COLUMNA DE NOEMÍ


La ropa sucia, en casa


Por Noemí Carrizo.


En el prólogo del siglo XXI, parte de la sociedad parecería estar atravesando un momento de turbación, exasperación, desesperanza. La soledad es un factor decisivo. La tecnología acerca a los distantes y aleja a los cercanos. La Argentina es el país de la región con más mascotas por habitante. Las encuestas dicen que el 78% de nuestros connacionales tiene perros o gatos, considerados como miembros de la familia. Esos “bichos” cariñosos con los que se pueden compartir penas mientras se los acaricia un rato leen nuestras tristezas y nos lamen las mejillas, se apoyan en nuestro cuello y nos ofrecen su pata: es un consuelo meritorio. Ahora bien: no creo que haya que contarle los secretos reservados y hasta heredados al primer oído atento con el que nos cruzamos. Las abuelas decían terminantemente: “La ropa sucia se lava en casa”. 

La tecnología acerca a los distantes y aleja a los cercanos.

La familia, que se va deshaciendo aunque habemos gente aguerrida que aún peleamos por ella, merece respeto. En la cola de algún banco, suelo oír intimidades asombrosas  de una persona (en general mujer, lo admito) que recién conozco. Me doy cuenta de que no busca una opinión, sino simplemente desahogarse. Todo el mundo quiere desahogarse. Pero algunos nacimos para escuchar y sanseacabó. Convengamos que nos dejaríamos guillotinar antes de aludir al enigmático misterio que nadie sabe bien cómo fue o es, y que está escondido detrás del placard (ni siquiera dentro). Supongo que la desesperación de lo que asfixia se vuelve discurso desagradable donde aparecen monstruos humanos, no fantásticos, que son los que despiertan el pánico en el interlocutor. ¡Esa parte oscura con la que todos cargamos! Cuando a mi nonna le preguntaban por un pariente medio ausente respondía: “Se fue a cazar perdices”, lo que cerraba todos los picos ansiosos de averiguación. Por suerte, hay psicoanalistas, así como parientes o amigos (mejor amigos), en los que confiar, y con estos últimos podemos compartir una comida de mutuas confidencias. Cuando Silvina Ocampo vio por primera vez a Adolfo Bioy Casares, le pareció un dios redivivo y lo amó hasta el final. Era la menos agraciada de las seis hermanas, a pesar de su extraordinario talento poético. Le llevaba once años pero aceptó cuando él le ofreció matrimonio. No solo le toleró infidelidades a granel, sino que crió como propia a Marta, una hija extramatrimonial que Bioy confió a su cuidado. En las cenas con Borges, se hablaba de literatura, filosofía y, por supuesto, se hacían chistes, pero jamás se abordó el tema de la niña. Es gracioso el aforismo que afirma que para guardar un secreto se necesitan dos, pero para que todos se enteren, solo tres. Hay una frase de José Saramago que dice: “No te pido que me lo cuentes todo, tienes derecho a guardar tus secretos, con una única e irrenunciable excepción: aquellos de los que dependa tu vida, tu futuro, tu felicidad, esos quiero saberlos, tengo derecho, y tú no me los puedes negar”. 

Y vuelvo a mi nonna. Sentadita en su sillón hamaca, con su simpatía veronesa y sus brillantes ojos verdes, más su masitas coloridas y su mate con fondo de azúcar, lograba que le contaran hasta la última pena o penita del alma. Jamás se le ocurrió divulgarlas. Como era curiosa, y un poco chismosita, le bastaba con saberlas ella. La nieta es medio parecida, pero solo que yo no modifico. Lo cocino en el horno tan crudo como me lo “regalaron”: en general, se trata de una narración lúcida, profunda, de esas que enseñan. Jamás ropa sucia. Lo elijo a Chesterton porque, no sin esfuerzo, practico su mensaje: “El juego de ponerse límites a sí mismo es uno de lo secretos placeres de la vida”.

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