Día del Padre


Ensamblados


Por Walter Duer.


En 1969 la televisión norteamericana se vio sacudida por un suceso que trascendió las fronteras y que alcanzó diversos rincones del planeta, nuestro país incluido: The Brady Bunch, que aquí se hizo famosa como La tribu Brady. Se trataba de una comedia cuyo núcleo era la convivencia entre dos recién casados, Carol y Mike, cada uno de los cuales aportaba tres hijos a la pareja (varones en el caso de él, mujeres en el de ella). A casi cincuenta años de ese hitazo de la pantalla chica –que causaba conmoción por la rareza de la situación que planteaba– y con el aumento en la tasa de divorcios (aproximadamente la mitad de los matrimonios se separa de manera legal), las familias ensambladas son cada vez más comunes, tanto en la Argentina como en el mundo entero. De todas formas, la socióloga Graciela Chiale, coautora de El amor en los tiempos del ex, sostiene que es un fenómeno que aún requiere de investigación: “Es difícil hacer generalizaciones dado que cada caso o cada combinación de personas que conforman este tipo de familia es diferente”.

Para el hombre que se integra a un hogar donde hay hijos de matrimonios previos aparecen diversos desafíos: el de generar vínculos afectivos sin tapar la figura paterna original, el de marcar límites, el de propiciar un ámbito de respeto mutuo… Socialmente, concuerdan los expertos, parecería ser más difícil para él que para ella. “La mujer se involucra más en lo que respecta a la crianza. Hay cuestiones culturales y sociales, y el instinto maternal también juega su papel”, señala Chiale.

“Una buena estrategia para profundizar el amor y el respeto mutuo es a través del juego. Los chicos valoran el tiempo que se les dedica”.

Cynthia Rodríguez Novillo, psicoanalista y licenciada en psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), explica que el primer paso para generar armonía es derrotar los prejuicios. “Por ejemplo, el que indica que es más sencillo armar una pareja si ninguna de las partes tiene hijos previos. O que el ambiente de una familia tipo es más beneficioso que el de una familia ensamblada. No importa si el chico proviene de una familia ensamblada, clásica o monoparental: el foco debe ponerse en la existencia de un lazo de familia”, argumenta la especialista. 

Otro punto clave es el que se refiere a marcar pautas, donde se dan situaciones confusas en las que el hombre puede chocar contra frases hirientes del estilo “Vos no sos mi papá”. “Es complejo ponerle límites a un niño. Esto se puede tornar más complicado si el chico no es propio, y, peor aún, cuando se trata de un adolescente. Sin embargo, es una necesidad ineludible”, considera Chiale. Y continúa: “Para que el límite sea efectivo, es necesario un acuerdo previo entre los adultos responsables: los niños están atentos, y si perciben inconsistencias, van a intentar aprovecharlas. Lo más aconsejable sería que en ese acuerdo participen todas las partes, no solo los adultos de la nueva pareja, aunque no siempre es posible lograrlo. Por otro lado, los límites pueden diferir entre una casa y otra. Por supuesto, lo ideal es que haya coherencia, pero a veces lo ideal se choca con la realidad. De cualquier forma, los chicos saben que en cada hogar la dinámica es distinta y esto no tiene por qué ser perturbador si se les aclaran debidamente los motivos”.

Según la mirada de Rodríguez Novillo, la hipótesis de que solo se puede poner límites a un hijo propio es muy interesante, porque lleva al niño al esquema de propiedad privada. “Se supone que un adulto ‘marca la cancha’ para cuidar a su hijo, no porque es ‘suyo’”, sentencia y, paralelamente, destaca la obra de Silvia Bleichmar Violencia social, violencia escolar: de la puesta de límites a la construcción de legalidades (2008), en la que la recordada doctora en Psicoanálisis, psicóloga y socióloga aseguraba que el adulto, en su rol de padre, de maestro o desde cualquier otro lugar, delimita con el fin de contribuir a la construcción del marco en el cual el chico puede moverse, al psiquismo de ese niño.
Los Brady argentos
En 2005 el Teatro Colón pasaba uno de los peores momentos de su historia: sus artistas estaban de paro y realizaban frecuentes asambleas en la mítica plaza de Mayo y espectáculos de protesta frente a la Legislatura de la Ciudad de Buenos aires. En ese clima caldeado mantuvieron su primera conversación Jorge de la Vega, primera flauta solista de la orquesta estable, y Paula Argüelles, bailarina. Llevaban muchos años trabajando en el mismo ámbito, se habían cruzado en un sinfín de ocasiones, y Jorge admite haberla visto varias veces sobre el escenario, pero nunca habían cruzado palabra. Esa charla inicial tuvo ribetes prácticos: Paula tenía el dato de un abogado que Jorge necesitaba. “Llamame a la noche y te lo paso”, le dijo ella. Y ahí surgió una coincidencia: los prefijos de sus teléfonos eran idénticos; vivían a solo seis cuadras de distancia. “En Buenos Aires, eso es un milagro”, bromea Jorge. El flautista volvió tarde esa noche luego de un concierto, y la llamó recién a las once y media. Terminaron tomando un café que se extendió hasta las cinco de la mañana. En el medio, otra coincidencia: Paula definió Mendoza como su lugar en el mundo antes de que Jorge le comentara que había nacido en esa provincia. Para culminar, la tercera coincidencia: ambos tenían hijos de matrimonios previos.

