Espectáculos


Detrás del telón


Por Carmen Ochoa..


La colorida carpa del Cirque du Soleil se levanta como una gran torre de Babel. Y no solo porque su cúpula se eleva hacia el cielo, sino porque su interior alberga a ciento quince personas llegadas de Australia, Bielorrusia, Bélgica, Brasil, Canadá, Francia, Alemania, Guam, Japón, Kazajstán, México, Mongolia, los Países Bajos, Polonia, Puerto Rico, Rusia, España, Sudáfrica, Suecia, Suiza, Ucrania, Reino Unido y Estados Unidos. Todos ellos, actores, músicos, asistentes, técnicos, vestuaristas y utileros, le dan vida a Amaluna, el impactante espectáculo de la compañía (para ser precisos, el número treinta y tres) que está a punto de desembarcar en la ciudad de Córdoba, después de cautivar a las plateas de Rosario y Buenos Aires.

“Amaluna es un tributo al trabajo y a la voz de las mujeres”, confiesa Fernand Rainville, director creativo de la empresa de entretenimientos que tiene su sede en Montreal. Su nombre es una fusión de las palabras ama, que significa ‘madre’ en varios idiomas, y luna, el símbolo de la femineidad, que evoca la relación madre-hija, como la idea de diosa y protectora del planeta. A la vez, Amaluna se llama la misteriosa isla recreada dentro de la carpa, donde se desarrolla la historia. La obra, escrita por Diane Paulus (una de las directoras más destacadas de Broadway, reconocida por su talento de traspasar los límites del teatro convencional y transportar a la audiencia a su propia atmósfera), está basada en una serie de influencias clásicas que incluyen La flauta mágica (la ópera de Mozart) y La tempestad (la obra de William Shakespeare), amén de cuentos griegos y de la mitología escandinava. 


Lo notable es que, en esta época de empoderamiento femenino, Amaluna está protagonizado en su mayoría por mujeres. “El espectáculo se enfoca en una isla llena de mujeres fuertes y poderosas. Son guerreras feroces que vuelan, giran y se balancean, demostrando que realmente podemos hacer cualquier cosa. Hace poco montamos un show donde los puestos técnicos más importantes fueron ocupados por damas. ¡Así que no solo pisamos con determinación arriba del escenario, sino detrás de escena!”, comenta Emily Burton, stage manager de la compañía. Y redondea: “La música ocupa un lugar preponderante en Amaluna, y la banda que la ejecuta está conformada únicamente por mujeres. ¿Por qué? Porque la energía femenina aumenta el talento de los artistas”.
Desde adentro
Los idiomas que más se escuchan bajo la carpa del Cirque du Soleil son el francés y el inglés; sin embargo, algunos integrantes despuntan el portugués, el ruso y hasta el castellano, como Daniel Gómez Mantilla. Oriundo de España, y apodado “Danizoo”, su especialidad son las acrobacias y el baile, donde entremezcla el breakdance con la danza contemporánea y los ejercicios sobre una mano. Se sumó a la compañía en 2017 y, hoy, con 29 años, encarna a Cali, una especie de hombre lagarto que se mueve expresivamente sobre el escenario con una gran cola, celoso y enamorado de Miranda, la joven protagonista. “Girar por el mundo es muy interesante por la gente con la que te terminás cruzando. Entreno con verdaderos profesionales que me motivan permanentemente. Echo de menos mi país, a mi gente y mis costumbres, pero estar constantemente en movimiento no me deja mucho tiempo para la nostalgia”, asegura Gómez Mantilla.  

Los tours del Cirque du Soleil pueden extenderse de diez a quince años. En cada viaje, los actores cuentan con horas libres para viajar por los alrededores (Iguazú y Patagonia fueron los destinos argentinos más elegidos por la troupe), visitar a sus seres queridos (o ser visitados, ya que, si lo desean, pueden viajar con su familia, aunque deben hacerse cargo de los gastos). 

