Curiosidades


Detrás de las palabras


Por Juan Martínez..


No se trata de apariciones de seres que pasaron a mejor vida (con suerte), como Casper o el doctor  Malcolm Crowe, el personaje de Bruce Willis en Sexto sentido. Tampoco son amenazas latentes y angustiantes, como el temido “fantasma de la B”. No señor. Están aquí, vivos, y dispuestos a tender una mano para que las buenas historias que algunos protagonistas tienen para contar no se pierdan en su impericia para hacerlo y lleguen sanas, salvas e interesantes hasta los lectores. Su condición de fantasmas se debe a que su presencia abarca todo el texto del que participan, pero, como si fueran agentes encubiertos, jamás toman cuerpo ni revelan su identidad.

Antes que nada, hay que distinguir diversos tipos de ghostwriters: algunos son responsables de darles forma a las columnas de opinión que figuras de distintos ámbitos publican periódicamente en los medios. Están los que simplemente pulen un poco las ideas del columnista oficial, y los que directamente deben escribir todo lo que el otro no puede o no quiere (por incapacidad, pereza o lo que fuere). Aquí, sin embargo, nos centraremos en quienes se desempeñan codo a codo con la celebridad en cuestión para llevar adelante un proyecto conjunto, que desemboca en un libro con una fortísima carga autobiográfica.

“No le puedo contar nada porque estoy preparando mi autobiografía, pero no tengo quién me la escriba”, le dijo Carlos Salvador Bilardo a Luciano Wernicke cuando el licenciado en Periodismo lo llamó para consultarle un dato. Con esa insólita frase, el director técnico le abrió la puerta para que se convirtiera en su ghostwriter, y Wernicke no desaprovechó la oportunidad. Durante casi un año, visitó la casa del doctor incontables veces, y recibió al excéntrico personaje en su hogar todos los sábados.

El nacimiento de un ghostwriter y su encuentro con la figura pueden darse de muchas maneras. El periodista Alejandro Duchini también preparaba material propio cuando terminó encontrándose con el personaje que lo invitaría a ser su “fantasma”. “Hice un libro llamado La palabra hecha pelota, con reportajes a aquella gente del ambiente del fútbol que no jugara. Lo entrevisté a Horacio Elizondo, pegamos onda, y me llamó cuando surgió la chance de editar su libro. Quería publicar sus experiencias de liderazgo y me propuso que lo escribiera yo”, repasa.

Genaro Press se convirtió en ghostwriter gracias a Facebook: sus posteos en la red social le resultaron interesantes a una editora, que lo contactó para proponerle ser parte de la autobiografía de un famoso. Sobre ese libro no se puede develar demasiado, ya que algunas figuras prefieren conservar la ilusión de que escribieron sus propias historias, pero hay quienes permiten pispear ese backstage sin problemas, como Valeria Lynch. “Cuando me lo plantearon contesté que sí inmediatamente. Fue medio por cholulo, porque no la conocía de antes. Desde el prejuicio absoluto pensé que me iba a encontrar con lo que uno considera una diva: medio insoportable, caprichosa. Pero fue todo lo contrario: siempre estuvo superpredispuesta. Es muy respetuosa de los tiempos del otro”, desliza Press.  

La labor del ghostwriter implica entrevistas en el mismísimo hogar del protagonista, o en su lugar de trabajo, presenciales o a distancia. E incluso pueden ser testigos de escenas familiares, atentos como un fisgón a los detalles que pudieran completar la composición del libro. De un segundo a otro puede aparecer la frase que justifique un capítulo entero.

“Les habla Diego Armando Maradona, el hombre que les hizo dos goles a los ingleses y uno de los pocos argentinos que sabe cuánto pesa una copa del mundo”. Esta declaración no ocurrió en una entrega de premios ni en un homenaje. Montado en un personaje que se sabe permanentemente observado con admiración, “el Diez” se lo manifestó a sus propios familiares durante una cena navideña. Allí estaba el periodista Daniel Arcucci, quien no dudó en incluirla como introducción para México 86. Mi mundial, mi verdad: así ganamos la copa.

A las palabras se las lleva el viento
Fue la segunda vez que Arcucci sirvió de nexo entre las vivencias de Maradona y los lectores, ya que también se movió entre las sombras para Yo soy el Diego de la gente, la autobiografía que se publicó en 2000. Entre este libro y el que rememora las hazañas en tierras aztecas, pasó muchísima agua debajo del puente. Arcucci lo corrobora: “Diego cambia constantemente. No tiene un recuerdo histórico de las cosas. Solo tiene memoria fotográfica para los partidos de fútbol. El resto varía de acuerdo con su opinión del momento. En México 86. Mi mundial, mi verdad: así ganamos la copa, Diego es muy crítico de Bilardo, de quien se distanció. Pero en la fiesta que se hizo para conmemorar los treinta años de México 86, después de destrozarlo en el libro, le insistió para que se subiera al escenario con los demás jugadores. Es complejo de entender, pero así es Diego. Mi rol era advertirle: ‘Mirá que Bilardo fue el que te eligió como capitán cuando poca gente creía en vos’. Pero él tenía otra mirada, más subjetiva. En definitiva, eso forma parte del espíritu maradoneano”. 

