Entrevista


El nivel de la ciencia argentina es excelente


Por Luciana Sousa.


Amy Austin nació en Seattle, la ciudad más grande del estado de Washington, pero hace diecinueve años su vida dio un giro inesperado cuando pisó suelo argentino, decidió desarmar las valijas y quedarse definitivamente. Dice que se enamoró de la Patagonia. Fue un amor a primera vista del que ya no se pudo separar: se radicó por estos pagos y se integró al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), donde lleva a cabo una investigación científica sobre ecosistemas terrestres en paisajes naturales y modificados por el hombre que, en este 2018, le valió el reconocimiento internacional de L’Oreal-Unesco “Por las Mujeres en la Ciencia”.

Profesora en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Austin nos recibe en una oficina ubicada en el barrio porteño de Belgrano. Su mirada se enciende cuando repasa sus hallazgos, pero la incomodidad le juega una mala pasada cuando posa para las fotos. “Uno nunca se acostumbra a esto”, ríe, mientras la fotógrafa le pide que baje un poco el mentón o cruce sus manos extendidas.

Sabe que su historia es excepcional. En épocas en que varios colegas argentinos prueban suerte en Estados Unidos, ella prefirió apostar por nuestro país. “El nivel de la ciencia argentina es excelente”, asegura en un español casi perfecto. “Aunque me provoque vergüenza esta exposición, es muy conveniente que los investigadores demos entrevistas y hagamos notas. En los últimos años se incrementó esta demanda social de transferir nuestro conocimiento. Eso se transformó en un nuevo desafío para muchos científicos que no estábamos entrenados para esto, y que, a veces, usamos un lenguaje que tal vez no es accesible para todos. ¡Así que téngannos paciencia por favor!”, pide juntando las manos a modo de rezo.

–Este año se dio un hecho hasta el momento inédito: “Por las Mujeres en la Ciencia” fue otorgado a una científica orientada a la ecología. ¿En qué consiste tu trabajo?
–Me enfoco en desarrollar ideas innovadoras que puedan probarse directamente y con baja tecnología. Me interesa entender cómo funcionan los ecosistemas terrestres. Hay cosas que suceden dentro del ecosistema que son clave para comprender la vida misma, como el ciclo de carbono. Esto es, la transferencia de energía que va del Sol a la planta, de ahí al resto de los organismos, y que luego vuelve a la atmósfera en forma de carbono. Los seres humanos estamos influyendo fuertemente en el ciclo de carbono, sobre todo a través de la quema de combustibles fósiles. De allí, las secuelas tan graves, como el calentamiento global. 

–¿Por qué elegiste la Patagonia?
–Aclaremos antes que no hay lugar en el mundo que no esté impactado por la actividad humana. Pero hay zonas que sufrieron menos, como la Patagonia, que está lejos de zonas industriales y no fue totalmente deforestada. Aunque la principal razón de la Patagonia como laboratorio natural es su clima tan marcado, con características que varían en cortas distancias. 

–¿Cómo es eso?
–Uno puede observar en detalle cómo la lluvia afecta el ecosistema: en lugares como Bariloche tenemos bosques húmedos donde llueve mucho, pero en la medida en que nos movamos hacia el este, a más o menos cien kilómetros, pasamos a desierto. Lo mismo podría ocurrir en una dirección norte-sur, porque la extensión latitudinal es muy importante, y recorriendo esta extensión se alteran la temperatura y las lluvias. Es difícil hacer experimentos donde uno pueda manipular todas las variables, por lo que aprovechamos esta oportunidad. No sabemos con exactitud qué puede pasar a futuro con el clima, pero todo esto nos da indicios de lo que puede suceder en los ecosistemas terrestres con la lluvia, la radiación solar o la temperatura.

–¿Al estudiar ecosistemas menos afectados se pueden prever los efectos de los ecosistemas más afectados?
–Eso no se da por contraste. Hay ecosistemas que fueron impactados, y no sabemos del todo por qué. Así se torna complicado advertir cómo será el después. Menos aún, cómo restaurarlos. ¿Dónde se sustenta la esperanza de que retorne a su estado original si ignoramos su naturaleza, su comportamiento? Entonces, lo que intentamos identificar son las variables más preponderantes, para minimizar el impacto humano. Si concluimos en que al deforestar en un lugar hay impacto en el ciclo de carbono, quizá se puede derivar esa deforestación. Lo mismo con los cultivos: necesitamos hacer agricultura, pero tenemos que encontrar un equilibrio. Cuanta más información recolectemos, más posibilidades tendremos de disminuir el impacto. Y esa información tan útil debemos compartirla para que se tomen decisiones políticas adecuadas.