Hace ocho años que, a puro contorsionismo, la ucraniana Yulya Mihailova es uno de los valuartes del circo. Ella es Miranda, hija de Próspera y niña a punto de transformarse en mujer. A Yulya le propusieron unirse al grupo a los 17 años, mientras cursaba en la Academia Municipal de Varieté y Artes Circenses de Kiev, pero no aceptó. “Siempre estaba estudiando o trabajando, así que recién di el paso a mis 25 años. Actualmente, disfruto mucho poder recorrer el mundo haciendo lo que me gusta, conocer diferentes culturas, aunque claro que me invade la nostalgia. En la Argentina me acompañan mi esposo, que también trabaja en el circo, y mi beba. Pero tengo otra hija de 12 años en Ucrania, a quien extraño muchísimo”. 

A pesar de que todos aman lo que hacen, formar parte de la compañía no deja de ser una exigencia mayúscula, a prueba de valientes. Además de los entrenamientos diarios, los acróbatas deben observar las grabaciones de cada una de sus prácticas para corregir cualquier mínimo detalle. De hecho, algunos integrantes ensayaron dos años antes del debut de Amaluna, allá por 2012, en Canadá. “Estoy abocada las veinticuatro horas al espectáculo. Prepararme para cada función me puede llevar entre tres o cuatro horas. Todo vale la pena por estar aquí”, admite Anna Stankus, la Diosa del Pavo Real en Amaluna, quien a los 4 años empezó a estudiar en la mejor escuela de gimnasia rítmica de Ucrania. A los 18, e inspirada en los videos del Cirque du Soleil, arrancó su carrera profesional como contorsionista. En 2010 tuvo la chance de incorporarse a la troupe... y se le cumplió el sueño.
Orígenes
Cuenta la historia que cuando el crea-dor del Cirque du Soleil, Gilles Ste-Croix, le confesó a sus padres que quería dedicarse al negocio del entretenimiento, ellos le respondieron tajantemente: “¡Cualquier cosa menos eso!”. Ante la negativa de sus progenitores, el joven canadiense intentó ser un típico oficinista, pero acatar los preceptos sociales no era lo suyo. Finalmente, fundó una pequeña compañía de artistas circenses, Los Zancudos (Les Échassiers), con la que deambulaba por las calles del encantador pueblo de Baie-Saint-Paul, cercano a la ciudad de Quebec. 

Corrían los primeros años de la década del ochenta. El público los adoraba por su sorprendente combinación de artes circenses, pero sin animales: los actos callejeros incluían extravagantes trajes, malabares, trapecios, música de calidad, zancudos y tragafuegos. A partir de allí entró en escena Guy Laliberté, un saltimbanqui que formaba parte del grupo. Gracias a su aguda visión para los negocios, la compañía consiguió su primer contrato con el gobierno de Canadá, y salió de gira con un nuevo nombre: Cirque du Soleil. “El sol simboliza la juventud, la energía y la fuerza”, define Laliberté, quien de músico y artista callejero se transformó en el cofundador y CEO del circo. 

Lo que comenzó como una austera apuesta de veinte artistas callejeros se convirtió en uno de los máximos grupos de entretenimiento en vivo del planeta. Los números del Cirque du Soleil hablan por sí solos: son cerca de 4000 empleados, incluidos 1300 artistas provenientes de más de cincuenta países. Más de 170 millones de personas vieron alguno de sus dieciocho espectáculos.

“Invocar la imaginación, provocar los sentidos y las emociones”. Esa es la misión de una compañía que mantiene intacta la magia del circo. Del 26 al 29 de abril, en el Ecodistrito Las Artes, podrá comprobarlo usted mismo. 
El Arte de Vestir


El área de vestuario es una de las más destacadas del Cirque du Soleil. Cada año, en su taller de Montreal, 400 empleados confeccionan alrededor de 25.000 trajes, con más de 130 kilómetros de telas. La indumentaria se realiza a la medida de cada artista a través de escáner digital 3D. Los trajes de Amaluna son un resumen perfecto entre teatro y acrobacia. Los diseños fueron creados por Mérédith Caron, quien logró que cada personaje y su disfraz se fundieran en una pieza inseparable. “Es una relación simbiótica”, desliza Caron. En las giras, el jefe de vestuario es Larry Edwards, encargado de acondicionar y planchar los trajes, y de arreglar las pelucas y accesorios durante las presentaciones. Uno de los vestidos más destacados es el que utiliza la Diosa del Pavo Real: una falda blanca con un bustier cubierto con encaje, que tiene ¡6500 cristales!  

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