COLUMNA DE NOEMÍ


No poder más


Por Noemí Carrizo.


Hay días –y, a veces, semanas– en que el destino se nos confabula en contra. Los trámites se demoran, las discusiones por ideas radicales entre familiares y conocidos resultan de una violencia inusitada, no rendimos lo conveniente en nuestro trabajo, engordamos visiblemente, nos excedemos en goces demoledores para aliviarnos, no nos miramos al espejo para preservar nuestra salud mental y optamos por cuantos anteojos, sombreros, foulards, maquillaje y camuflaje nos oculten. Sin embargo, “no poder más” es precisamente haberse esforzado al máximo, no haberle dicho a nada que “no”, ese “como sea salgo adelante” que suele identificarnos a algunos argentinos. Confieso que, en mis comienzos de escarceos literarios, una frase me marcó: “En el no llegar está el secreto de tu grandeza”. La cumplí a raja cincha hasta que decidí –al menos por etapas– asumir que hasta aquí llegó mi amor. “No doy un paso más, alma otaria que hay en mí”, reflexiona cierto tango. No esperemos reconocimientos ni laureles a esta opción de serenidad, de una cosa por vez; no quiero ojeras, salvo las que produce el amor. Entonces, aparecen frases estremecedoras: “¿Por qué tenés esa cara? ¿Estás enferma? ¿Tuviste un disgusto?”. Y, especialmente, ciertas hijas: “Cambiá de cara que parecés una amargada”. Marcel Proust, novelista, ensayista y crítico francés, fue más simplemente positivo: “Trata de mantener un rayo de sol encima de tu cabeza, pase lo que pase”. El moscovita Fiódor Dostoievski se sentía enfermo, tal vez del hígado (Memorias del subsuelo) y respetaba a los médicos, pero no quería enfrentarse con ninguno. Aclaraba: “Soy un malvado sin remedio, pero una taza de té dulce puede calmarme y revivir mis esperanzas”.

Realmente, el “no poder más” es un renacer, es volverse lo suficientemente enajenada como para cambiar de look, decir que “no” con más frecuencia y que “sí” cuántas veces valga la pena. ¡Y basta de confrontaciones que solo parecen entretener y terminar en vistosas presentaciones! Recordemos al francés Jean De la Fontaine: “Cualquier poder que no se basa en la unión es débil”. Entonces, a tomar con humor ese insoportable e ineludible “no poder más” de los tiempos que nos tocan, en que todo es posible… tan posible que cada vez nos sorprenden menos los fárragos contradictores y sin sentido, los disfraces heroicos, los sacrificios mediáticos. Armando Palacio Valdés, escritor y crítico literario español, definía: “Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se rinde al instinto del caballo”. William Shakespeare, por su parte, afirmaba: “El sabio no se sienta a lamentarse, sino que se dispone alegremente a reparar el daño hecho”. 

“No poder más” es un derecho poco admitido en esta época en que se nos considera una persona superior cuanto mayor número de compromisos de diversión se dispongan. El necio jamás acepta “no poder más”, por lo que suelen internarlo de urgencia sin encontrar el diagnóstico. Porque estar cansado es casi una pena capital, especialmente si se formula esta debilidad en medio de un viaje espectacular donde el sueño de algunos humanos es fatigarse en excursiones interminables donde no ven nada. Declarar “No puedo más” ayuda a resucitar. El secreto de la vida es empezar, no cada día, sino cada momento, cada segundo, cada suspiro, cada parpadeo, de nuevo y con fervor.



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