Entrevista


El Oscar es una autopresión


Por Juan Martínez.


La primera pregunta de la tarde, esta vez, la hace el entrevistado. Armando Bo siente curiosidad por lo que cada interlocutor opina de Animal, su nueva creación, y escucha atentamente lo que provoca el filme. “Ver las reacciones de cada uno me parece interesante. La película tiene varias capas: hay gente que ve una cosa, gente que ve otra… Me parece fascinante lo que puede generar el cine, esa cantidad de puntos de vista diferentes”, se entusiasma.
Protagonizado por Guillermo Francella y Carla Peterson, Animal es su segundo largometraje como director (El último Elvis fue su debut) y el primero luego de tener en sus manos la estatuilla más famosa de la industria del cine: ganó el premio Oscar a Mejor guión original por Birdman (junto a su primo Nicolás Giacobone, el neoyorquino Alexander Dinelaris y Alejandro Gónzalez Iñárritu, el exitoso director mexicano, con quien trabaja desde hace más de quince años). Cuando las preguntas regresan a él, el premio aparece inmediatamente en escena.

–¿Cómo estás vos con el resultado final de Animal?
–Muy contento. Después de lo que pasó con el Oscar, la vara quedó bastante alta en cuanto a calidad, por lo que tenía que pensar bien qué iba a hacer. Y la película quedó como yo quería: es diferente, difícil de encasillar. Tiene una mezcla de géneros que busqué adrede. Estamos acostumbrados a ver una comedia, un drama o un thriller, y que sean solo eso, pero es como escuchar una misma música. Como director, estoy intentando jugar un poco. Esto tiene algo de thriller psicológico, de drama y hasta de comedia negra, porque mi mirada siempre es irónica. Después, está la actuación increíble de Guillermo, que hace de hombre bueno y común que tiene todo lo que ansía una persona en esta sociedad, pero termina rompiendo con todos sus preconceptos para transitar un viaje de locura en el que se redescubre y concluye: “Quiero vivir, quiero ser esto”.

–¿El Oscar es un peso? ¿Sentís que en cada trabajo tenés que responder por haberlo ganado?
–Es un peso personal, una autopresión. Pero los premios son premios, y dependen de tantas cosas... Es algo que está separado de lo que uno hace como director o artista. Es como otra carrera, que está ligada a un sinfín de factores. No hago la película pensando en eso, sino que me embarco en proyectos que quiero, siento y puedo hacer. Veremos cómo nos va con respecto a los reconocimientos, pero eso no debería decir si una película es buena o mala.

–El Oscar te llegó como guionista, pero en cada nota afirmás que no es el rol que preferís…
–Es que, en ese aspecto, tengo clarísimo que soy parte de un equipo, pero me siento más cómodo asumiendo responsabilidades desde la dirección. Son procesos largos, en los que uno tiene que tomar muchísimas decisiones, y eso es lo que verdaderamente elijo. No me sentiría igual de cómodo sin tener esa libertad. Por eso, también estoy contento con la película: en cada cosa que se ve o que se siente, tuve que tomar una decisión.

–Sos un director que se involucra cien por ciento en los guiones. ¿Es una necesidad para vos?
–Todo el tiempo leo guiones, me llegan un montón de proyectos. No creo ser la única fuente que pueda generar un contenido que me interese. Pero todavía no enganché algo que me motive lo suficiente como para tirarme de cabeza. Hay que tener en cuenta que uno deja dos años de su vida en este tipo de trabajos. Es muy sacrificado.

–¿Qué debe tener un proyecto para seducirte?
–Esencialmente, tiene que ser algo que nunca se haya visto. No me convence dedicarle años a algo que ya existe. Ojo, tampoco pretendo reinventar el mundo, pero sí quiero que sea especial. Y como eso no abunda en el ambiente, voy desarrollando mis propias ideas. 

–John McInerny, Francella... ¿Cuándo toman cuerpo los personajes y te inclinás por tal o cual actor?
–No ocurre siempre de la misma forma. Se da algo medio mágico que es no poder ver a nadie más que a cierta persona para el papel principal. Me pasó con Elvis y con Animal: tenían que ser John y Guillermo. La película espera y elige a su protagonista. Las películas tienen un espíritu, una vida propia. Parece una tontería mística, pero es así.

–Hay una frase que se le atribuye a Borges, que dice que los libros no se terminan, sino que se abandonan...
–Esto es igual. Uno sigue encontrando cosas como director, y puede perder el foco. Por esa razón, hay que saber cuándo parar, porque no siempre mejoramos el producto. Uno puede estar rompiendo algo que funciona; por eso, hay que tener cuidado con esas supuestas mejorías.

–Una vez que la película está terminada, ¿te relajás?
–Nunca me relajo. Pero, paralelamente, hay una aceptación. Sí puedo disfrutar los filmes, básicamente porque no me lamento de por vida por lo que pude o no pude hacer. Tengo claro cómo es el proceso. 

–¿Cuál es tu mayor expectativa: que la vea mucha gente, que les guste a los críticos?
–Primero, que me guste a mí, ya que esto para mí no es un trabajo sino un placer. Es una manera de hacer algo muy personal y propio. Obvio que quiero la conexión con el público, no solo por el lado comercial, sino porque es placentero que tu obra pueda ser apreciada por muchas personas. 

Familia
Armando habla de generaciones vinculadas al cine y es inexorable la referencia hacia su padre, Víctor (actor y productor, célebre sobre todo por ser el inolvidable Delfín en la saga de Los superagentes), y hacia su abuelo, con quien comparte nombre y a quien todos recuerdan por las películas que dirigió con Isabel Sarli como protagonista. La duda que se impone es si con toda esa información que recibía en su casa, podría haberse dedicado a otra profesión. Armando es contundente en su respuesta: “Sí, y puedo hacerlo todavía porque apenas tengo 39 años. Hay algo en nuestro ADN, algo que llevamos dentro. De chico iba a los sets… Hay una forma de vida que tiene que ver con cómo uno crece. Con mi productora también hacemos publicidades, por lo cual el día a día es más lindo. Quise estudiar algo vinculado a la política, pero me duró uno o dos días nada más”.

–Tu trabajo difiere del de tu abuelo. 
–Es que uno tiene su propia opinión. Las épocas cambian, y no me hallo ni un poco tratando de hacer algo que hacía él. Lo respeto, marcó un cierto camino, y me pusieron su nombre, pero casi no lo llegué a conocer. Tenía 2 años cuando él murió. Lo que pude haber heredado es eso de que sí o sí tengo que hacer lo que a mí me gusta, lo que quiero, lo que siento. Pero lo que yo siento no es lo mismo que sentía él, y es ahí donde se separan los caminos.

–Un par de veces deslizaste al pasar que quisieras contar entretelones de tu familia. ¿Te vas a animar?
–Sería una historia fascinante. No solo está la de él con Isabel, sino que hay una familia gigante detrás. Hay anécdotas que son realmente espectaculares. Con todo eso podría hacer una remake de la serie televisiva Dallas. Lo solemos charlar con Nico Giacobone, pero no sé si meterme con mi familia es algo que sienta ganas de hacer ahora. Todavía debo seguir creciendo, aprendiendo y evolucionando como profesional. Tengo otros desafíos por delante antes de bucear en ese pozo de petróleo.

–¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo?
–Estrenar. Soltar. Poder decir “Hice esto” y verlo. Está buenísimo poder dedicarte a lo que te apasiona. El proceso se sufre, pero es de una intensidad plena. Y es insuperable el momento en que eso empieza a ser compartido y uno ya no puede hacer nada más.

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