Reflexión


Nada invisible


Por Alejandro Duchini.


Si la historia que se cuenta en El Principito es apasionante, no pueden siquiera imaginarse cómo fue la de su autor, el francés Antoine de Saint-Exupéry (Antoine Marie Jean-Baptiste Roger Conde de Saint-Exupéry, su nombre completo). Además de escritor, fue aviador en tiempos en que los aviones parecían de cartón. Europa, América del Sur, África y Medio Oriente fueron algunas de las zonas en las que volaba con el afán de concretar hazañas. Varias veces estuvo a punto de perder la vida. Fue piloto de correos y piloto de guerra. A fines de los años veinte viajó a Buenos Aires, donde conoció, en un salón de la Alianza Francesa, a la millonaria Consuelo Suncín, escritora y artista salvadoreña que sería su esposa. Ya era escritor y periodista. Había publicado tres libros (El aviador, Correo del Sur y Vuelo nocturno –sobre sus experiencias en La Patagonia y Tierra del Fuego–), pero faltaban más: entre ellos, El Principito.

Fue publicado el 6 de abril de 1943 por la editorial norteamericana Reynal & Hitchcock, y recién tres años después salió la edición de Gallimard, cuando Francia fue liberada. Desde su aparición se vendieron casi 150 millones de ejemplares en todo el mundo. Se tradujo a más de doscientos cincuenta idiomas. El 20 de septiembre de 1951, a través de la editorial Emecé, la Argentina fue el primer país en que El Principito se publicó en español. En Internet, por una edición de aquel año se piden seis mil pesos. Hace unos años, una edición de 1943 se vendió a novecientos euros. 

“No es una novela, no es un cuento, no es un ensayo...?Es más bien un libro ligado a ciertas enseñanzas en torno a un camino espiritual”

Todo surgió en 1938, cuando el avión con el que Exupéry quería unir Nueva York y Tierra del Fuego se fue a pique en Guatemala, y él debió ser internado. Entre la visita de un amor extramatrimonial, las lecturas y los pensamientos que surgieron en la soledad de la recuperación, imaginó la historia. Después, y como al pasar, dibujó a Le Petit Prince en una servilleta, lo que llamó la atención de su editor, que quiso saber de qué se trataba. ¿Cuento para niños o para adultos? Se supone que ambas cosas a la vez. Consuelo le alquiló un castillo y él se encerró a escribir y dibujar. Así dio forma al argumento que narra la caída de un piloto de avión en un lugar desconocido y su encuentro con un niño que aprendió de un zorro que lo esencial es invisible a los ojos.
A setenta y cinco años de su nacimiento, algunos de los escritores más talentosos piensan en voz alta sobre el legado de El Principito. “Sin duda, es un libro extraño si nos enfocamos en sus pensamientos sobre la amistad, el amor, la soledad y la muerte. No es una novela, no es un cuento, no es un ensayo… Es más bien un libro ligado a ciertas enseñanzas en torno a un camino espiritual. Un libro propicio para las frases, para su alojamiento en nuestra memoria, y, a la vez, un camino hacia una espiritualidad amplia que a todos nos incluye, que no incomoda. Tiene frases que se quedan en uno, como nos ha pasado a prácticamente todos sus lectores, aun con el peligro de transformarlas en cliché. Lo encuentro más cerca de los breves relatos sufíes o del budismo zen o las enseñanzas bíblicas que del cuento o de la novela”, aporta la cordobesa María Teresa Andruetto, premio Hans Christian Andersen en 2012 (algo así como el Nobel pero para el público juvenil). Y amplía: “No me gustaría leerlo como un manual de aplicación para la vida actual. Justamente creo que ese es un poco el problema de El Principito, o del modo en que fue leído a lo largo de décadas: que a veces funciona como un manual de aplicación espiritual. Mi idea de toda lectura va más hacia la desobediencia, hacia lo que hace estrilar el pensamiento, lo de-sacomoda, lo despeina. De leerlo, de compartirlo, como hice en su momento con mis hijas y con grupos de lectores en formación, intentaría hacerlo de otro modo: complejizar su lectura o los modos de lectura tan instalados que aplanan buena parte de su potencial”.

