Viaje


Praga kafkiana


Por Daniela Calabró.


Hay aroma a licor de hierbas. Si pudiera desgranarse el bullicio del Café Louvre, en el número 22 de la calle Národní, se oirían disyuntivas acaloradas entre jóvenes filósofos y literatos. Corren los primeros años del siglo XX y Praga es un hervidero de cultura. En medio del encanto neorrococó de la confitería conversan dos amigos: Franz y Max. Están en los albores de su segunda década de vida y anhelan conquistar el mundo con su pluma. Veinte años después, y a punto de morir, Franz le dirá a Max: “Quémalo todo, sin leerlo antes. Quiero que se me olvide”. Y Max lo traicionará. 

Entre los revisionistas kafkianos, hay cierta amnistía ante la falta de lealtad de Max Brod hacia Franz Kafka (sí, de ellos hablábamos). Sin ella, no habría salido a la luz la trama existencialista del escritor que en los próximos días cumpliría 135 años (nació el 3 de julio de 1883). Tampoco, su relación con la ciudad que lo vio nacer, a la que amó y odió en partes iguales. “Esta madrecita tiene garras”, escribió alguna vez el autor de El proceso y El castillo, en referencia a la urbe conocida como “La madre de todas las ciudades”. En la voz de Joseph K, uno de sus personajes más memorables, afirmó que habría que incendiarla por los cuatro costados para escapar de su embrujo.

Este lazo de pasión y agobio tiene un porqué afincado en la historia. Si bien Franz Kafka era checo, pertenecía a dos minorías: era judío y hablaba (y escribía) en alemán, en un tiempo en el que los nacionalismos comenzaban a gestarse. “El trabajo de Kafka nos permite experimentar el malestar físico de ser un extranjero en el propio país”, asegura Angelo Maria Ripellino en su libro Praga mágica. Allí, el ensayista italiano explica cómo el escritor desa-rrolló su talento en un entorno cosmopolita y pujante hasta que la caída del Imperio austrohúngaro dio lugar a una Checoslovaquia independiente, antisemita y reticente a cualquier atisbo de cultura germana. Adiós a Kafka. Praga le dio inspiración para luego expulsarlo sin piedad. 

Cuando Franz no era Kafka
El Callejón del Oro, dentro de los límites del Castillo de Praga, es un pequeño pasaje pincelado con casas de colores. Estas residencias fueron construidas para los guardianes de la corona, pero, a la vez, pasaron por ellas orfebres, mendigos o marionetistas, dependiendo de la época. En la casa azul que ocupa el número 22, vivió Kafka con una de sus hermanas. Aunque hoy es su casa más visitada (devenida en librería y tienda de souvenirs), residió en ella poco menos de un año, entre 1916 y 1917. El silencio que allí reinaba lo ayudó a concebir Un médico rural e Informe para una Academia, aunque casi toda su obra y su personalidad la forjó en la Ciudad Vieja y las calles de Josefov, el barrio judío. 

Su primer hogar fue el número 5 de la calle U. Radnice. La edificación actual  no es la original, pero se conservó parte de la fachada y puede verse, sobre una de las paredes, una placa conmemorativa (el café que ocupa la planta baja también lleva el nombre del escritor). Cuando era niño, fue testigo de varias mudanzas, en función del crecimiento económico de su familia. La Casa del Minuto, que lo albergó entre 1889 y 1896, está ubicada a metros del ilustre Reloj Astronómico: quienes caminen por allí la podrán identificar por sus esgrafiados renacentistas. 

En 1907 los Kafka se instalaron en un palacete de la judería con vistas al río Moldava, en el que Kafka le dio forma a sus célebres La metamorfosis y La condena. Luego fue el turno de la Casa Oppelt, donde la calle Parizska se une con la Plaza de la Ciudad Vieja. “Esta curva acompañó mi vida entera”, dijo el autor alguna vez. 

Pero sus huellas, como enfatiza Klaus Wagenbach en su libro La Praga de Kafka, no quedaron solo en sus moradas, sino en las aulas del Palacio Golz-Kinsky, en donde funcionaba una escuela secundaria alemana. 

En sus textos, Wagenbach reveló los rincones predilectos de un joven Kafka que, atormentado por el difícil trato que mantenía con su padre, buscaba esparcimiento en sitios abiertos. Sus paseos se alternaban entre el monte Petín –una elevación de 140 metros con una perspectiva única de la ciudad–, los Jardines de Chotek –que consideraba el “lugar más hermoso de Praga”–, el Jardín Botánico y Malá Strana, el barrio que bordea el castillo. 
 