Hay, al menos, tres capas que se superponen en esta aventura literaria: los hechos fácticos, lo que surge de las entrevistas entre el ghostwriter y el personaje, y lo que finalmente se publica. Un excelente ejemplo es lo que le sucedió a Wernicke, quien repasó junto a Bilardo todos los partidos de los dos mundiales que dirigió el entrenador. Y confiesa una perlita: “Carlos nunca había vuelto a ver el penal de Roberto Sensini a Rudy Völler en la final de Italia 90. Se había quedado fijado con un córner anterior, en el que le cometieron penal a Gabriel Calderón. Y tenía razón, solo que esa jugada nunca se repitió y la gente se la olvidó. Con respecto al de Sensini, hay una toma de atrás del arco en la que se puede ver bien lo que pasó. Se la mostré a Bilardo y abrió los ojos, sorprendido, como si hubiera descubierto algo que no esperaba. ‘¿Y, Carlos? ¿Qué opina?’, le pregunté. Y?él me respondió: ‘Pero antes hubo penal contra Calderón’. O sea, no me lo negó”. En el libro, que tuvo que pasar varias veces por la revisión de Bilardo antes de ser aprobado, “el Narigón” afirma que no existió tal penal. Sí, entre la reacción que percibió el ghostwriter y lo que puede leerse en esas líneas, hay un abismo. 

De rebote
Meses de trabajo en conjunto y charlas sobre temas íntimos conducen, ineludiblemente, a un vínculo basado en la confianza, que puede llegar a transformarse en una amistad (o algo parecido). Durante el período que se extiende el proyecto, tanto el ghostwriter como el personaje son entidades que se confunden. Al fin y al cabo, uno tiene que simular ser el otro. 

“La cercanía es inevitable y hasta es sana para mejorar el producto. Sería muy difícil de encararlo si no tenés feeling con el otro. Con Elizondo nos llevamos superbien y ayudó mucho que sea buena persona. Hablábamos por Skype y, de repente, se asomaba mi hija y él la saludaba. No entablamos una amistad, pero sí la confianza suficiente como para dejarme decirle cosas que no me quedaban claras”, explica Duchini.
Si de anécdotas se trata, Press comparte una por demás graciosa: “Mi hermana es fanática de Valeria Lynch. Una vez se la cruzó de casualidad en un negocio, se le acercó y le dijo: ‘Hola, yo soy la hermana de Genaro’. Ella le respondió: ‘Tu hermano es como mi psicólogo’. Se sacaron una selfie y Valeria me la mandó con un mensaje: ‘¡Mirá con quién estoy!’. Eso la define de pies a cabeza”.

Por su parte, Wernicke vivió dos extremos: “Aunque vino a mi casa y conoció a mi hijo, con Bilardo no volvimos a contactarnos. Con Mario Kempes sí nos hicimos amigos. Él está radicado en los Estados Unidos, y cuando vino a presentar el libro al país, justo se disputaba el superclásico. Lo invitaron a la cancha, pero quiso venir a verlo a mi casa. Al final no vimos el partido, nos quedamos tomando whisky y en el entretiempo le pateó unos penales a mi hijo”.

Más allá de los riesgos de omisiones en los que incurren las versiones oficiales de la historia, las autobiografías tienen una potencia incomparable. Sentir que esa figura nos está hablando directamente, dejándonos espiar zonas que quedaban fuera de nuestro alcance, es lo que hace único al género. Pero para que esa expedición a rincones poco explorados sea disfrutable y enriquecedora, se debe imponer un actor clave: el ghostwriter.



¿De quién es el libro?
Los ghostwriters son tan dueños de las biografías como las propias celebridades. “La de Horacio Elizondo no la considero una obra mía. Yo doy una mano, pero el libro es un ochenta por ciento del personaje”, aclara Alejandro Duchini. Genaro Press coincide: “Si todos asumen que el libro es de Valeria Lynch, para mí es un halago porque significa que hice bien mi trabajo”. Luciano Wernicke aporta una mirada diferente: “Los famosos son los protagonistas, pero uno es como el director de orquesta. Suele decirse ‘el libro de Bilardo’, pero la pura verdad es que los escribí yo. Por lo tanto, los incluyo en mi  bibliografía”. Daniel Arcucci concluye: “El libro es de Diego, pero también lo siento mío. En ese sentido, me provoca orgullo que él me haya convocado. Es mi mayor logro profesional, y me va a quedar para siempre: ser el biógrafo de Maradona”.

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