Arte, Cultura


Burlón y Nuevito


Por Luciana Sousa.


Milongas callejeras, fusiones y hasta DJs aggiornan al tango en su segunda época de oro. Con sonidos y poesías acordes al siglo XXI, una generación de músicos se anima a reversionarlo sin faltarle el respeto al pasado.  

Es de noche en San Telmo. Afuera, el empedrado porteño, húmedo y frío está complemente deshabitado. Dentro del local, una reconocida tanguería, un grupo de músicos uniformados de negro, alineados como una orquesta típica, reproduce un “enganchado” de tangos, que va de Carlos Gardel a Astor Piazzolla, sin solución de continuidad. Frente a ellos, una pareja baila al compás del 2x4. Él, envuelto en un traje también negro, la lleva a ella, que luce un vestido rojo escotado, medias de red y tacos. La escena la coronan dos antiguos faroles que a los extremos del escenario simulan una calle porteña que no existe más. No importa: gruesas y oscuras cortinas de terciopelo impiden asomarse a la realidad, recreando una época en la que el tango era efectivamente popular. La rutina se repite de lunes a lunes, sin ningún respiro. En la mesa, los espectadores –en su totalidad extranjeros– degustan un bife de chorizo con salsa criolla y vino tinto; más precisamente, un malbec de etiqueta nacional. La cena, con el respectivo show, cuesta alrededor de ciento cincuenta dólares. 

Mientras, a un puñado de cuadras de allí, sobre asfalto irregular, bulle en una de las tantas milongas de Buenos Aires lo que se denomina “nuevo tango”. Músicos igualmente jóvenes, pero plantados en una vívida actualidad, lucen jeans gastados, rastas, anteojos negros y ensayan fórmulas inéditas a partir de una misma esencia. Se miran cómplices al tocar, y luego buscan la reacción de un público heterogéneo en el que se mezclan vecinos, viajeros y milongueros. Delante de ellos danzan algunas parejas: hay mujeres bailando con otras damas, chicos en zapatillas, y abuelos que miran con cierto recelo la transformación de su música más amada. Todos tomaron la respectiva clase más temprano, para más tarde moverse al compás de... un DJ. 

Este cuadro impensado hasta hoy en en el universo arrabalero, demuestra cómo conviven, en absoluta proximidad, los dos circuitos por los que se mueve el tango: el de antes, prolijo, catalogado y consagrado como valor nacional, y el presente/futuro, todavía moldeándose, con aciertos y traspiés, fusiones y mixturas que oxigenan al género. En este último, todo se hace a partir de matices sonoros y poéticos propios del lenguaje del siglo XXI.

¿Quién dijo que el tango ha muerto?
Rodolfo Mederos, quien fue bandoneonista de emblemáticas orquestas como las de Piazzolla y Osvaldo Pugliese, es uno de los que afirman que “el tango ha muerto”. Lo dice en su sentido clásico, sobre ese producto de tanguería que pasó a ser una lengua muerta. “El tango hoy no es masivo, no es popular. La gente no lo escucha y los músicos no tienen dónde tocarlo”, advirtió en una entrevista televisiva, en el ciclo Encuentro en el estudio.

Censo estricto, podría concluirse que Mederos no está alejado de la verdad: de cada diez personas, solo una o dos conocerán el tango (con “Cambalache” y Gardel a la cabeza), y muchas menos aceptarán disfrutarlo con asiduidad. Sin dudas, el epitafio de los tiempos felices del género fue la consagración del tango en 2009 como “Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad”. Por otro lado, si la música se nutre de la pulsión de la ciudad, Buenos Aires no podría excluir de su paisaje sonoro el cada vez mayor flujo inmigratorio de personas –y de producciones culturales– que, en una era globalizada, salpican con milongas a países lejanos a nuestra idiosincrasia, como Japón, Canadá o Alemania.