Mientras que el filósofo Tomás Abraham confiesa que lo leyó de adolescente y que lo que más enigmático le parece es la vida y el pensamiento de Saint-Exupéry, el escritor y ensayista Gonzalo Garcés, opina: “Es la continuación del mito del buen salvaje de Rousseau: en esta encarnación, es un niño perfectamente bueno y sabio, no por virtud de lo que aprendió, como quería Montaigne, sino, al contrario, porque su mirada es anterior a todo aprendizaje. Como cantaba John Lennon en ‘She said, she said’: ‘When I was a boy everything was right’ (Cuando era niño, todo estaba bien). Un mito más bien pernicioso, en la medida en que le otorga lustre a la ignorancia. En cuanto a su incidencia en el mundo actual, se aplica constantemente en la publicidad de una famosísima gaseosa, con la nostalgia de la inocencia prepúber como tema central. Por otra parte, el llamado a ver la belleza de lo efímero aparece más bien en las publicidades de seguros. El Principito es superrecomendable, aunque para que la educación sea completa, sugiero El príncipe, de Maquiavelo”.

“Aquella lectura de infancia me dejó la visión que reúne poder y fragilidad;?lo inmenso y lo pequeño; una totalidad y un vacío”

Por su lado, Martín Kohan admite que hay algo en El Principito que lo predispone al aleccionamiento y al mensaje, a las moralejas con pretensión de profundidad, a la frase de póster o de señalador. Pero advierte: “En mi memoria, aquella lectura de infancia dejó otra clase de huella, la visión conmovedora que reúne poder y fragilidad: un príncipe, un niño; lo inmenso y lo pequeño: el universo, una rosa; una totalidad y un vacío: un planeta entero y, en ese planeta, la soledad”.



Desde Europa, el multipremiado escritor español Fernando Aramburu, subraya que se trata de un clásico de la educación literaria infantil, no limitada a un país o a una zona cultural del mundo. “Creo que este valor de presencia educativa de El Principito en el arranque de una vida culta es, hoy día, más fuerte que sus propiedades propiamente literarias. Tal vez los convencidos de la importancia de la fantasía y los sueños encuentren en este libro de Saint-Exupéry un simpático, además de útil, punto de referencia”, comenta. Y sigue: “En mis tiempos de profesor, usé en clase algunos capítulos y los niños empatizaban sin problema con la figura. En cuanto a los adultos, fuera de la actividad didáctica, me temo que ya es tarde para sacarle mucho jugo al relato, aunque nunca se sabe”.

“Tal vez los convencidos de la importancia de la fantasía y los sueños encuentren en El Principito un simpático y útil punto de referencia”

Su compatriota Andrés Barba no solo no se incluye entre los admiradores de El Principito, sino que es bastante crítico con la obra. “Más que un libro para niños es un libro para adultos que se quieren sentir como niños –objeta–. Hay que evitar la mala fe que trasuda la enseñanza de que solo adquirimos dignidad cuando somos amados por alguien. Tenemos que querer a las personas justo de la forma opuesta a la que lo hace el principito. Es decir, pensando que su dignidad no depende de que nosotros las queramos: su dignidad es intrínseca”.  

En este debate, la postura de Guillermo Saccomano se contrapone a la de Barba. “Que El Principito perdure y siga vigente tiene, quizás, una explicación entre varias: su trama metaforiza cuestiones que están planteadas a lo largo de la historia de la filosofía. La verdad, para empezar. La relación entre el uno y el todo. Entre uno y los otros. La tensión entre  libertad y desapego. La muerte, la ausencia de sentido. ¿Cómo encontrar un sentido en el desierto? Y cada una de estas cuestiones se plantea sin grandilocuencia, con esa sencillez que puede hallarse en un k?an zen. Lo que Saint- Exupéry nos propone es una vía hacia el satori. Al engancharnos, nos damos cuenta de que todos somos el aviador. Pero hay que estar a la altura de su soledad –define–. Lo que lamento es que esta pequeña gran obra pasó de ser un libro para chicos –que no lo es, o al menos, no solamente– a un tratadito moral que, vía marketing, se convirtió en un artefacto consolador de conciencias ‘bien pensantes’. Apena ver cómo la sutileza que concentró Saint-Exupéry en su plástica fue derivando en una mamarrachología new age. Todo ese decorado ornamental, ese barullo gráfico y sus derivaciones no hacen más que robustecer la vigencia de un texto que, como un búmeran, se vuelve en su sutileza contra su comercialización y sus feriantes”.

