COLUMNA DE NOEMÍ


¿La mujer es mala?


Por Noemí Carrizo.


Pitágoras no nos quería: “Hay un principio bueno que creó el orden, la luz y al hombre, y un principio malo que creó el caos, la oscuridad y a la mujer”. ¿Podemos arriesgarnos a decir que el sabio nos temía? Sí. Creo  que poseemos cualidades de género por las cuales la médula de un hogar y de una pareja son una mujer. En los Estados Unidos, las empresas buscan profesionales casadas y con hijos como jefas porque analizaron la capacidad de comprensión, tolerancia y tendencia a encontrar lo mejor de una persona y “distraerse” con el resto. Por supuesto, para ser el núcleo de una familia o de una compañía, hace falta un temperamento fuerte, que no se doblegue y pueda aceptar las contradicciones humanas si el resultado es la eficiencia. Contamos con la intuición, una forma aguzada de la inteligencia, que nos permite encontrar el “detalle” diferente en una situación. Suelen llamar “maldad” a nuestras deducciones, casi siempre acertadas, que tanto enojan a los hombres: “¡No comiences con tus historias de fantasmas!”. Pero el fantasma suele ser real. 

Mientras el hombre cumple su tarea laboral, aún en el siglo XXI, no solo trabajamos, sino que nos ocupamos de la crianza de los chicos, la escuela, la casa, las compras y la unión entre los integrantes del clan familiar. Me gustaría que alguien espiara lo que hace una mujer desde que despierta a los hijos para ir a la escuela hasta que se acuesta por las noches con los cuartos ordenados, las camas preparadas y hasta una tisana al final del día. “Maldad” es ese poder con todo y a pesar de todo, es ese volver a empezar, es taparse las ojeras del cansancio con maquillaje y exigir que, al menos, nos consideren. Y cuidamos a nuestros mayores como samaritanas.?Tengamos en cuenta que es más fuerte el que da que el que recibe. Y es ese “poder” hecho de esfuerzo, no exento de ternura, lo que nos vuelve importantes y despierta la sospecha del dominio. Si la histeria es femenina es porque da la casualidad de que una es humana y hay momentos en que no puede seguir ahogando emociones.  

Una mujer puede arreglarse con una economía reducida y adornarla, o vivir en la opulencia y ayudar a sus amigos. Estoy convencida de que nos creen malas porque entendemos demasiado a la raza humana que ve la luz desde nuestros vientres y es alimentada no solo con los pechos, sino con lo que hay adentro, que no es otra cosa que el corazón. Tengo un par de amigas que al divorciarse, luego de la división de bienes, entregaron a sus hijos la mayor cantidad de dinero para quedarse con lo absolutamente suficiente para sobrevivir. 

Somos románticas, crédulas y fieles cuando nos enamoramos. Transformamos el universo en un paraíso porque la felicidad nos despierta inventivas. Rubén Darío sostenía: “Sin la mujer, la vida es una prosa”. Y reflexionemos sobre esta agudeza de Voltaire: “El primero que comparó a la mujer con una flor fue un poeta; el segundo, un imbécil”. Más bien somos árboles, ya que los árboles mueren de pie. Me parece que a los hombres les da miedo decir lo que quieren y esa suele ser la razón por la que no llegan a cumplir sus deseos. Sé que somos actrices por naturaleza y que pasamos de la risa al llanto con facilidad, pero, así como hacemos un guiso sabroso que no engorda y tiene vitaminas, iluminamos la vida ajena, cercana o distante. Somos malas porque al soportar por amor lo insospechable se nos escapan los reproches. ¿Quejosas? Sí. ¿Insatisfechas? Sí. ¿Exigentes? Sí. ¿Perseguidas? Sí. Dicen que la maldad es femenina, pero nadie nos amaría sin tantas ni tan contradictorias cualidades.

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