Personaje


“El hombre altera el ecosistema”


Por Andrea Albertano.


Desde que tenía 9 años, supo que iba a seguir alguna carrera vinculada a la naturaleza. En el secundario, se decidió: sería bióloga. De familia “bichera” que cobijaba a varios animales en la casa, Marcela Libertelli siempre tuvo a la Antártida como un destino grabado a fuego. Tanto es así que cuando finalizó una beca para estudiar peces de agua dulce y debió salir a buscar nuevos rumbos, ¿adónde fue a consultar? ¡Claro! ¡Al Instituto Antártico Argentino! “A la Antártida la tuve toda la vida en la frente, como un norte”, resume.

Desde aquel entonces ya pasaron más de veinte años y Marcela se convirtió en una experta en viajes al bautizado Continente Blanco y, específicamente, en lo que respecta a sus aves. Por ejemplo, sabe cuánto pesa un petrel, qué come un pingüino papúa, cuál es la ropa de abrigo que hay que llevar cuando uno viaja para alguna campaña, cuáles serán las inclemencias que le deparará el clima y las dificultades para aterrizar algunos días con el avión Hércules, o cómo viven y se relacionan los pingüinos emperadores, su actual objeto de estudio. Pero para llegar hasta allí, debió atravesar mucho más que el pasaje de Drake, ese belicoso tramo de mar que separa América del Sur de la Antártida.

“Cuando fui al Instituto Antártico Argentino, me atendió quien más tarde  sería mi director, Néstor Coria, que se abocaba a las aves. Y me abrió las puertas. Trabajé muchos años ad honorem en los laboratorios de Florencio Varela”, manifiesta la mujer a la que se le estaba haciendo esquivo desembarcar en la Antártida. Pero después de cuatro años de enfocarse en temas antárticos desde el laboratorio, en 1999 pudo saldar esa deuda pendiente y pisar el punto más austral de nuestro planeta. 

–¿Por qué los pingüinos emperadores?
–Cuando ingresé al Instituto Antártico Argentino, empecé con los petreles gigantes. Son unas aves marinas de gran tamaño; miden dos metros de punta a punta de sus alas. Para que puedan volar tiene que soplar el viento, porque carretean como un avión. Estas aves fueron mi objeto de estudio en las dos primeras campañas. Luego me dediqué a los pingüinos papúa o pingüinos de pico rojo. Fueron tres campañas, en dos lugares diferentes. Pero la presencia de una colonia de pingüinos emperadores nunca estudiada, a tan solo setenta kilómetros al sur de una de nuestras bases, hizo que mi director y yo decidiéramos dar forma al “Proyecto Emperador”. Es la única especie en el mundo que se reproduce sobre el mar congelado.

–Marcela, ¿cómo es el día a día, la cotidianidad, en la Antártida? 
–Las campañas se llevan a cabo durante la primavera y el verano, ya que las costas se congelan en invierno. Las aves se reproducen en los meses más cálidos. Nosotros nos dedicamos a estudiar la reproducción y la alimentación: cuántos huevos ponen, cuántos pichones finalizan la temporada, cuál es su alimento y si cambia a lo largo de la etapa reproductiva. Nos instalamos allí aproximadamente cuatro meses. 

–¿Por qué en el caso del pingüino emperador van en invierno?
–Es una especie particular. Tiene un ciclo de vida muy largo, de abril a diciembre, mientras que en los otros se extiende de octubre a febrero. Los emperadores son aves muy grandes: pueden medir un metro veinte, y, bien alimentados, pesar cerca de cuarenta y cinco kilos. Sus pichones alcanzan el mar en diciembre cuando el pack de hielo marino, o mar congelado, comienza a romperse. Allí es cuando se emancipan de sus padres, por la alta disponibilidad de alimento en el mar. Por otro lado, resisten temperaturas bajísimas; pero crían un pichón con mucho esfuerzo. Ponen un solo huevo de unos quince centímetros y no hacen nido. Una vez que la hembra pone el huevo, es el macho el que lo incuba, para que las hembras salgan a comer.

