleznable por amor al prójimo no nos hará mejores personas, sino masoquistas graduados en la universidad del dolor. Cuando doy vuelta la hoja, me alivio y recuerdo el suspiro profundo de mi nonna que enseguida preguntaba una nimiedad para remarcar que había asuntos sobre los que ya no volvería a hablar. 

A veces, me enojo por mi falta de rencor, por mi capacidad de entender los caminos que recorrió la gente que alguna vez me fue entrañable, cercana y querida. Y sé que mi mezcla de sangre india e italiana evitan que me desangre. Indios que sobrevivieron a una profunda invasión. Italianos inmigrantes que construyeron su casa de madera en La Boca, imitando su primer hogar, y la tapizaron de seda para vestirla con esplendor…

De ellos vengo. Creo que la vida no es pasar las hojas del calendario, sino entender que cada hoja de ese calendario es única e irrepetible. Y sin embargo, con todo y a pesar de todo, seguir adelante intuyendo que lo que viene va a ser lo mejor.

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