–El tema medioambiental está instalado en la agenda nacional desde hace años; sin embargo, no pareciera que hubiera avances notorios.
–Es factible que un pequeño productor no avizore el significado de preservar el ambiente, pero con nuestro trabajo sobre los ecosistemas podemos lograr que no se cometan los mismos errores a gran escala. Con esta información, que quizás en los Estados Unidos ya manejaban hace cincuenta años, podemos optimizar nuestra agricultura, hacerla más sostenible. No obstante, hay cada vez más conciencia de que esto debe hacerse, de que no se puede ir a deforestar todo sin padecer consecuencias negativas en el corto o mediano plazo. De alguna manera, este aprecio incipiente por los ecosistemas naturales nos despabila en cuanto a su valor económico. Es una verdadera lucha: los países quieren crecer en términos económicos, pero eso se contradice con acciones que deberíamos emprender para prevenir el cambio climático, como reducir las emisiones de dióxido de carbono y la conversión de los ecosistemas naturales. 

–Es un punto de vista moral pero más bien práctico. 
–Absolutamente. No hay ningún tipo de dudas de que si seguimos atentando contra el ciclo de carbono, los que vamos a estar peor somos nosotros. Es entonces cuando toma relevancia que la gente se haya apropiado de la cuestión ecológica para exigir a sus gobiernos que se ocupen de las emisiones de dióxido de carbono y las contengan.

Por más Curie, por más Franklin... 
Solo un par de señales le bastaron para darse cuenta de que quería ser científica. “Cuando era chica, vivíamos en Florida, y estábamos afuera todo el tiempo. Ese contacto profundo con la naturaleza me despertó la curiosidad: quería entender. Me preguntaba cómo una planta podía evolucionar sin comida”, evoca la hija de un ingeniero de la NASA. “Mi padre me transmitió su pasión por la ciencia. Su entusiasmo por el alunizaje invadió nuestra cotidianidad de tal manera, que fue imposible no inspirarme en el potencial del descubrimiento científico”, completa quien, junto a sus cuatro hermanos, se subió al techo de su casa para ser testigo del lanzamiento del Apolo 11, la misión espacial que conquistaría la Luna. “El brillo en los ojos de mi padre es algo que se quedó conmigo para siempre”, añade. 

Austin estudió Biología y se especializó en Ciencias Ambientales, pero hubo un clic: “Cuando hice el doctorado en la Universidad de Stanford, confirmé que quería estar en el campo haciendo experimentos. Es un camino largo, y están aquellos que se decepcionan enseguida. Pero es muy satisfactorio comprobar cómo tu talento y tu pasión encajan en una carrera… Como suele decirse, yo siento que ‘llegué’”. 

–Flota en el imaginario colectivo que el científico es un loco aislado en un laboratorio, abocado a algo que no se vincula con nuestra realidad.
–El concepto del científico solitario en una torre de marfil pensando y nada más asusta. A mí me pasó, así que no hay por qué preocuparse. Pero la ciencia es una tarea muy colaborativa: cuantas más opiniones e interacción se establezcan con otros colegas, muchísimo mejor. Mi experiencia fue atractiva, auspiciosa: trabajé siempre en grupo, no de forma aislada. Además, como decíamos anteriormente, los científicos, más allá de hacer experimentos, ejercer docencia y escribir en revistas científicas, debemos comunicarle a la sociedad lo que estamos haciendo. 

En el período que se prolongó de 1998 a 2018, el número de mujeres que se dedican a la investigación científica (o profesiones afines) aumentó en un 12%, pero esto no se traduce en carreras largas y exitosas. Para muestra basta un botón: en la actualidad, solo el 28% de los investigadores son mujeres, por lo que a las científicas todavía les cuesta acceder a puestos jerárquicos. Hoy, solo el 11% de los cargos superiores en instituciones académicas europeas están ocupados por mujeres. 

