Historia de ruta


Lecciones de ruta


Por Aníbal Vattuone.


Constitución y Ayacucho marcan la intersección del encuentro. El cielo ceniciento amenaza con desplomarse, pero solo se queda en eso: en un alerta permanente. En una esquina de la bonaerense San Fernando, con muchas casas de estilo colonial y calles empedradas, nos citamos con Paul Michael Piazza y su esposa, Erika Di Pasquo, dos jóvenes que se conocen desde los 11 años y que recorrieron casi toda América hasta la gélida e inhóspita Alaska a bordo de una combi modelo 82, a la que bautizaron “Aurora”. 

La aventura se extendió durante cinco años, 80.000 kilómetros y diecisiete países. Pero más allá de los números, ambos coinciden en que acumularon experiencias, enseñanzas, lecciones de vida. “Siempre alguien te ayuda, te ofrece hospedaje. En Perú tuvimos un inconveniente con el burro de arranque. Fuimos a un mecánico que nos habían recomendado. Apenas escuchó cómo encendía Aurora, nos dijo que el motor también estaba averiado, que no lo habíamos fundido todavía de milagro y que no íbamos a llegar a Colombia. Obviamente, no teníamos dinero para arreglarlo, pero ese mecánico no solo nos alojó y nos invitó a almorzar varias veces, sino que terminó haciendo el motor a nuevo. Ni siquiera nos dejó pagarle por la mano de obra. Una persona de un corazón enorme”, repasan los flamantes de padres de Munay (que significa “amor”). 

–Fue un riesgo no elegir un vehículo moderno, todoterreno.
–Paul: Sí, fuimos un poco inconscientes, pero siento que, en ocasiones, está bueno serlo. Si pensás algunas cosas dos veces, no las hacés. Lo que nos pasó particularmente con la combi es que al principio se nos quedaba continuamente. El panorama era desalentador. Nos decíamos: “Con esto no vamos a llegar ni a acá a la vuelta”. Nos agarró un poco de pánico. De hecho, el mecánico al que fuimos a ver antes de iniciar el trayecto sacó piezas buenas y las reemplazó por otras... Nos dimos cuenta en Perú, cuando el motor ya no daba más. Habíamos cruzado el Paso de Jama, que es el más alto del mundo, entre Chile y la Argentina, y también habíamos cruzado otro paso de 3500 metros. Literalmente, era estar en el cielo.

–Deben haberse topado con personas peculiares. ¿A quién o a quiénes recuerdan especialmente?
–Erika: La mitad de las noches alguien nos prestó una cama. La verdad es que Aurora despierta una sonrisa en la gente. Si bien ahora hay un revival en torno a restaurarlas, cuando la compramos, allá por 2012, nadie las quería ni había tantas circulando en la calle. Más de uno nos preguntó: “¿Se van a ir con eso hasta Alaska?”. Pero fue una excelente carta de presentación. Siempre hubo alguien dispuesto a tendernos una mano, a dejarnos estacionar en su garaje o en su jardín. 
 
–¿Algún país los sorprendió?
–Erika: Arribamos a Colombia con todos los prejuicios que existen sobre ese país. Todo se esfumó al instante. Fue donde más nos quedamos: íbamos a estar tres meses y lo estiramos a seis. ¡No nos dejaban ir! Invitaban a sus familias y querían que nos reuniéramos con ellos. Fue el país en el que menos dormimos en Aurora. Incluso ya nos habíamos olvidado de acampar. Si uno observa el mapa, hasta Alaska directo son, aproximadamente, 20.000 kilómetros. Pero la gente del lugar te hace zigzaguear constantemente. Con ellos conocés realmente. 
Un sueño, un libro
Además de ser viajantes de alma, Paul es actor y Erika es docente de Bellas Artes. Con las ilustraciones de ella y las palabras de él, nació Nican Axcan, el libro que relata en forma novelada cada paso de este devenir. “No queríamos escribir un diario de viaje tradicional, con el típico ‘Día 1: cociné unos huevos’. ¡Nos aburría eso! Fantaseábamos con una historia que transmitiera un mensaje”, desliza Paul sobre el texto que le demandó un año terminar.  

–¿Cuál es la explicación del título?
–Erika: Teníamos curiosidad por los ritos ancestrales, por empaparnos de todo eso que, a veces, te da la sensación que se perdió un poco. Entonces, ¿qué hacían los pueblos antes de que los colonizáramos? Queríamos volver a las raíces. Nican Axcan podría traducirse como “aquí y ahora”. Viene de la cultura olmeca, ya que compartimos mucho con nativos. Nosotros no tuvimos celular durante varios años del viaje, justamente, porque la idea era desconectarnos para conectar. ¿Con quiénes? Con las tribus de nuestra América para adquirir su sabiduría. El concepto surgió cuando estuvimos en la región de Tenochtitlán, que era la zona de los mexicas. Fuimos testigos de la ceremonia donde celebran al último tlatoani, que fue el gobernante indígena Cuauhtémoc. Allí aprendimos el término.
  
