Actualidad


Dueños del mundo


Por Aníbal Vattuone.


Cuando Internet comenzó a hacerse parte de nuestra cotidianidad, muchos vieron allí la veta económica. Diferentes compañías del mundo, y de los más diversos rubros, apostaron a la virtualidad para volverse aún más redituables. Así engrosaron sus arcas las grandes vedettes de la actualidad: Google, Microsoft, Facebook, Apple y Amazon. La periodista Natalia Zuazo las investigó y describió en su libro Los dueños de Internet, donde plantea, entre otros interrogantes, cómo construyeron un imperio del conocimiento, cómo adivinan nuestros deseos y cómo cimentaron su poderío informativo.

“Las empresas operan con una lógica de economía de plataformas, innovando en un área particular. Microsoft, en lo que se refiere a redes sociales, publicidad y noticias. Facebook, en la comunicación. Google, con los datos, que, a su vez, predicen las reacciones de la gente gracias a la inteligencia artificial. Apple, con sus productos de mayor calidad. Amazon, con el comercio. ¿Qué fue lo que hicieron? Generar mercados monopólicos. En 2014, las empresas que dominaban Internet eran treinta y cinco; ahora son cinco en Occidente, más algunas en China y Oriente. Es innegable que fueron muy eficientes, pero, paralelamente, se beneficiaron por la falta de regulación, sobre todo en lo que es acopiamiento de información”, diagnostica Zuazo, licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad de Buenos Aires (UBA).  

Uno de los factores de haber alcanzado tal poder económico son los propios usuarios, que las convirtieron en parte de su vida diaria. ¿O poco a poco no fuimos cediendo nuestra intimidad? “Google inventó el mejor buscador y nos acostumbró a iniciar nuestra navegación desde su página, algo que antes hizo Microsoft convenciéndonos de que no podíamos vivir sin Windows. Google empezó a ofrecer gratis otros productos, como su correo, un procesador de texto y una hoja de cálculo para competir con Microsoft. El círculo cerraba perfecto: buscador, correo, herramientas de oficina, álbum de fotos y mucho más; todo gratis... o, mejor dicho, a cambio de nuestros datos. Facebook arrancó pareciéndose a una fiesta en la que nos encontrábamos con viejos compañeros de escuela, antiguos amores y amigos, y familiares lejanos, mientras un mayordomo muy atento nos recordaba las caras de los asistentes –dice Alejandro Tortolini, docente e investigador de temas de cultura digital–. Hasta que, de pronto, ese mayordomo nos sugirió a quién teníamos que conocer, alejándonos de aquellas personas con las que interactuábamos cada vez menos. ¿Lo hicieron por maldad? No, por negocio y ambición. Al vincularnos con los demás, generamos datos que ellos venden a terceros. Por lo tanto, la responsabilidad es nuestra. El escándalo en torno a la manipulación de las elecciones en los Estados Unidos vía Facebook debería hacernos reflexionar sobre nuestros derechos en las redes sociales”. 

En el Viejo Continente, varios de estos gigantes fueron multados con millones de euros. Es que la Unión Europea determinó que rindieran cuentas de los datos que manejan: cuáles son específicamente, cuánto tiempo los tienen bajo su dominio y en dónde los almacenan. Tortolini ahonda: “Mientras Mark Zuckerberg se declaraba arrepentido y prometía revisar las políticas de su red para hacerla más transparente, mudaba quince mil millones de usuarios de servidores de Europa a computadoras de otros países. Decía una cosa y en secreto hacía todo lo contrario”.

“Hace falta avanzar en educación respecto al uso de las redes sociales, en lo que se llama ‘ciudadanía digital’. Tenemos obligaciones, pero también derechos”.

En jaque, Facebook pasó de ser una red social insignia a ser mirada de reojo por el público. “Aclaremos un punto: en líneas generales, la crisis de Cambridge Analytica y de Facebook no redujo los usuarios. La gente sigue usándolo, al igual que Instagram y WhatsApp –que son de la misma firma–. Lo que sucedió es que los dueños, sobre todo Zuckerberg, tuvieron que explicar sus acciones política y judicialmente. Eso fue todo un acontecimiento”, manifiesta Zuazo. 

