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La Vida en 3D


Por José Medrano.


En la Argentina a la tecnología 3D se la apropiaron los millennials. O al menos eso parece cuando uno se topa con alguien como Tomás Chernoff, quien, con tan solo 24 años, es el titular de una de las compañías de impresión tridimensional que más está dando que hablar a nivel local e internacional. Tomás creció entre impresoras industriales, aquellas que precedieron a las que hoy conocemos, ya que era su padre quien trabajaba con ellas. Luego de insistir, consiguió que le regalaran su primera máquina cuando todavía no había cumplido los 20. La recibió desarmada y sin mayores instrucciones, pero él se las ingenió para operarla. Esa fue la génesis de Che 3D, una empresa nacional que crece a pasos agigantados en un mercado que, a nivel mundial, el año pasado movió 7000 millones de dólares (para 2020 se espera que esa cifra supere los 17.000 millones). 

“Hace treinta y cinco años, un americano desarrolló la tecnología SLA, que significa ‘sintetizado láser’, la cual fotosintetiza una resina, la cristaliniza y la endurece –explica Chernoff–. La empresa que inventó la impresión 3D fue 3D Systems. Después, Stratasys impulsó la tecnología FDM, que funde el plástico por capas. En definitiva, fue la que se expandió, se democratizó y la que utilizamos en la actualidad, con valores más económicos y piezas muy resistentes. Hay otras impresoras, como las SLS, pero con un precio que arranca en los 50.000 dólares. En FDM hay máquinas por 150 o 200 dólares”.

En este contexto, la impresión 3D protagoniza la revolución industrial del siglo XXI, reconfigurando los empleos, la salud, la moda, la gastronomía, el cine, la construcción y las automotrices, y simplificando cada uno de sus procesos productivos. “Pongamos el ejemplo de una fábrica: el nuevo producto pasaba del dibujo en computadora a la producción en serie. Ahora se puede diseñar en 3D un prototipo con medidas exactas e imprimirlo en cuestión de horas. Esto facilita modificarlo o corregirlo antes de embarcarse en elaborarlo a gran escala”, aporta Irene Presti, presidenta de la Cámara Argentina de Impresión 3D y Fabricaciones Digitales, y fundadora de 3du.digital, la primera diplomatura en impresión 3D (ver recuadro). Y profundiza: “Nos alejamos de la fabricación en masa para pasar a una producción más personalizada –donde el papel del usuario es fundamental– y localizada –lo que apunta a dejar de tener stock acumulado, a reducir gastos de logística y espacio físico–. Paralelamente, se aceleran los procesos de reindustrialización”.

Sin dudas, la medicina encontró una gran aliada en la impresión 3D. Las noticias al respecto parecen de ciencia ficción, pero son bien reales: amén de las prótesis de extremidades, acordes con cada paciente, se está avanzando en la recreación de cerebros, huesos, cartílagos, tumores para que los especialistas los examinen antes de las cirugías, y tejidos vivos para analizar enfermedades o probar cosméticos sin recurrir a animales. “Está ganado fuerza la impresión en metal, que no es barata, pero tiene mayores beneficios”, acota Presti.  

En áreas menos trascendentales, ya se abrieron restaurantes que no solo imprimieron en 3D sus platos, cubiertos, sillas y decoración, ¡sino también la comida! Corren la misma suerte casas (sí, casas), zapatillas, guitarras, note-books... No hay límites. “Los hobbistas son otros fanáticos de este tipo de tecnología. Me refiero a aquellos que practican modelismo de aviones, barcos o autos. Para quienes reconstruyen vehículos antiguos, la impresión tridimensional es un herramienta valiosísima, ya que precisan repuestos únicos que nadie replicaría en abundancia. Otros entusiastas son los estudiantes de Diseño industrial, Arquitectura o Ingeniería. Los alumnos se están olvidando de masillar y lijar a destajo para lograr algo que pueden resolver con una impresora”, advierte Chernoff.

Makers 
Sebastián Nills es otro millennial que descubrió que podía darle rienda suelta a su imaginación de un modo tan creativo como rentable a través de las impresoras tridimensionales. Tras años de experimentación pudo instalar su propia marca (Nill.Design) y un multiespacio de coworking. “Son aproximadamente mil metros cuadrados, con cafetería, salón de eventos y sala de reuniones. En el último piso tenemos un maker space, donde nos encargamos de hacer parte del mobiliario y los accesorios del lugar: los centros de mesa, los colgantes para las toallas y los picaportes de las puertas. Pero el espectro es amplio: podemos abocarnos a la prótesis para un loro que perdió la pierna o a metales preciosos para joyería personalizada”, revela quien en 2017 se quedó con el premio al proyecto más innovador en el Encuentro Latinoamericano de Impresión 3D que se realizó en Buenos Aires. Y continúa: “Gracias al ‘Fondo Semilla’, que otorga el Ministerio de Producción, pude comprar un horno de fundición y distintas máquinas para no tener que tercerizar ninguna etapa. Lo que hago está fuera del uso más convencional que se le pueden dar a la impresión 3D, pero hay todo un universo para explorar y explotar con una tecnología que es muy accesible y sencilla. Lo importante es tener una idea; lo demás viene solo”.