–¿Cuáles fueron las mayores adversidades que tuvieron que enfrentar?
–Erika: En Honduras nos tocaron ocho controles militares en cien kilómetros. Justo en ese momento estaban saliendo de una guerra civil. Estábamos rodeados de fusiles, armamentos... Por otra parte, la ruta era intransitable, con baches por todos lados… Nos fuimos rápido de ahí. 
–Erika, ¿cómo es eso de que sentías cierta atracción por Alaska? 
–Mi mamá tiene una fascinación absoluta por las auroras boreales. A mí me llamaba la atención ver ese fenómeno. Nosotros estuvimos en primavera, y si bien el espectáculo mayor se da en el invierno, tuvimos suerte: era de noche, frente a una bahía en la que nadaban ballenas… Finalmente, vimos lo que se denomina “tormenta de explosión solar”. Era el paraíso.   

–¿Cómo se mantenían?
–Paul: Arrancamos con la venta de artesanías, postales y fotos. En los Estados Unidos, Canadá y México, tomamos trabajos temporales en viñedos o granjas, recolectamos cerezas... En Canadá, ya retornando de Alaska, escuchamos que, en bosques incendiados, y después de un año, crecen unos hongos muy especiales que se llaman morels, que son una delicatessen. La gente viene de muy lejos a buscarlos. Obviamente, nos pusimos a juntarlos. Estábamos todo el día ahí, al rayo del sol, respirando hollín. Como te pagan por canasto, hicimos una buena suma. Regresábamos exhaustos, hervíamos unos fideos así nomás, y no nos importaba si estaban crudos: lo único que queríamos era llenar la panza y dormir.

–¿Tienen en mente alguna aventura más, o algún otro emprendimiento “no convencional”?
–Paul: Nosotros somos “no convencionales”, así que es difícil que tengamos una vida “normal”. Estamos pensando mudarnos al campo porque nos acostumbramos a la naturaleza. Reinsertarnos en la vorágine nos costó. Incluso en el viaje, cruzar una ciudad nos resultaba tedioso: Chicago, Nueva York, Ciudad de México… Veníamos de mirar las estrellas, de que las horas nos rindieran al máximo... 
–Erika: Ya hace unos meses que estamos en San Fernando y aún no nos aclimatarnos. Nos habituamos a vivir y a vincularnos con los demás de otra forma.
–Paul: Nos convocaron de distintas ferias, para ir con la combi. Para el año que viene estamos proyectando organizar eventos por la Argentina para presentar el libro. 
–¿Qué les aconsejarían a aquellos que están programando hacer un viaje como el de ustedes?
–Paul: Que no duden tanto. Que si lo sienten, lo hagan. Que den ese primer paso en el que te parece que te vas a caer al vacío y no te va a salvar nadie. Que confíen. La vida es sabia y te guía hacia lo que querés. Cuando te lanzás al río de la vida, todo se va dando naturalmente. Pero un viaje no tiene ser la meta universal. Cada uno tiene un sueño que cumplir: ser carpintero, bailarina... hay que ir por él.

–¿Esa fue la mejor enseñanza?
–Erika: Sí, entre tantas otras. Nos “curamos” de los prejuicios, algo que, en general, afecta a los argentinos. Nos relajamos. Cuando salimos del país, nos planteábamos qué hacer con la combi si nos quedábamos en la casa de un desconocido y queríamos ir a caminar. La idea de que podían robársela despareció el primer día, cuando una chica que nos recibió en Uruguay nos dejó la llave de su casa y nos dijo: “Me tengo que ir a trabajar. En la heladera hay comida”. Imaginábamos que nos podían hacer algo a nosotros, cuando, en rigor, eran los otros quienes tenían que desconfiar: ¡éramos nosotros los que nos metíamos en sus hogares! La conclusión fundamental es que la mayor parte de la gente en este mundo es buena. Nos trataron amorosamente. Nos extirparon los preconceptos por completo.

Aquí y ahora
El libro narra lo que sintieron durante estos años de travesía. “Yo le pregunto a la gente si haría lo que hace cotidianamente si supiera que hoy es el último día de su vida. La filosofía del Nican Axcan nos obligó a plantearnos qué estábamos haciendo. Infinidad de personas nos cuestionaron la finalidad del viaje. La mayoría pensó que éramos hippies, que no queríamos trabajar o que teníamos la tarjeta de crédito de papá. Todo eso nos hizo reflexionar sobre nuestra misión. Tal vez la iniciamos por inercia pero, cuando entendimos el porqué, nos dimos cuenta de que lo hacíamos para vivir el día a día plenamente y salir de nuestra zona de confort”, argumenta Erika.

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