Los daños colaterales fueron dos: al valor bursátil de la empresa (que perdió 60.000 millones de dólares en un día) y a la confianza de los usuarios, ya que en un momento se notificó que habían sido afectadas cincuenta millones de personas, aunque la cifra, finalmente, ascendió a los ochenta y siete millones. Por su lado, Bussiness Insider informó la baja de un 9% de los usuarios estadounidenses. “En mi opinión, no era esperable un éxodo masivo: Facebook está muy instalada en nuestras vidas”, añade Tortolini.

Este cataclismo trajo consigo una filosofía que gana cada vez más adeptos: no depender tanto de las redes sociales. “Tomar distancia de ellas es una decisión individual. Lo que yo quiero discutir son cuestiones muy interesantes que están debatiendo los principales filósofos y pensadores: ¿Vivimos en una época que en el futuro evocaremos como una etapa de esclavitud a manos de la tecnología? ¿Nuestros movimientos no están siendo institucionalizados o modelados por las redes?”, interpela Zuazo. 

Por su parte, Tortolini propone un ejercicio de autocontrol para evitar las distracciones permanentes que nos ocasiona la “mente de mono”, que salta de estímulo en estímulo (este concepto fue ideado por Alex Soojung-Kim Pang en su libro Enamorados de la distracción). “No tener las redes en el celular, o por lo menos desactivar los avisos, nos puede ayudar a comprender que somos nosotros quienes debemos resolver qué hacer en las redes y cuándo hacerlo. Por supuesto, es muy difícil: constantemente somos tentados para caer en la trampa, convenciéndonos de que podemos perdernos de algo que nos hará más felices. Pero cada vez más se percibe que tenemos serios problemas de saturación de información, denominada ‘infoxicación’”, se explaya Tortolini.
Fronteras digitales
Uno de los temas que analizó Zuazo en su libro es cómo ponerles límites a estas empresas. “Para ello, una de las vías es el juicio antimonopolio. Precisamente, la riqueza de estas firmas está en los datos. Para ellos, eso es oro”, desliza la periodista especializada en tecnopolítica. En consonancia, Tortolini puntualiza: “Incluso, hay un proyecto de reforma de ley centrado en los datos personales. Claro que primero hay que prestar atención a ciertos aspectos: cuando te ofrecen algo gratuito en Internet, ¿quién es el producto? ¡Nosotros! Hace falta avanzar mucho en educación respecto al uso de las redes sociales, en lo que se llama ‘ciudadanía digital’. Tenemos obligaciones –eso que solemos aceptar sin leer cuando abrimos una cuenta en alguna red–, pero también tenemos derechos. ¿Cuáles son y ante quién los tenemos que hacer valer?”.

En definitiva, Google, Microsoft, Facebook, Apple y Amazon hacen bandera con el famoso dicho “la información es poder”. A partir de allí puede entenderse su modus operandi. “Estas compañías condensan una cantidad inusitada de poder. Y cuando eso está en las manos de unos pocos, la participación no es pareja ni democrática. Así, se da una evidente desigualdad. La información se transformó en un poder que no necesitó la fuerza ni la sangre para imponerse. Lo hizo de una manera más subjetiva y simbólica”, sintetiza Zuazo. Tortolini es tan crítico como contundente: “Estas empresas descubrieron que todo lo que tiene que ver con Internet ejerce en la población una fascinación irresistible. Montaron negocios multimillonarios con nuestros datos, lograron sancionar políticas económicas y educativas en distintos países, y son recibidos por presidentes y aclamados en anfiteatros como si fueran estrellas de rock”.

“Estas compañías condensan una cantidad inusitada de poder. Y cuando eso está en las manos de unos pocos, la participación no es pareja ni democrática”.

La gran pregunta es si este empoderamiento de los magnates de la red puede revertirse, modificarse. “Tenemos que convenir entre todos para qué queremos la tecnología, cuál es el objetivo que debe tener. Hoy, estas compañías tienen un fin puramente comercial: solo se preocupan por sus intereses. Hay que apuntar a que los políticos y los ciudadanos fijen condiciones con las empresas. No es imposible”, concluye Zuazo. 

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