En 2014 se publicó el libro La revolución del tango. La nueva edad de oro, del francés Michel Bolasell. Allí, este periodista y apasionado del tango, repasa los orígenes del género con una lectura optimista. A partir de una generación de músicos que se acercó al 2x4 a mediados de los noventa, estudiando su historia, analizando sus yeites y haciendo foco en un repertorio propio, es que el tango está gozando de herederos que no solo lo ejecutan con  pasión, sino que se permiten experimentarlo con respeto. Y allí quizás tuvo un rol preponderante la Escuela de Música Popular de Avellaneda (EMPA), institución por cuyos pasillos transitaron maestros como el mismísimo Mederos, y que ofrece una formación específica en este ritmo.

Las primeras orquesta típicas y atípicas, que durante años tocaron sobre las veredas, encontraron pronto espacios propios y hasta inventaron un público. Dejaron de disfrazarse de compadritos y bailadores, y empezaron una búsqueda sonora que persiste hasta el día de la fecha. Bandas como Ciudad Baigón incorporaron letras del Indio Solari, provenientes del rock. Otras, como La Chicana o Rascasuelos, fueron detrás de un nuevo lenguaje poético. Paralelamente, aparecieron destacados compositores como Julián Peralta, Alejandro Guyot y Acho Stol (solo por nombrar algunos de una extensa y saludable lista) y se posicionaron otros tantos cantores, como Walter “Chino” Laborde, Hernán Cucuza Castiello, Juan Villarreal y Noelia Moncada, una de las voces femeninas del universo arrabalero de estos días.

Para muchísimos de ellos, el tango fue –como tantos otros proyectos surgidos después de 2001– autogestivo. Construyeron sus escenarios, teatros y escuelas, y diseñaron circuitos que les facilitan financiarse aunque sea parcialmente. El gran botón de muestra de este fenómeno es el Club Atlético Fernández Fierro, que, nacido al calor de su Orquesta Típica, es dueño de un escenario y una radio por la que desfilan los exponentes del “nuevo tango”.
Con buena parte del camino recorrido, siguen surgiendo propuestas que ya no se inclinan por las obras de antaño, sino que prueban, como si fuera una suerte de laboratorio musical, instrumentos y sonidos innovadores, para refrescar un género que, según los que saben, vive una segunda época de oro. 

Fusión flamenca
Tango al Palo (TAP) es una banda conformada por cuatro músicos que fusionan el tango con el flamenco. “Toda música necesita aggiornarse”, coinciden sus cuatro integrantes, Pablo Yamil, Maximiliano Bus, Javier “Jota” Burunov y Jordan Migues. Bus, uno de los fundadores, profundiza: “Un artista necesita crear. Y en un punto, el arreglo es infinito: de una música se puede hacer otra totalmente distinta, con identidad propia. Y ese es el diferencial de la fusión: no hay dos personas que sean capaces de hacer lo mismo”. 

Pese a que ya hubo quienes se animaron a unir el tango con el flamenco (Mederos y Miguel Poveda, alrededor de 2006), lo que se hizo fue superponerlos como capas geológicas. Yamil, director musical de TAP, aclara: “Por momentos escuchabas tango y por momentos, flamenco. Eso no es lo que hacemos nosotros. La fusión es la creación de algo nuevo; por lo tanto, la combinación es más sugerida, aunque, por supuesto, ambos comparten una vena sensible, tienen intenciones similares. Yo considero que el tango tocó el cielo en la década de los cuarenta, de la mano de Aníbal Troilo. Para mí, es el Beethoven del tango”.