“Te voy a ser sincero: no quiero dar vueltas, si esto va a funcionar, tiene que funcionar con todo”, se plantó Jorge. Y así fue como cuarenta y ocho horas después estaban cenando todos juntos: Paula con Germán (hoy de 20 años) y Facundo (16), y Jorge con Nico (29), Nina (27), Cami (22) y Juan (20). “Esa noche ya dormimos todos en la misma casa”, se enorgullece el músico. Sobre la relación con Germán y Facundo, Jorge dice que Paula siempre fue mucho más madre de sus hijos de lo que él fue padre de los de ella. “El vínculo está muy aceitado, con lo bueno y con lo malo. La relación tiene sus ribetes a medida que ellos crecen y yo me vuelvo más grande, y cada uno va moldeando su opinión sobre las cosas. Pero todos asumimos un ida y vuelta honesto en el que no hace falta falsear nada ni pretender que todo es espectacular, porque, en rigor, las relaciones con los propios hijos también sufren altibajos”, revela Jorge.

Engranaje perfecto
Alejandro Sánchez se sentaba en su escritorio de la Comisión Nacional de Regulación de Transporte (CNRT) justo enfrente de Luciana Famá. Confiesa que desde el principio “pegaron onda”. “Nos divertíamos mucho, a tal punto que terminábamos tomando una cerveza en algún barcito del centro. Finalmente, nos enamoramos”, cuenta Alejandro quien, a sus 32 años, no había tenido hijos. Luciana, en cambio, tenía a Carmela, de 8. El romance iba viento en popa y la convivencia no tardó en llegar. “Para mí era todo nuevo, nunca había compartido la casa con un niño. La referencia más cercana que tenía era con mi hermana, cuando ambos éramos chicos. Sinceramente, esperaba un poco más de resistencia ante mi mudanza, porque existía un funcionamiento familiar previo al que yo debía insertarme. De repente, Carme, que ya tenía un concepto de cómo eran las cosas, se encontraba conmigo, un hombre al que prácticamente no conocía y con el que debía comenzar a vivir. Por suerte, nos caímos bien de entrada y pude adaptarme mejor de lo que me había imaginado”, reconoce Alejandro.

Según Chiale, conseguir una relación equilibrada entre los miembros de la familia ensamblada no es soplar y hacer botellas. En este sentido, la responsabilidad para tender puentes es condición sine qua non de los adultos. La socióloga enfatiza que los vínculos de cariño no se producen espontáneamente, sino que hay que regarlos como una planta, día tras día. “Una buena estrategia para profundizar el amor y el respeto mutuo es a través del juego o de actividades como pintar, dibujar, hacer manualidades, cocinar o compartir una película en el cine o una función de teatro. Los chicos valoran el tiempo que se les dedica”, remarca. Y concluye: “Un consejo para papás que apunten a que los suyos, los de ella y los de ambos estén bajo el mismo techo en perfecta armonía: pensar en el bienestar de los chicos. Así todo es más fácil”.





El otro y el combo*
La familia es la primera forma del sujeto ligado a la sociedad. Con esta premisa, lo que se debe ubicar es cómo se armaron esos vínculos amorosos y luego, en caso de que se trate de una familia ensamblada, particularizar cómo se produjo ese entramado, qué lugar juega cada miembro y cómo se definen las funciones de madre y padre (que no necesariamente deben estar encarnadas en los padres biológicos). Por eso, más allá de la composición de la familia, hay que rastrear cómo son esos lazos y cómo constituyeron los chicos esas funciones. De hecho, en familias clásicas, con mamá y papá, las funciones de madre y padre no están aseguradas. Hay que recordar que cuando dos personas que ya tienen hijos deciden formar una nueva pareja, aceptan al otro y sus circunstancias: es decir, ese “otro” viene con un combo.

*Por la psicoanalista Cynthia Rodríguez Novillo.

Con código 
Desde 2015, nuestro Código Civil contempla a las familias ensambladas: establece denominaciones, derechos y obligaciones para quien convive con su pareja y los hijos de esta, tanto en matrimonios como en uniones convivenciales. Se basa en lineamientos de tratados internacionales, que en nuestro país ostentan rango constitucional, según los cuales las relaciones familiares de la actualidad se apoyan más en los aspectos afectivos que en los lazos biológicos, legales o adoptivos. 

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