–¿El macho los incuba?
–Sí, ellos se ponen el huevo arriba de las patas y se apiñan haciendo un esfuerzo para mantenerse calientes. Su objetivo es conservar los huevos seguros y cálidos.

–¿Cómo se alimentan?
–Comen pulpos, calamares, kril y peces. Si quieren acceder al alimento, tienen que alcanzar zonas de mar abierto o una grieta, ya que se crían sobre el mar congelado. Para hacerlo, pueden caminar kilómetros y kilómetros, pero siempre vuelven con el estómago lleno. Cuando regresan a la colonia, identifican a la pareja por el sonido. Es la única especie que cría a su pichón en el frío extremo. La sensación térmica puede llegar a ser de -68 °C.

–¿Dónde está ubicada la colonia que estás estudiando?
–La colonia se encuentra al sur de la base Marambio, en la isla Cerro Nevado. Fuimos testigos de cómo aumentó el número de pingüinos: de una población de casi 8000 individuos en 2013, pasaron a ser casi 10.000.

–¿Cómo es un viaje a la Antártida?
–Volamos en el Hércules, desde la base aérea de Palomar. Se hace escala en Río Gallegos y luego se cruza a Marambio. A veces se complica: es habitual que Marambio esté cubierta por una nubosidad que no te deja acercarte. En esos casos, se emprende el retorno a Río Gallegos, a la espera de que mejore la meteorología. En barco fui una sola vez, el primer año que no estuvo el rompehielos ARA Almirante Irízar, después de incendiarse en 2007. 

–¿Por qué querés generar un área protegida? ¿Cuáles son las principales amenazas que tiene esta especie?
–El turismo y la pesca. Cada noviembre arriban a la Antártida barcos de todas las nacionalidades, generalmente con grupos de excursiones, para visitar a los emperadores de Cerro Nevado. El buque queda a varios kilómetros de la colonia, debido al pack de hielo marino, pero trasladan a los turistas mediante helicópteros. Y está comprobado que el ruido de los helicópteros provoca estrés en las aves. El problema de la pesca es que el hombre deja rastros. La presencia humana es un tema de alteración constante del ecosistema.

–Después de tantas campañas, ¿los pingüinos te reconocen?
–No, nunca. Pero una vez, en Base Esperanza, mientras estábamos estudiando el ciclo del pingüino Adelia ­–una especie que posee un anillo blanco alrededor del ojo–, ocurrió que, entre 250.000 ejemplares, uno se nos quedó mirando cuando pasamos caminando. Hasta pudimos acariciarle el pecho. 

–¿Qué planeás a futuro?
–Hay un convenio con Alemania para estudiar el petrel de las tormentas, que es el ave más pequeña de la Antártida. Ponen su huevo entre las rocas y vuelan por la noche. Así que ahora estoy trabajando con dos aves: la más grande y la más chiquita.  
Los majestuosos emperadores
Esta colonia de pingüinos del extremo sur de la isla Cerro Nevado fue descubierta a mediados de la década del noventa por científicos del Instituto Antártico Argentino que sobrevolaban la zona. En 2013, y tras años de insistencia, el grupo de investigación liderado por Marcela Libertelli logró hacer la primera campaña en el crudo invierno antártico. En un principio, y desde el aire, los científicos contaron la cantidad de pingüinos adultos. Luego viajaron durante cuatro horas en motos de nieve sobre el mar de hielo (con temperaturas muy bajas) para acercarse a los pichones, tomar algunas muestras y analizar el terreno para poder acampar al año siguiente. Solo se quedaron tres horas y volvieron a los quince días a permanecer la misma cantidad de tiempo. Un año después, los científicos realizaron la segunda expedición: durante varios días se instalaron a trescientos metros de las aves. Allí, hicieron un censo de adultos y de pichones, y evaluaron el estado de salud de la población. Los resultados de estas campañas se están traduciendo en la publicación de trabajos científicos, presentaciones en congresos internacionales y charlas de divulgación en distintos ámbitos educativos.

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