En definitiva, de lo que se trata es de ver qué leemos en lo que leemos en El Principito. “Debemos asumir que, en solidaridad con el lector, Saint-Exupéry nos lee en nuestras frustraciones y sueños. No solo nos revela lo que no somos, sino también lo que no somos capaces de ser”, concluye Saccomano.
Es la historia de un amor...

Tenía razón Abraham: la vida de Saint-Exupéry, que disfrutó poco de El Principito (tras entregar el manuscrito, en 1943, se marchó a Argelia para, una vez más, subirse a un avión de guerra y trabajar en operaciones especiales), es digna de película.  
Nacido el 29 de junio de 1900 en Lyon, Francia, se desconoce la fecha de su muerte. Oficialmente, ocurrió el 31 de julio de 1944, en la zona del mar Tirreno mientras hacía un operativo de inteligencia. Su avión tenía una escasa autonomía de vuelo. Poco después del mediodía se lo consideró desaparecido. Al día siguiente, una mujer dijo haber visto caer un avión. El cuerpo del piloto nunca fue identificado. En 1988, un pescador encontró un brazalete con el nombre de Exupéry y de Consuelo. En el año 2000, un buzo dio con restos de un avión, que se rescataron tres años después. Pertenecían al Lightning P-38 F-5B que manejaba Antoine. En 2008, un excombatiente contó que derribó un avión igual el 31 de julio de 1944. Está documentado, pero hay dudas. De todos modos, cada 31 de julio se lo conmemora.

El romance con Suncín merece un párrafo aparte. Algunos rumores indican que se casaron en Buenos Aires; otros, en Francia, donde se fueron a vivir. Y no faltan los que afirman que jamás se casaron. Lo cierto es que el matrimonio duró trece años y no estuvo exento de vaivenes debido a las constantes infidelidades de un hombre mujeriego y bohemio, que en los años treinta recorrió el planeta para hacer crónicas periodísticas y hasta participó como piloto de operaciones especiales en la Segunda Guerra Mundial.

Por su parte, Consuelo quedó relegada como escritora a la sombra de su marido. La famosa rosa de El Principito está inspirada en ella. En la historia se la protege con una campana de cristal. En la realidad, el vínculo se alimentaba de celos y discusiones. Lo confesó la propia Consuelo en sus memorias, escritas en 1946: Mémoires de la rose (Memorias de la rosa). Recién se publicaron en 2002 por quien fuera su heredero universal, José Martínez-Fructuoso. Consuelo falleció en Francia el 28 de mayo de 1979. La sobrevivieron más memorias y libros ajenos. Algunos de amantes despechadas que la quisieron relegar en importancia para asegurarse un lugar al lado de Saint-Exupéry. Pero ninguna pudo, como Consuelo, ser la rosa.

Remix
La obra maestra de Antoine de Saint-Exupéry fue una fuente de inspiración para todo tipo de artistas. Por ejemplo, el libro Invisible a los ojos, con prólogo de Alejandro Dolina, reunió a 160 ilustradores de todo el mundo que plasmaron, a su manera, el espíritu de El Principito. En pleno siglo XXI, las reediciones tampoco cesan. María Teresa Andruetto es clara al respecto: “Es que es un buen libro de entrada a la lectura. Es uno de esos libros que se abren a nuevos lectores, aun no tan entrenados, y despejan un camino hacia otras lecturas. Lo que sí aconsejo es intentar volver complejo el modo de leer un libro de apariencia sencilla, para que deje de ser motivo de celebraciones y se convierta en un objeto vivo, capaz de interpelarnos”. 

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