Curiosidades


Bellezas exóticas


Por Aníbal Vattuone.


"Los mejores paisajes existen en la mente de los ciegos”, escribió alguna vez el español Alejandro Sanz sobre uno de los más grandes poderes que tiene el hombre: su imaginación. Pues bien, hay algunos tan exóticos como fascinantes que cuesta hasta soñarlos. Sin embargo, existen. Uno de ellos es el que puede disfrutarse en El Hierro, la más pequeña y la menos habitada de las siete islas mayores de las Canarias. Con habitantes que aún conservan sus antiguas artes de pesca y artesanía, se trata de un rincón del mapa que se detuvo en el tiempo. El Hierro atrapa por el contraste entre sus tierras volcánicas, el verde de sus bosques y la transparencia de sus aguas. Sobre este último punto, hay más para decir: no solo es ideal para practicar buceo y deslumbrarse con una profundidad regenerada a partir de las erupciones volcánicas de 2011, sino que todos los años se organiza el Open Fotosub, una competición de fotografía submarina.  

A unos kilómetros al este, se impone la región de Capadocia, a una hora de avión de Estambul, el centro cultural y económico de Turquía. Allí se respira historia; surgida en la Era de Bronce, fue parte del Imperio romano. Capadocia está compuesta por caprichosas rocas icónicas: los valles de esta árida zona se entremezclan con las majestuosas formaciones que dan la impresión de estar caminando en la Luna. Como si fuera poco, las civilizaciones dejaron su sello excavando cuevas en las que había almacenes y hasta iglesias; o sea, una ciudad completa subterránea. Pero acaso su mayor particularidad sea que es un punto cardinal propicio para volar en globo aerostático sobre sus ondulantes barrancos. ¿Es de los que prefiere pisar tierra firme? No se preocupe, ya que, como hacían los primeros exploradores de Europa o los nómadas, hay excursiones a caballo por sus valles y sendas.

Un poco más hacia el sur, Uganda sobresale con un lago que ostenta 25 kilómetros de largo por 7 de ancho. Alrededor del Bunyonyi, se instalan diminutos pueblecitos, donde la vida transcurre cansinamente. Pescadores en sus canoas, vacas en la orilla y mujeres que trabajan la tierra son algunas de sus sencillas pero bonitas postales. En el lenguaje local, Bunyonyi significa ‘donde hay muchos pájaros pequeños’, y su traducción no falla: infinidad de pájaros (predominan los de color amarillo) se mueven de aquí para allá. Por su parte, el lago está lleno de pequeñas islas. ¿Su profundidad? No hay una certeza, pero, según los ugandeses y los carteles que bordean su orilla, roza los 2000 metros. No obstante, algunas guías internacionales informan que, tal vez, la profundidad máxima no supere los 50 metros.
De parques y montes
Sus dieciséis lagos superpuestos en cadena, sus múltiples arroyos y las cascadas que se extienden hasta un cañón de piedra caliza (la más alta tiene casi ochenta metros de caída libre) podrían justificar que califiquemos al Parque Nacional de los Lagos de Plitvice como el “Paraíso de las Aguas”. La hidrografía funciona como un gran contorno del bosque de hayas. ¿Fauna? Sapos amarillos y ciervos, por citar solo dos especies con los que uno se puede cruzar trekking mediante. La Reserva Natural, reconocida por la Unesco en 1979, cuenta con 30.000 hectáreas de un silencio abrumador. Es que allí, en el mismísimo corazón de Croacia, se escucha solo el rumor del agua que corre paciente. La paz que inunda el lugar es un canto a la ironía si se piensa en las guerras que azotaron el área hace veinte años.

Enfocando la brújula hacia Latinoamérica, Venezuela se luce con el monte Roraima, la montaña más alta (2810 msnm) de una cadena de elevaciones tabulares. El Roraima se sitúa en una esquina del Parque Nacional Canaima, en la frontera entre Venezuela, Brasil y Guyana. La cadena montañosa donde se encuentra el Roraima está considerada una de las formaciones geológicas más antiguas, que se remonta a unos dos mil millones de años. Desde allí puede vislumbrarse un laberinto de rocas con un sinfín de desfiladeros (a veces, de cientos de metros de profundidad). Con lluvias casi el noventa por ciento del año, orquídeas, bromelias y plantas carnívoras conviven con el espíritu de Hermann Schomburgk, el explorador cuyos relatos sobre estos lares inspiraron al inglés Sir Arthur Conan Doyle a escribir la novela El mundo perdido, en 1912.

Del otro lado del Atlántico, se puede visitar a los ñúes, cebras, gacelas, jirafas leones, rinocerontes, elefantes y cocodrilos que viven en el Parque Nacional Serengueti, al norte de Tanzania. Con casi 14.000 kilómetros cuadrados de superficie, y lindero a la zona de conservación de Ngorongoro, se lo conoce como masai, que podría traducirse como  “donde la tierra se prolonga eternamente”. El escritor sudafricano Laurens van der Post dijo: “Entre los animales y África existe una comprensión que los seres humanos no llegaron todavía a descifrar”. No fue el único: Wilbur Smith supo describir a la perfección los colores y cada roca del Serengueti... y de África.  
De rutas y grutas
Siguiendo en el mismo continente, Ciudad del Cabo, capital de Sudáfrica, recibe a los curiosos con la famosa Montaña de la Mesa, esa masa rocosa qu es símbolo de la urbe. Desde aquí parte (o llega, según donde se inicie) una de las rutas más hermosas: la célebre Garden Route. Son 200 kilómetros que conducen a Puerto Elizabeth entre lagos, playas, frondosa vegetación y poblados. En Mosselbaai se pueden practicar deportes acuáticos, avistar ballenas o acercarse a los pueblos de KwaNogabo o Tarka.

Islandia, aparte de ser nuestro primer rival mundialista en Rusia 2018, suena a lejano, a frío, pero la cueva Grjótagjá guarda un secreto en su interior: ¡agua caliente! Sí, un baño rústico de aguas termales ¿A zambullirse? No, esa es la pequeña gran decepción. En algún momento fue un popular sitio para  que los lugareños se bañaran pero, por la actividad geológica en la década del ochenta, la temperatura del agua fue en aumento y las autoridades prohibieron bañarse allí. Se puede acceder a ella a través de una enorme grieta, para admirar el agua diáfana y de tono azulado, y ser testigos del vapor que se levanta de la superficie. Aunque la comparación peca de excesiva, la gruta es tan bella que nos remite a la impactante Gruta Azul, ubicada en Capri, en el golfo de Nápoles.
La soledad no desespera
En Namibia, una pintura salida de un sueño se instaló en la superficie. A cinco horas de Windhoek, la ciudad capital, nos topamos con Sesriem, cerca del desierto del Namib, que cubre 32.000 kilómetros cuadrados. En Sossusvlei, un conjunto de cañones rodeados por dunas gigantes de arenas rojas, hallamos la “estrella”: Deadvlei. Como su nombre lo indica, se lo llama “el lago muerto de arcilla blanca”. Hace novecientos años, este lago se secó, creando uno de los paisajes más antiguos del mundo. La ausencia de sonidos genera un clima de misticismo inexplicable. Es un paseo que dura apenas minutos, pero el recuerdo queda para toda la vida.

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