COLUMNA DE NOEMÍ


El "defecto" de ser bueno


Por Noemí Carrizo.


De Jorge Luis Borges podríamos hablar de El Aleph, La biblioteca de Babel o Las ruinas circulares. Sin embargo, cuando se presentaba en público, solía hacer comentarios que descolocaban a sus interlocutores. Por ejemplo, cuando declaró: “Mi padre, que era bueno, como toda persona inteligente…”. Creo “escuchar” los estallidos de mis lectores dudándolo, pero deberíamos tomarlo con paciencia y comprobar las biografías de los execrables. Antón Chéjov, ilustre como médico y escritor, pero también famoso por su magnanimidad, ya había dicho: “Los infelices son egoístas, injustos, crueles e incapaces de comprender al otro. Los infelices no unen a las personas, las separan”. Ahora que ser bueno suele ser sinónimo de crédulo, inocente, candoroso, tal vez medio caidito del catre, la bonhomía está en baja. 

“No le veo carisma, es callado, no tiene pasta…”. La idea que prevalece es que para hacer negocios millonarios (¿existe alguna otra ambición) hay que aguzar la viveza criolla, jugar con la distracción del otro y ser ingenioso con la intriga, el enredo, la treta, la vileza, el ardid. Como usted, tengo amigos exitosos que han hecho de la bondad su estilo de vida, solo que se potencian en sus conocimientos, están atentos a las posibles oportunidades y se levantan a las seis de la mañana. Esto no les impide escuchar, todos los sábados por la mañana, las interminables confesiones de un bombero veinteañero frente a un café al paso. Admiro y hasta venero la serenidad de esas caras, resultado de dormir en paz y no temer la otredad (su buena disposición les acerca personas de distinta índole, no siempre a su medida). 

Descreo de que los buenos suelan ser víctimas. Por algo son lúcidos: solo que callan lo que adivinan en el otro y hasta lo justifican. El ruso Borís Pasternak, poeta, novelista y Nobel de Literatura, sostenía: “La bondad no busca reconocimiento. Las personas buenas actúan de acuerdo con sus principios, para sentirse a gusto con ellos mismos y con los demás, y no para recibir cumplidos. Y la calma las invade porque no sospechan de la maldad ajena”. Suelen tener sus conflictos. Rick Hanson, neuropsicólogo de la Universidad de Berkeley, considera que las personas de noble corazón suelen cuestionarse de forma continua sus acciones. Temen no haber actuado con acierto al pronunciar ciertas palabras y se preocupan por si realmente han servido de ayuda al prójimo. 
En estos tiempos de fisuras tan implacables, me parece oportuna una frase del novelista y ensayista francés André Maurois: “Cuando nos atacamos los unos a los otros, los golpes dan generalmente sobre una máscara de hierro. Nunca atacamos al hombre que está debajo de la máscara porque no lo conocemos, pero si lo conociéramos no lo atacaríamos, porque nos parecería bueno, de nuestra misma bondad”. Y digámoslo con todas las letras: ser bueno no es sinónimo de incapaz, ser bueno es una virtud que algunos incapaces no entienden. 



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