COLUMNA DE NOEMÍ


Cantar “las cuarenta"


Por Noemí Carrizo.


Es cuando uno siente que la asfixia de palabras puede ahogarlo hasta el último suspiro porque la tolerancia de una situación llegó a su límite. “Las cuarenta” son la reunión de varios gajos de tallos amargos que, por discreción, respeto, cariño o buenas relaciones, se han masticado hasta con una sonrisa. Hay un tango llamado “Las cuarenta”, de Roberto Grela y Francisco Gorrindo, que explicita el estado de desesperanza del que estalla, antes del bravo detonante, a veces fatal: “Aprendí todo lo malo, aprendí todo lo bueno. / Sé del beso que se compra, sé del beso que se da; / del amigo que es amigo siempre y cuando le convenga / y sé que con mucha plata uno vale mucho más”.

Hay de diversas especies pero, en general, la escena se desarrolla a los gritos, con alguna mala palabra casi inconsciente y sin importar quién la oiga y, sobre todo, las consecuencias. Recuerdo una vez que un gerente fue telefónicamente injusto, muy injusto, con una labor que me había costado mis noches en vela. Tomé el primer taxi y le rogué que levantara vuelo. Cuando llegué, sin pedirle permiso a la secretaria, abrí la puerta de su estudio con cierto estrépito, y él me dijo: “Te estaba esperando”. Nos unimos en un abrazo, muertos de la risa. 

El origen de las cuarenta data de un juego tradicional de naipes españoles, el tute, a pesar de que se trata de un entretenimiento italiano. El jugador que logra el caballo y el rey de más valor debe cantar en alto los cuarenta puntos obtenidos por tal jugada. Durante el juego, es una amenaza compartida, pero en la vida real “Te voy a cantar las cuarenta” aparece como una amenaza o reprimenda en sentido literal. ¿Sirve “cantarlas” en la cotidianidad? Sí, luego de un primer enojo con grandes verdades, los contrincantes suelen unirse más que antes. Dejaron de taparse disgustos que provocan úlceras, rabietas a frases no pronunciadas, pero también alguna que otra maldición.

Ahora bien, el sabio que se enoja deja de ser sabio. Creo que hay “cuarentas” que se pueden “cantar” invitando a tomar un café y desgranando despacito y hasta con un toque de ternura ese “odio” a veces exagerado porque no se aclararon los lugares, responsabilidades, esperanzas, proyectos y expectativas. Poner el punto sobre las íes es esencial, pero –eso sí– el regañado no tiene derecho a replicar, al menos por el momento, porque el furor puede llevar a determinaciones apresuradas. Mejor callar. 

“Las cuarenta” es no dar más; por eso, si algo puede arruinar unas “cuarenta” bien entonadas es presentar disculpas después o al otro día. No, hay que asumirlas como esos actos que hay que efectuar sea como sea. Se necesita valentía, salir de la comodidad, del “Y, bueno, es lo que me tocó”, o del “Mejor reprimir la rabia que armar un escándalo”. No, a dar el paso adelante, mejor con la voz no muy alta y argumentos sólidos, los mismos que nos desvelan. Afrontar. Dice el novelista de moda, Chuck Palahniuk, con respecto a nuestra zona de confort: “No hay posibilidad de escapar de la evasión continua. De distraernos. De evitar la confrontación. De huir hacia adelante. De cascárselas. De la televisión. De la denegación”. Por su parte, Gabriel García Márquez afirmó que lo más importante que aprendió después de su mediana edad fue a decir “no” cuando es “no”. Darse el lujo merecido de ser uno mismo, como sostiene ese pensador profundo llamado Dan Gilbert: “La emoción es una brújula que nos indica qué hacer. Una brújula que se encuentra perpetuamente atascada en un único punto no sirve para nada”. 

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