“Cuando decimos Praga, decimos Kafka”, se cansó de repetir Josef Cémark, cofundador de la Sociedad Franz Kafka, desde donde recomiendan no concluir la hoja de ruta sin ingresar en algunos de sus cafés preferidos, como el ya citado Louvre o el Slavia.
Vuélveme a querer
“Hombres que cruzan puentes oscuros pasando junto a santos / con débiles lucecitas / Nubes, que recorren el cielo gris / pasando junto a iglesias / con mil torres que condenan”. ¿Hay una descripción más acertada, fidedigna y sentida del Puente de Carlos que esta que hace Franz Kafka en un poema de 1903?

Lo mismo sucede con la prosa densa y claustrofóbica de El castillo, sin duda basada en la imponente casa real que se levanta en una margen del río. O con el camino que Joseph K hacía en El proceso por callejuelas de la Ciudad Vieja descriptas como “escupideras de luz”. Lo cierto es que aunque uno pueda adivinar a Praga en todos estos relatos, Kafka nunca la nombra. Como vengándose de ella, solo la deja asomarse en una suerte de claroscuro.   
Cuando el autor checo murió de tuberculosis, a los 40 años, muy poco se sabía de él. Pero habría revancha: paralelamente a que Max Brod editaba y publicaba sus textos –entre los años treinta y los cincuenta–, el éxodo judío provocado por la Segunda Guerra Mundial hacía que los libros de Kafka colonizaran el mapamundi. La migración de la Editorial Shoken a Estados Unidos (portando los derechos de su obra) y la aparición de Gustav Janouch con sus Conversaciones con Kafka dieron la estocada final. Ahora sí: ya nadie ignoraba a Kafka. De Albert Camus a Jorge Luis Borges, las mentes más brillantes se detuvieron a desentrañar su psicología profusa. No obstante, no fue sino hasta la caída de la Cortina de Hierro cuando los praguenses se reconciliaron con su hijo más olvidado. De golpe, y con amantes del universo kafkiano llegando a República Checa desde todo el planeta, Praga le abrió sus brazos para ostentarlo como una de sus mayores insignias. 
Turismo kafkiano
El ostracismo devino en adoración y Kafka pasó a ser a Praga lo que Antonio Gaudí a Barcelona, Johann Strauss a Viena o James Joyce a Dublín. Uno no puede adentrarse en sus calles sin verlo, sin toparse con una placa, un busto o una librería en su honor.

En 2003 se inauguró, junto a la Sinagoga Española, el primer reconocimiento al autor: una escultura de bronce creada por el artista checo Jaroslav Róna. En ella, una pequeña figura de Kafka está sentada sobre los hombros de un hombre sin cabeza. Si bien la obra remite a uno de los pasajes de su primer cuento, “Descripción de una lucha”, se la suele asociar al vínculo tortuoso que tenía con su padre, que volcó en Carta al padre, en 1918.

El Museo Franz Kafka es otra parada infaltable. Allí, la muestra permanente “Ciudad K.” expone las primeras ediciones de su obra, diarios, manuscritos y dibujos, a la vez que permite analizar la relación del autor con la ciudad en diversas topografías. Es llamativo que esta exhibición haya nacido en Barcelona y haya pasado por Nueva York antes de llegar a la capital checa.

Controversial, pero no menos fotografiada, es la enorme cabeza con la que el artista David Cerný quiso homenajear a Kafka en 2014. Sus segmentos de hojalata que no paran de moverse generan un efecto visual hipnótico. 

Amén de las obras de arte, de las casas, los parques y los cafés, se erigen dos hoteles con sello kafkiano. El Intercontinental se jacta de estar en donde se ubicaba una de las casas más famosas de la familia Kafka, junto al río Moldava. Por su parte, el Century Old Town está emplazado en el antiguo Instituto de Seguros para Accidentes Laborales, en donde el escritor se de-sempeñó como abogado entre 1908 y 1922. La habitación 214 es la que era su oficina en aquel entonces. Por supuesto, es la más reservada.

Ironías del destino, Kafka murió en Kierling, Austria. Su “madrecita con garras” logró soltarlo solo para  su epílogo. Sin embargo, sus restos regresaron a sus pagos para descansar en el Nuevo Cementerio Judío, junto a una placa que recuerda a sus hermanas, fallecidas en campos de concentración. 
Allí es donde termina el itinerario de quienes viajan hasta este punto cardinal europeo para recorrer los pasos de Kafka y descubrir que Praga está impregnada en toda su prosa. Como ella, la ciudad tiene laberintos, nieblas, melancolía. Ambas fueron escritas y reescritas, conquistadas y reconquistadas, destrozadas y valoradas. Como apuntó el novelista chileno Carlos Franz: “Es dudoso que haya otra ciudad que pueda definirse con un solo adjetivo literario como esta. Praga le pertenece a Kafka. No solo porque allí están los lugares donde transcurrió su vida, sino porque de ellos emanaron los sitios fundamentales de su imaginación, metáforas inevitables de la conciencia moderna”.

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