COLUMNA DE NOEMÍ


Ese amor desesperado


Por Noemí Carrizo.


Karina, “la Princesita”, sorprendió en un reportaje ostentando una voz estupenda y una humildad inusitada. Cantó a capella una estrofa de “Y todavía te quiero”, el tango de Luciano Leocata y Abel Aznar: “Cada vez que te tengo en mis brazos / que miro tus ojos, que escucho tu voz / y que pienso en mi vida en pedazos / el pago de todo lo que hago por vos…”. Se escucharon varios “¡Ay!” entre los presentes que estaban en el estudio y hasta hubo miradas con brillos sospechosos.

Casi todos hemos vivido momentos atormentados con algún amor, esa dependencia enajenada hacia otro que nos transporta del paraíso al infierno casi con continuidad. Según los freudianos hay un placer unido a Eros que nos lleva hacia la plenitud, y un goce maldecido por Tánatos que nos arroja a un abismo. No es fácil saber desde un comienzo de las palpitaciones cuál es el saludable, pero sí desprenderse de las tenazas con fuego que nos queman el alma con frases, actitudes, ausencias, presencias y hasta decisiones del depositario de nuestros sentimientos. Largo sería analizar si se trata solo de sentimientos. Sospechamos que no. En general, logramos desarraigarnos en un momento de lucidez, aunque lloremos después. Pero hay casos en que el dominio del amado o la amada es tan fiero y poderoso que se permanece sufriendo (no importa si casados y con hijos) en una situación sadomasoquista casi inquebrantable hasta que la enfermedad física azota implacable. La zona de sombra de cada uno es casi siempre indescifrable.

Hay un momento en que el “¡Basta ya!” es ineludible. En la película que casi todas las mujeres seguimos viendo, Los puentes de Madison, la protagonista le dice a su enamorado cuando insiste en que se vaya con él: “Cada vez que recordara a mis hijos, te odiaría”. Sabias palabras que definen el comienzo del mal amor. Para Chejov, “el amor es un escándalo de tipo personal”. Sin duda, hay una algarabía, un alboroto, un bullicio que nos vuelve la piel del revés. Pero continuar atormentado, irritado y herido por las continuas ofensas, constituye una tentación maléfica: allí Satanás metió la cola. 

No creo en las excusas “Por mis hijos”, “¡Después de tantos años!” o “No tengo independencia económica”, porque, aunque sean válidas, no justifican desfallecer hasta guardar cama. ¿Quién no ha vivido o no conoce casos semejantes? Tengo una receta tan prosaica como doméstica: cuando llega el recuerdo, pensar en otra cosa. Desterrar ese hábito de buscar lo que apuñala a cambio de un ratito de complacencia. Esto no le ocurre a la gente que no fue amada de chica o que no se valora lo suficiente: es tan universal como un resfrío.

Karina respondió afirmativamente cuando le preguntaron si el hombre de su vida había sido Sergio Agüero. Ya separados, “el Kun” vive en Inglaterra, donde juega para el Manchester City, y ella continúa con sus recitales por toda América. Es decir, no se anularon mutuamente. Tolstoi consideraba: “El que ha conocido a una mujer y la ha amado conoce más de mujeres que el que ha conocido a miles”. Amar, en el sentido exacto de la palabra, no conquistar, usar, atraer, rechazar, adular y desaparecer. Cuando me escriben por amores desesperados, he sido absolutamente sincera al exponer mis dudas de que el depositario del cariño cambie. El propio Tolstoi insistía: “Lo malo atrae, pero lo bueno perdura”. Hacer un equipaje descartable de los buenos momentos es un sacrificio válido. Como el dicho popular: “Buen amor y buena muerte, no hay mejor suerte”.

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