Reflexión


El Paso Menos


Por Noemí Carrizo.


El habernos detenido antes de tiempo nos ronda en los silencios solitarios. Lo que “no” hicimos nos persigue: ese llamado a un amigo para deshacer un entuerto, el envío de un currículum, el libro que nos propusimos leer, el viaje a tierras admirables, la compra de una casa más confortable, la prueba decisiva para un trabajo satisfactorio…

Como ustedes, abjuro de mis cobardías… ¿o perezas? Un escritor ya desaparecido, Dante Sierra, solía decirme: “Una página por día son 365 páginas al año, es decir, un libro”. ¿Miedo al fracaso, a no saber negociar, a sentirse inferior? No enumero las excusas, como la falta de tiempo, la atención de los hijos o nietos, la necesidad de dinero, la enfermedad imprevista o –la menos aceptable de todas– la falta de inspiración, porque jamás creí en ellas. Más bien es el miedo a expresar nuestros verdaderos deseos, “desnudarse” para animarse a ser uno mismo, asumir una identidad, con virtudes y defectos, grandezas y caídas. Asumir “yo amo a este amigo”, “temo no reunir las condiciones suficientes”, “no me animo a viajar solo”, “puedo necesitar mis ahorros”, “no sé siquiera cómo empezar un libro”, “soy menos talentoso de lo que los demás sospechan”. Dostoievski afirmaba: “El deseo es una manifestación de toda la vida humana, y aunque en esta manifestación nuestra vida revela a menudo toda su miseria, sigue siendo vida y no la mera extracción de una raíz cuadrada”. ¡Ojalá lo fuera, algo tan exacto, Fiódor! Y es un lugar común aquello de que solo los que se animan a enfrentar un gran fracaso alcanzan un gran éxito. El momento de más miedo es justo unos minutos antes de empezar: de llamar a ese número, de escribir a esa empresa, de dar un adelanto en dólares o de escribir la primera página de un libro. 

El paso de menos es una persecución que no deshacen ni espantan los años, especialmente cuando observamos que gente mediocre o hasta de una simpleza rampante se ha hecho millonaria dando charlas por el país y el extranjero, por ejemplo, sobre temas que apenas domina. Son los que dan el paso necesario, se aceptan con sus carencias (aunque las disimulen) y tienen una perseverancia en grado superior. Asumamos que el mejor signo de inteligencia no es el conocimiento sino la imaginación. Woody Allen afirma que el noventa por ciento del éxito se basa solo en insistir. Y uno piensa en él, sin prestancia y con un primer impacto de antipatía, que logró conquistarnos con películas como Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas. Shakespeare aseguraba que si el hombre fuera constante, sería perfecto, pero me atrapa Goethe cuando asevera: “Con todas las fuerzas en contra, perseverar. Jamás doblegarse. Mostrarse fuerte atrae el auxilio de los dioses”. 

Pero lo más angustiante es el amor que hemos dejado pasar… deteniéndonos de golpe y dando un paso atrás ante el sufrimiento, como si existiera un amor que no lo contuviera. No nos consuela la hondura de la frase borgiana que entendimos tarde: “Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”. Y habrá un beso, una mirada o un gesto que nos vestirán, invisibles pero certeros, hasta el último suspiro, con una vida vacía de dolor anímico pero para nada satisfactoria o plena. Demos ese paso crucial en el amor, sin pestañear ni un instante, aunque solo sea por aquello que manifestaba Marcel Proust, un talento insuperable, con respecto a las emociones: “Demos las gracias a las personas que nos hacen felices; ellos son los encantadores jardineros que hacen florecer nuestra alma”.


Noeamí Carrizo
*Profesora en Letras, periodista y escritora. 
carrizonoemi04@yahoo.com.ar

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