Para los integrantes de TAP, la música ya no está confinada a un territorio, por eso comprenden que el proceso que está atravesando el tango es inherente al género. “El tango nace de la confluencia de diversas músicas. Tiene algo de clásico, algo de africano. Cuando tocamos el bandoneón fraseando,  indefectiblemente se lo emparenta con el tango, porque así se lo ejecutó siempre. Pero, ¿si no fraseo? Estoy haciendo otra cosa”, resumen quienes, a su vez, apuestan fuerte a lo visual. “Para que se vea lo que se escucha –acota Burunov–. El paradigma de producción musical cambió. Ya no se lo encara solo desde el sonido. Por esa razón, incorporamos a bailarines de otros ámbitos”. 

El show iniciático de la banda fue en uno de los reductos más codiciados del “nuevo tango”, el Club Atlético Fernández Fierro. Allí, entre apellidos de larga trayectoria, se presentaron con una formación e instrumentos infrecuentes que incluyó hasta un vibráfono. “La respuesta fue muy positiva. Lo importante, en definitiva, es hacer buena música”, sentencia Yamil.

Electrotango: el futuro ya llegó
En 2015 Pablo Recanatini y Nicolás Dworniczak formaron Calavera Acid Tango, grupo que, entre sintetizadores y computadoras, hace electrotango. Según sus propias palabras, elaboran sonidos que pueden ser bailados en una milonga. “Sentimos que había un campo para explotar”, concuerda el dúo que supo trabajar en la música de videojuegos e infomerciales.

“Tratamos de generar cada sonido desde cero. Obvio, tenemos nuestras discusiones porque cada uno tiene su propia formación, pero nos retroalimentamos mutuamente. Yo no puedo negar mi preferencia por la música electrónica, así que no me puedo disfrazar y hablar del arrabal, pero exploro en el tango una identidad”, desliza Recanatini. Dworniczak completa: “Para darle vida a Calavera Acid Tango hasta aprendimos a bailarlo. Desde un principio pensamos que el tango electrónico tenía que estar en las milongas. Y eso nos ayudó a la hora de componer, ya que mucho de lo que veníamos haciendo no se ajustaba al baile”. 

Ambos admiten que cada vez que se proponían hacer una canción partían de la electrónica, y que el quiebre fue darse cuenta de que estaban equivocados. “Era al revés: debíamos arrancar por el pie del bailarín y recién allí sumarle la mal llamada parte electrónica. Esto es lo que nos distingue de otras bandas de electrotango, como Tanghetto, o de las fusiones realizadas por DJs –explican, y rescatan el valor de las milongas–. Es una comunidad social que se fue perdiendo y que deseamos recuperar. Calavera Acid Tango tiene que ver con darle al género una base más rítmica, readaptarlo, hacerlo contemporáneo”.
El dúo, que editó su primer disco De la noche a la mañana, debutó en la mítica “Catedral del Tango”, en el barrio porteño de Almagro. De allí en más no detuvieron su marcha. Este año, además, se asociaron al grupo de bailarines Freestyle, con quienes están ensayando sus temas. “Algunas milongas nos convocan diciéndonos: ‘Yo no sé bien lo que hacen, pero a la gente le gusta’. Lo nuestro es una búsqueda que el propio tango siempre tuvo. Buenos Aires fue la cacerola donde se cocinó todo, pero muchos de los ingredientes vinieron de afuera –señala Recanatini–. Pugliese sostenía que Piazzolla nos hizo volver a estudiar a todos. Es que el tango nunca dejó de renovarse. Su estancamiento se debió a los intereses de proyectos que se vieron obligados a prestarles atención a otros protagonistas. ¿Por qué? Porque funcionaban como música y como tradición cultural, pero no como arte, no como algo que trasciende”.

En esa línea, Dworniczak recuerda que Troilo fue uno de los grandes baluartes si de innovar se trata. Que todos, a su manera, hicieron variaciones (porque es lo natural en cualquier artista que se precie de tal) y que la resistencia es propia del milonguero de ley que siente nostalgia de aquello que tuvo su momento de esplendor. “En el tango hay lugar para todo y para todos. Mientras más le aportemos, desde la música misma o desde otras artes, no morirá”, finaliza Recanatini.


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