Ante este panorama, Austin afirma que premios como “Por las Mujeres en la Ciencia” fueron una gran contribución para la igualdad de género en la profesión. En la entrega del galardón, se codeó con mujeres que alcanzaron metas increíbles en diferentes disciplinas. “A todas nos une el deseo de hacer ciencia más allá de los obstáculos que deban sortearse. Creo que para mejorar nuestro presente en la profesión, más niñas deben tomar como ejemplo a esas mujeres y reflexionar: ‘Si tengo esa misma pasión, yo también puedo’. Si una mujer tiene pasión, honestamente, puede conseguir cualquier cosa”, sentencia Austin. 

–¿Cómo analizás la situación y el estatus de la mujer en la ciencia?
–Si te parás en una esquina y les pedís a los que pasan que nombren a un científico, la mitad no lo puede hacer, y la otra mitad, probablemente, mencione a un hombre. Alguno se acordará de Marie Curie o Rosalind Franklin. Pero esto se está revirtiendo, no solo por el empoderamiento femenino, sino porque se está empezando a considerar más a los científicos en general. Eso tiene doble mérito, como la nota que estamos haciendo. ¿Cuántos científicos son entrevistados? Cuando aparezco en un artículo, me da cierto pudor, pero es un reconocimiento que agrega valor a la ciencia. 

–¿Por qué, amén de la investigación, te volcaste a la docencia?
–Si discutimos el rol del científico, me parece fundamental ejercer la docencia y hacer el esfuerzo de incentivar a los más jóvenes. A mí me resulta fascinante interactuar con los estudiantes y ver lo que ellos perciben. ¡Y darles información! Porque hay tantos datos equivocados que se divulgan cada vez que hay un terremoto o una inundación –a veces sin intención y otras con ánimo de confundir– que termina siendo esencial que nosotros informemos sobre lo que realmente sucede. Por esta razón, hay que involucrar a los jóvenes y contagiarles el entusiasmo. Sin eso no hay futuro.
La investigación
El cambio climático representa uno de los mayores desafíos que enfrenta la humanidad. Para planificar un futuro sostenible en un entorno que varía rápidamente, debe comprenderse cómo pueden ser afectados los procesos naturales básicos. El trabajo de Amy Austin en el sur argentino profundiza el conocimiento sobre la descomposición de las plantas y la fertilidad del suelo. Demostró que la radiación solar es el proceso dominante que controla la pérdida de carbono en los ecosistemas semiáridos donde la actividad de descomposición biótica es mínima o inexistente. Sus hallazgos contrarrestaron la idea prevaleciente de que la descomposición biótica microbiana y de la fauna dominaba el ciclo de carbono y nutrientes en todos los ecosistemas terrestres. Ella descubrió que, cuando caen al suelo, las hojas de los árboles y la hierba senescentes pueden perder una porción de su carbono y nitrógeno a través de la fotodegradación de la luz solar. 

Haciendo camino al andar
Varias mujeres se destacan intentando contestar preguntas que parecen no tener respuestas. Algunas de ellas son argentinas y están dando que hablar.

Gabriela González 
La física cordobesa fue elegida en su momento entre los diez científicos más influyentes del mundo por la revista Nature. Además de ser la primera mujer en ocupar una cátedra en la Universidad Estatal de Louisiana (Estados Unidos), formó parte del experimento Laser Interferometer Gravitational-Wave  Observatory (LIGO), cuyos creadores obtuvieron el Premio Nobel de Física. “La ciencia necesita a la mujer”, define quien estudia las ondas gravitacionales. 

Soledad Gonzalo Cogno
Después de recibirse de doctora en Física en el Instituto Balseiro, continuó su carrera en el Instituto Kavli de Trondheim, en Noruega. Allí se desempeña en el laboratorio de May Britt y Edvard Moser, ganadores del Premio Nobel de Medicina en 2014. Se especializa en neurociencias: “Mi tema es el ‘GPS del cerebro’. Esto es entender cómo nos orientamos en el espacio, y cómo formamos mapas internos que nos ayudan a desplazarnos y a calcular distancias”.

Andrea Gamarnik 
Abrió en el Instituto Leloir el primer laboratorio de virología molecular. De 2005 a 2011 fue International Research Scholar del Howard Hughes Medical Institute. Actualmente es investigadora del Conicet. Estudia los mecanismos de multiplicación del virus del dengue y su adaptación en células humanas y de mosquito.

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