COLUMNA DE NOEMÍ


El éxito comienza en lo simple


Por Noemí Carrizo.


Aclaro que era rubio, alto y de ojos celestes. Dueño de una empresa en ascenso, nos invitó con una amiga a comer un pollo en su piso de Belgrano. Cuando cortó el pollo, en los veinte pasos exactos aconsejados, sin derramar una gota de aceite en el mantel ni ensuciarse sus jeans, supe que alcanzaría sus altos objetivos… y que podría enamorarme de él. Había leído alguna vez aquello de que “Aquel que hace bien un simple pescado puede dirigir una empresa imperial”. Y recordé a mi editor italiano cuando le preguntó al director de una revista de relumbre si sabía bailar. El contrincante no solo se avergonzó, sino que con su negativa creyó salvado su honor. Fue todo lo contrario: el editor consideraba que las personas brillantes lo son en casi todos los aspectos.

La gente que llega a ser presiente de una empresa comienza por hacer todo bien, con tiempo y paciencia oriental. Es la gente que estaciona el auto donde se debe, no la juega de “vivo” y a la que no le importa perder una hora escuchando confesiones de un bombero, por ejemplo. Es aquel que lava los platos, los deja relucientes y los acomoda en su justo lugar. No es un maniático, es un concentrado. Te ayuda a acomodar tu casa después de una fiesta y no se retira hasta dejar todo mejor de lo que estaba. Es el ser que se levanta temprano aun maldiciendo, se baña y viaja por el país para colocar un producto o recorrer bancos sin suspiros. También hace cola sin protestar. Son los que arman hogares equilibrados porque no esperan del otro, esposa o hijos, más de lo que pueden ofrecerle. Y no piensan en M’hijo, el doctor, sino en que encarrilen su camino por sendas acordes con sus hábitos. Son los que si la oportunidad no llega, construyen una puerta. 

Los japoneses, después de perder la guerra, comprendieron a los norteamericanos. Fue cuando decidieron no solo hacer sus productos lo mejor posible, sino agregar una hora sin sueldo a cada trabajador para potenciar sus logros. No trabajaban por la paga, sino por la perfección del resultado final.

Un proverbio árabe reza: “Las grandes obras las sueñan los locos geniales, las realizan los luchadores tenaces, las disfrutan los felices mortales y las critican los eternos crónicos inútiles”. Nos asombramos del hombre común que tiene éxito, sin reparar en que lo extraordinario es su persistencia, su tenacidad, levantarse una y otra vez de sus fracasos. 

Miguel Ángel afirmaba: “La perfección no es cosa pequeña, pero está hecha de pequeñas cosas”. un¡Esas personas que sortean obstáculos incluso con una sonrisa, que cuando quieren instalar un simple –o no tanto– aparato en el hogar, insisten hasta que lo logran! No dicen: “Me engañó la marca, las instrucciones están equivocadas, no entiendo bien…”. Por eso, los hombres de éxito terminan teniendo buenos hogares. Persisten. Perdonan. Disculpan. Comprenden. Tienen el humilde gesto de no creerse dioses del Olimpo aunque sus cuentas en dinares kuwaitíes superen los millones. Viajan a escondidas, disimulan sus oros, son de perfil bajo, no solo para que no les roben, sino por consideración hacia los demás.

Cuando veo a una persona que, con la calidad de un chef, prepara un simple guiso improvisado, sospecho que terminará alcanzando sus más altos logros. No hay muchos. Y hasta solemos tildarlos de obsesivos. En la intimidad les murmuramos un “¡Basta!” cuando juzgan nuestras improvisaciones, apurones... “¡Cuándo me sacaré de encima esto de limpiar la casa todos los días!”. Y sí, el éxito ocurre cuando tus sueños son más grandes que tus excusas.










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