Entrevista


La era de la madurez


Por Belén Herrera.


Como de costumbre, el ritmo de la avenida Corrientes es vertiginoso. Es martes a la tarde y la gente camina apurada mientras los autos avanzan a paso de hombre entre bocinazos y el mal humor de sus conductores. Un rato antes, Sabrina Garciarena fue una de las tantas que se embotelló intentando llegar desde Tigre –donde vive junto a su pareja, el periodista Germán Paoloski, y sus hijos, León (4) y Beltrán (10 meses)– hasta el Astral, en donde protagoniza El violinista en el tejado.

Ahora, en uno de los camarines del teatro porteño, todo es serenidad. Mientras la maquillan, Sabrina habla pausado y no porque tema que se le corra el make up, sino porque está en su esencia: nada la perturba. De hecho, hasta se definirá como una “armonizadora del hogar”.

La chica que viajaba de Ramos Mejía a Capital Federal y se perdía en la ciudad para anotarse en todo casting del que se enterara, se hizo famosa gracias al comercial de una marca de cerveza que se proponía reunir en un casamiento a todos los García y los González del país. Claro que detrás de esa cara bonita, ideal para publicidad, se escondía un talento que no pasó inadvertido para los directores de cine y TV. Así fue como les puso su impronta a Culpable de este amor, Costumbres argentinas, La ley del amor y Los ricos no piden permiso, entre otros programas, y a películas como Felicitas, Solos en la ciudad y Baires. Hasta triunfó en Italia y España, donde integró el elenco de las miniseries Terra ribelle, L’ombra del destino y Física o química. 
Este 2018 la encuentra con un desafío inédito: por primera vez se anima al género musical, poniéndose en la piel de Tzeitel en la obra en la que la acompañan Raúl Lavié y Julia Calvo. “Nunca pensé que iba a hacer algo así. En algún punto es como estar cumpliendo un sueño, porque es una historia que me encanta. La adoro desde que comienza hasta que termina. ¡No me canso de hacerla!”, admite. 

–¿Cómo es Tzeitel?
–Es la hija mayor de una familia que vive en la zona rural de la Rusia de 1950. Mi papá, interpretado por Lavié, es el lechero del pueblo, que en esta versión tiene cuatro hijas. En aquella época existían casamenteras que te decían con quién debías contraer matrimonio, y mi personaje, que es bastante revolucionario, rompe el molde y exige casarse con un amigo de toda la vida del que está enamorada. A la vez, se tratan otras tradiciones judías, como el shabat. Yo estoy fascinada. La abuela de Germán era judía y hacía toda una ceremonia... Me toca todo muy de cerca.

–¿Te identificás con Tzeitel?
–Sí, me identifico sobre todo por la garra que demuestra y por esto de plantarse ante lo que quiere hacer. A mí me pasó siempre. En ese sentido veo similitudes: no tengo miedo a decir lo que siento y lo que deseo.

–Debutás en un musical. ¿Cuáles son las sensaciones?
–¡Buenísimas! Entré pisando despacito, porque todos los artistas que me rodean cantan y bailan de una manera fabulosa. Así que fue muy paulatino el proceso de dar con la tecla justa de mi rol. El director, Gustavo Zajac, confió mucho en mí, me fue guiando, y yo me entregué por completo. Es como eso que dicen que el actor ya tiene la forma y solo hay que saber cómo exprimirlo.  

–Después de tu experiencia en el exterior, y desde que nació León, tu carrera se centró en la Argentina.
–Sí, porque dejé de poner un poco de energía en el plano internacional. Estaba muy enfocada en eso y, modestia aparte, me convocaban continuamente. De hecho, me siguen llamando, pero lo pateo para adelante. Doy vueltas porque mis hijos son muy chiquititos y me necesitan, como yo a ellos. No me da igual viajar sola con ellos y que su papá no los vea. Sí puedo ir a presentar una película, pero ya no a instalarme seis meses o un año. Fue un tema que tuve que asimilar, porque era muy nómade: hacía el bolso, me despedía y desaparecía sin importarme nada. Desde que nacieron los chicos pienso todo mucho más. Cualquier movimiento de esa magnitud debería ser una decisión de familia.

