COLUMNA DE NOEMÍ


El fútbol, esa educación


Por Noemí Carrizo.


El muchacho con barba prolija respondía a un periodista emocionado que casi no podía mirarlo de frente. El joven, parecido a los chicos del delivery, sonreía con una paz sin vueltas: “Hice el primario en mi barrio y el secundario en Barcelona. ¡Lo que sufrió mi mamá! Me repetía todo el tiempo: ‘¡Estudiá, estudiá!’. Yo solo quería patear la pelota...”. El periodista, ante la mirada atenta del quíntuple ganador del Balón de Oro, preguntó: “Decime, esos saltos cortos que hacés como si volaras, ¿cómo los lograste?”. Lionel Messi aclaró: “Los hago desde los 3 años, pero cualquiera lo puede lograr solo con practicar”. El reportero quería que el 10 del Barcelona y la selección nacional le asegurara por qué era el mejor de todo el universo con la pelota en los pies. No lo consiguió. Quien pronto cumplirá 30 años, pero todavía tiene cara de 13, insistió: “Si se practica, cualquiera puede ser como yo”. Y no mentía hablando maravillas de sus compañeros y mostrándose precavido con los contrincantes inmediatos: “Son todos excelentes y representan un gran desafío. Ojalá podamos coronarnos esta vez”. Un poco decepcionado, el interlocutor arriesgó y lo toreó mencionándole al otro astro, oriundo de Villa Fiorito. “Él sí fue el mejor de mundo. ¡Maradona nos hizo tan felices! Es un hombre sincero que siempre dice lo que siente”, fue su lacónica respuesta.  

¿Qué hacía el capitán del equipo de Jorge Sampaoli al no aceptar grandezas, designios divinos ni prodigios propios? Sin proponérselo, estaba enseñando el valor del empeño, de la humildad, del compañerismo y de aceptar otras glorias que entendía más que la suya. El fútbol le había enseñado reglas inclaudicables, más allá de su don natural. Le había grabado que ser el mejor de los mejores no le impediría sufrir derrotas. Y empezar de nuevo, una y otra vez, como la vida. Europa lo tienta, pero fantasea con terminar su periplo en su amada Rosario, donde están los suyos, sus raíces. 

Vale recordarlo: “la Pulga” ejercitó incansablemente de la mano de su padre, un trabajador de la industria metalúrgica que, cuando reparó en un problema en la hormona de crecimiento de su hijo, supo que los clubes argentinos no iban a solventar el tratamiento. Entonces, emigró con su familia a Barcelona, donde sí lo hicieron. Al salir de Newell’s Old Boys, Messi, de 13 años, medía 1,40 metros. Era septiembre de 2000. El técnico Carlos Rexach del Barcelona, maravillado por su talento futbolístico fuera de todo lo visto, firmó un contrato en una servilleta de papel y lo incorporó al club a cambio de su asistencia médica. En la actualidad, entre innumerables títulos, ostenta el récord de mayor goleador en una temporada calendario de toda Europa. Y sigue firme con su extraordinaria tenacidad. El fútbol lo educó para ascender. Y allí resulta imposible olvidarse de aquello de que “la educación te dará una manera de ganarte la vida, pero la autoeducación te hará ganar una fortuna”.

En definitiva, Messi es la demostración más cabal de lo que valen el esmero, la modestia y el no rendirse jamás. Parafraseando a Juan Manuel Fangio, lo más insigne de un campeón del mundo es no creérselo. El símbolo de la Selección que participará en Rusia es el ejemplo de la buena educación que puede dar el buen fútbol. Con una madre insistiendo: “¡Estudiá, estudiá!”.

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