Quizá con el mismo precepto, Alejandro Colli, un adolescente de tan solo 17 años, se animó a sumergirse en este fenómeno. “No entendía bien de qué se trataba la impresión tridimensional hasta que averigüé que uno mismo podía armar su propia impresora. Empecé a hacer cortantes de galletitas y venderlos para recuperar el dinero invertido, hasta que me aburrí y me propuse encarar algo más interesante –repasa Colli–. Una tarde vi que en Twitter habían viralizado un video de un hombre haciendo una prótesis para un perro. Leí sobre el tema y me puse a confeccionarlas con los diseños en 3D que había subido a la web el Hospital Veterinario del Valle, de Ciudad de México. Demoré como dos meses en terminarla por completo, ya que las piezas no encajaban o surgían otros inconvenientes. Pero funcionó y hoy soy un fan más de la impresión tridimensional”. 
De España al mundo
Daniel Pietrosemoli es venezolano, se graduó de ingeniero electricista y desde hace once años reside en Madrid, España. Ya hace cuatro que trabaja en un centro cultural del ayuntamiento madrileño, Medialab-Prado, donde se fundó FabLab, un laboratorio de fabricación digital y prototipado rápido. “Brindamos apoyo a proyectos y grupos de investigación que quieren materializar una idea. FabLab pertenece a una red de laboratorios internacionales, con más de mil registrados en quince años. Contamos con cortadora láser y de vinilo, impresoras 3D y fresadoras de pequeño y gran formato”, explica Pietrosemoli.

Su primer contacto con la impresión tridimensional fue en 2008, cuando en un workshop en Medialab-Prado se ensambló una impresora 3D. “Para mí fue hipnótico ver a esta máquina crear un objeto a partir de un diseño digital y un poco de filamento plástico. Diez años después, me siguen fascinando –admite Pietrosemoli–. En aquellos años era imposible adquirir una, a menos que gastaras miles de euros en una comercial/industrial. Pero el Proyecto RepRap lo cambió todo: comenzaron a publicar de manera gratuita y abierta los planos, diseños/esquemáticos de electrónica y software de control para que cada uno pueda hacerse su propia máquina. De hecho, la arquitectura RepRap sigue dominando el diseño de las impresoras 3D”. 

A pesar de que las máquinas mejoraron en cuanto a velocidad, calidad de impresión y resolución, Pietrosemoli, que actualmente se dedica a la fabricación de prótesis de manos para chicos, pone el foco en otro lado: “Lo más atractivo es el empoderamiento del que goza esta tecnología en los usuarios. Y aunque no sea una máquina que tengamos todos en casa, está presente en cualquier laboratorio de fabricación digital, hackerspace o similar”. Y remata: “Cuando los niños me visitan en el laboratorio, pregunto si ya escucharon sobre la impresión 3D y la mayoría contesta afirmativamente. Lo que me sorprende es que siempre hay un par que la han utilizado. Esta tecnología ya forma parte de nuestra vida cotidiana”.
Buenas nuevas
• En el Hospital Garrahan ya se imprimen corazones en 3D para conocer la anatomía exacta y trazar la estrategia quirúrgica –y practicarla– antes de ingresar al quirófano. “Es una forma de operar al paciente antes de operarlo –dice Pablo García Delucis, jefe de Cirugía Cardiovascular–. Estamos comenzando a plantearnos diferentes metas a partir de la impresión 3D, que es una tecnología que no tiene techo para la medicina”.

• En Córdoba, Ciudad Empresaria inauguró un laboratorio de robótica e impresión 3D. Irene Presti comenta que el laboratorio tiene tres impresoras de plástico FDM, con el que ayudan a emprendedores a concretar sus prototipos.  

• En la ciudad santafesina de Rafaela, el Centro de Investigación y Desarrollo del Instituto Nacional de Tecnología Industrial ya cuenta con sus laboratorios de prototipado rápido (impresión 3D de polímeros y metales). Asimismo, se incorporó una máquina de medir por coordenadas para brindar mayores y mejores prestaciones en el área de metrología. “Estos equipos funcionan en conjunto: la máquina de medir por coordenadas permite relevar una pieza para poder dibujarla, luego se imprime y después se verifica su calidad con el tomógrafo”, explicó el director Omar Gasparotti.


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