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Ver para Aprender


Por Juan Manuel Ciucci.


Sentarse a ver una serie suele estar relacionado con el goce de adentrarse en una historia y sus personajes, y en compartirlo con otros fanáticos. En los últimos años, explotó la demanda de relatos que nos invitan a estar sentados horas y horas frente a la televisión (o al dispositivo que elijamos), haciéndonos partícipes de un universo inexplorado. “¿Qué serie mirás?” es casi una pregunta obligada en estos días.

Sin embargo, detrás del entretenimiento o la necesidad de pertenencia, se esconde una posibilidad que muchas veces dejamos de lado, o que, si fuera el punto nodal del asunto, alejaría a la gran mayoría: aumentar nuestros conocimientos. “¿Cuánto aprendiste hoy con tu serie favorita?” podría plantear en clase una maestra en poco tiempo más. Aunque en la disputa el entertainment venga triunfando, son varias las ficciones que permiten incrementar nuestros saberes en temas tan disímiles como ciencia, medicina, política, historia o mitología, por ejemplo. Y que nos motivan a más: desde las universidades argentinas confirman que cada vez más jovenes están consultando por la carrera de Filosofía debido al “efecto Merlí”.

“Hay tantas series basadas en temáticas complejas o específicas que, inconscientemente, terminás aprendiendo”, reflexiona Mora Pérez Rebollo, de 23 años, estudiante de Abogacía. En esa línea, Lola Sasturain, dialoguista de la versión local de la serie española Cuéntame cómo pasó, considera: “Hay pocas series ‘educativas’ en la Argentina. Hace un par de años, con Lo que el tiempo nos dejó, Vidas robadas o TV por la identidad se advertía otra intención de divulgar diferentes períodos de nuestra historia. En la actualidad, series como Cuéntame cómo pasó son una rareza. Paralelamente, hay otras que, aunque no se basen en hechos reales, pueden de-sentrañar los mecanismos a veces arbitrarios y corruptos con los que se mueven la justicia y la política, como Game of Thrones o House of Cards. Son como un manual para principiantes acerca de cómo se construye el poder y el consenso social, y eso es muy atractivo”.

Aquí se nos abre uno de las grandes vetntanas del debate: la incertidumbre de si eso que estamos aprendiendo es verídico o falso. “El límite entre la ficción y la realidad puede ser difuso –indica María Guerra Herbstein, de 27 años, maestra–. Esto tiene un motivo claro: en su génesis las series no intentan educar, sino que su objetivo se debate entre el entretenimiento, un mensaje a la sociedad o generar rating. La rigurosidad histórica de Vikings es un buen ejemplo. Hay series que transmiten adrede un relato parcial de la historia, y están las que reproducen el viejo formato de la moraleja. Me quedo con las que combinan un buen guión, su-bordinado a la creatividad de su autor, y datos o contextos bien tratados, como True Detective o Twin Peaks”.
A lo largo de la historia de lo audiovisual, la puja entre el entretenimiento y el conocimiento engendró experiencias que transformaron de un modo radical la industria. Todo puede depender de la suerte que corra una producción, y de cómo esto repercute en las demás. Que la película documental francesa La marcha de los pingüinos haya sido un suceso internacional imprevisto (ganó el Oscar en 2006) incentivó a que numerosas realizaciones intentaran replicar el hitazo conseguido por el director de cine y televisión Luc Jacquet. De esta forma, las productoras se lanzaron a la carrera de conquistar ese impopular género. Así surgió Disneynature, una subsidiaria del gigante del entretenimiento, que destinó millones a películas como El misterio de los flamencos (2009), Felinos de África (2011) o Chimpancés (2012). 

Volviendo a las series, la mayoría de las veces no se trata de conocimientos que quieran transmitirse per se, sino que son condimentos adicionales que enriquecen el argumento (o que pueden servir para estirar las temporadas si el público lo requiere). “La capacidad de trasladarte al espíritu de una época, a un contexto o a un grupo social brinda un aprendizaje no académico que nos puede llevar a ser más comprensivos y tolerantes, y, por qué no, a contar con mejores herramientas para construir un futuro mejor”, sentencia Sasturain. 
 
Foros de debate
Tiempo atrás se despertó una polémica en torno al contenido y los “conocimientos” que una serie podía sembrar en los televidentes. Precisamente, sucedió con El marginal, producción nacional que fue sensación y que en julio estrenará su precuela. Un periodista político criticó duramente la trama escrita por Adrián Caetano y dirigida por Luis Ortega. “Es una escuela técnica de cómo es la vida del delincuente y cómo lideran entre ellos. ¿Qué queremos? ¿Llenar las cárceles o las escuelas?”, cuestionó. Inmediatamente, Axel Kuschevatzky, uno de sus productores, le respondió: “Le agradezco que sobreestime el poder de la ficción, pero se me ocurren muchas cosas que genuinamente generan delincuencia, como la pobreza y la inequidad. Me resulta irónico que le pase esto con El marginal, una de las ficciones locales que más premios internacionales cosechó estos últimos años. Quizá no lo sepa, pero el año pasado fue producto estrella en la pantalla de la cadena paga más popular de Francia”.