–¿Y?extrañás algo de esa etapa de tantos viajes? 
–¡Todo! Fue genial: actué en España, en Italia, estuve en África durante seis meses. Iba y venía, porque, en paralelo, trabajaba mucho en el país. Tenía una especie de agenda armada en la que cada mes debía estar en un lugar distinto. Fueron como seis años inolvidables. Si en el futuro aparece alguna posibilidad, la evaluaré. Pero inicié mi carrera aquí y amo estar en la Argentina. No postergué nada por mi familia.

–¿Qué cosas de tu infancia les transmitirías a tus hijos?
–Por suerte, tuve una infancia muy linda y tranquila, con muchos hermanos, jugando todos en el barrio, sin tanta inseguridad. Yo quiero que mis hijos sean felices, que puedan expresar lo que sienten. Mi función es brindarle las herramientas para que puedan defenderse el día de mañana. La maternidad es un aprendizaje diario. Los hijos vienen a enseñarnos a nosotros, no al revés. 

–¿Y qué te enseñaron?
–A madurar, a saber priorizar. El trabajo es supervalioso, pero antes lo era todo y hoy ya no. Ellos siempre tienen una respuesta. Yo los observo muchísimo. Beltrán es muy chiquito todavía, pero León es muy sensible y tiene unas salidas... Es capaz de retarlo a Germán con frases del estilo “No le contestes así a mamá”. Son como esponjas.

–¿En qué te gustaría que se parezcan a vos y a Germán?
–Que sean buenas personas, que creo que lo somos. Yo tengo bastante paciencia, que es una característica positiva. Soy como la “armonizadora del hogar”. Mantengo la calma ante situaciones de estrés. Germán es mucho más temperamental que yo, así que nos complementamos.

–¿Tienen ganas de casarse?
–Sí, no sé… Nos da un poco de fiaca. Imagino que lo vamos a hacer, pero estamos bien así. No es una prioridad en nuestra vida. Quizá, cuando crezcan un poco más los chicos esté bueno organizarlo con ellos.

–¿Cuánto te cambió profesionalmente ser madre?
–(Piensa). Estoy un poco más selectiva, a la espera de proyectos que me gusten de verdad, que me generen una inquietud para poder ponerlo todo. Así me sucedió con El violinista en el tejado. Para mí es un esfuerzo tremendo teniendo a Beltrán de 10 meses, pero soy muy feliz de haberme embarcado en esta aventura. Me resulta muy divertido el ambiente de la comedia musical. Con mis compañeros estamos riéndonos constantemente. 

–¿Qué hacés en el tiempo libre?
–Con Germán hacemos de todo. Si nos quedamos en casa, invitamos familia, amigos, cocinamos. Nos gusta salir a comer, ir con los nenes al campo, viajar... 

–Con tantos hombres en la casa, ¿cómo te llevás con el universo masculino? ¿Se viene la nena?
–Con mi papá y mi hermano tuve una relación increíble, tengo muchos amigos varones... Hay algo de ese mundo que me copa, me hace sentir cómoda. No sé cómo será tener una hija mujer. Germán muere, pero yo le repito que soy la única mujer de la familia (risas).

–¿Cómo manejás la exigencia de la imagen?
–Me está costando bajar unos kilos que me quedaron del embarazo. Salgo a entrenar con un profe y trato de caminar todos los días alrededor de cuatro kilómetros, pero no por una cuestión estética, sino porque es fundamental cuidarse. Soy consciente de la forma en que alimento a mi cuerpo, lo que me hace bien, lo que me cae mal. Tomo agua, como frutas y verduras, evito el exceso de harinas. Intento descansar lo suficiente, pero con Beltrán casi no duermo a la noche. Igual, no lo padezco tanto porque me gusta ser mamá. Además, todo pasa. Ahora ya gatea... ¡En cualquier momento no me va a prestar más atención! 

Sobre las tablas
Sabrina Garciarena acaba de estrenar El violinista en el tejado, el famosísimo musical del autor neoyorquino Joseph Stein. Ambientada en un pueblo de Rusia, a principios del 1900, la obra refleja el choque de las antiguas tradiciones judías con la nueva mentalidad de los jóvenes de la comunidad. Al elenco lo completan Raúl Lavié, Julia Calvo, Dan Breitman, Adriana Aizemberg y Miguel Habud. Se puede ver, de miércoles a domingos, en el teatro Astral (Corrientes 1639, CABA).  


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