Por supuesto, esta discusión no es ninguna novedad. Se dio desde el nacimiento del cine y los diversos intentos de censura que tuvo que atravesar en sus más de cien años de historia. Las series no se quedan atrás, sobre todo con algunos títulos como Breaking Bad o Dexter, que escapan a las normas morales tradicionales o conservadoras de una época. Allí, el conflicto. “En la Argentina son pocas las que logran calar hondo y enseñarnos algo en un nivel profundo: Okupas fue una de ellas, y El marginal sigue ese camino”, comenta Sasturain. 

Caja ¿boba? 
Como tele/videntes acumulamos conocimientos que quizá recuperamos en otro momento. “No sé dónde vi que eso pasa por tal cosa”, solemos escuchar o decir en ese asado dominguero donde cada uno “bate la justa”. “Aprendí mucho sobre el sistema judicial estadounidense viciándome con La ley y el orden o American Crime Story –cuenta Rebollo–. Orange is the New Black se sumerge en una cárcel de mínima seguridad en Estados Unidos, desnudando la dinámica de sus internas. Si bien cae en inexactitudes, introduce temas interesantes, como la privatización de las políticas de seguridad”.

Las series nos facilitan bucear por zonas que, de otra forma, no transitaríamos. Allí, sentados frente a la televisión o a nuestra laptop, nos dejamos guiar por mitologías nórdicas, filoso-fías universales o historias de algún país lejano. O podemos ampliar nuestra información sobre un evento puntual. “Hace muy poco me enganché con Peaky Blinders, serie de la BBC que cuenta la creación y proliferación de una banda mafiosa en Birmingham, después de la Primera Guerra Mundial”, anticipa el productor televisivo Claudio Martínez. Y profundiza: “Comprendí muchas de las cosas que pasaron al finalizar ‘la Gran Guerra’. El historiador Eric Hobsbawm decía que el siglo XX había comenzado luego de la Primera Guerra y entendí por qué afirmó eso. En Peaky Blinders queda evidenciado cómo se modificaron las relaciones de fuerzas entre los distintos grupos sociales. Por otra parte, la clase trabajadora británica fue convocada masivamente a las armas para defender el frente francés de los Aliados, y las mujeres tuvieron que ocupar lugares en las fábricas. En la posguerra fue imposible dar marcha atrás respecto a los derechos que habían adquirido las mujeres. Era el feminismo naciente”.

Por su lado, Sasturain elogia el retrato sociocultural y moral de la sociedad yankee de los sesenta que hace Mad Men (centrado en aquellos que inventaron el famoso sueño americano), así como Atlanta, que te hace sentir con humor, inteligencia y dolor el ethos de la comunidad negra norteamericana, tanto entre ellos como en su vínculo con “el otro” blanco. “Siempre existe el riesgo de creer que uno aprende más de lo que ve. Muchos médicos, abogados y forenses se enojaron con series como CSI o La ley y el orden porque ‘romantizaban’ su trabajo de forma inverosímil. Y hasta aparecieron aquellos que se pensaban capaces de opinar sobre su labor porque tenían ‘conocimiento de causa’. Me enteré incluso del caso de una persona que metió mano en la escena de un crimen asegurando que sabía cómo operar. Insólito”, concluye Sasturain. 
Conocimiento vs. entretenimiento
Al pensar en series o programas televisivos que transmitan diversos conocimientos específicos, el nombre de Claudio Martínez viene a nuestra mente. “Es una tendencia interesante la de la popularización en las series de determinadas cuestiones científicas, ya sea de ciencias sociales, como la historia, o de ciencias duras, como química, física, física forense... Es un fenómeno novedoso, pero no nos exime de contar buenas historias”, considera el productor de los premiados programas donde Adrián Paenza nos volvió a enseñar matemáticas. La disputa entre conocimiento y entretenimiento parece tener que saldarse de un modo funcional. “Las reglas de la ficción no pueden quebrantarse ni siquiera en nombre de un buen contenido científico. Cuando uno hace un programa vinculado a la ciencia no tiene que perder de vista el rigor, pero no puede atentar contra el entretenimiento, que es lo que lleva a la gente a ver la televisión”, destaca. Y frente a la información que transmiten las series y las intencionalidades que puedan existir, indica: “Creo que están los que tienen un interés genuino en rescatar esos contenidos, y otros son más oportunistas. Eso depende de cada productora, de cada canal, de cada plataforma”.

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