Arte


"Borges me abrió los ojos"


Por Cristina Noble.


En su estudio-galería, ubicado en el parisino pasaje Bollini de Recoleta, se entrecruzan tiempos y espacios diversos. En esa vieja casona que opera como refugio y taller, conviven en total armonía el piso de adoquines de la única caballeriza que sobrevive en la zona con un gran salón en desniveles de exposición de fotos, dos laboratorios analógicos, un estudio para imprimir fotografías digitales y un archivo de transparencias y negativos de más de un millón de imágenes tomadas a lo largo de sesenta años. 

Atravesando unas lianas selváticas que cuelgan del primer piso, se ingresa a lo que en otra época era la antigua estancia para caballos y otros animales. Ese ámbito es el que elige Aldo Sessa para repasar seis décadas de profesión, que celebra con una muestra en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba), donde comparte lo mejor de su trabajo (ver recuadro). “Este no era mi hogar de la infancia, pero vivía muy cerca cuando era chico. Justo aquí enfrente había una casa con una vaca. Como mi madre no podía amamantarme –o no quería, no sé cuál era la historia–, entonces, mandaba a una muchacha a buscar la leche recién ordeñada para alimentarme. Esa casa-establo después fue el invernáculo de Delia Tedín y Ana Mujica Lainez, la hija de Manucho, con quien haríamos varios libros juntos. Finalmente, la compró Nicolás García Uriburu y hoy se encuentra allí su fundación. Casualidades de la vida...”, reflexiona el miembro de honor de la Federación Argentina de Fotografía, quien se destacó por retratar a los personajes más célebres de la cultura, la política y el espectáculo nacional, los rincones de Nueva York o la cotidianidad de los gauchos. 

–Leí que su madre era amante del arte. ¿Ella tuvo alguna influencia en su vocación?
–¡Una enorme influencia! Los fines de semana íbamos a ver muestras de arte. Nelly, así se llamaba, tuvo la intuición de que yo era un artista. “Bastaba observarte”, me decía... De chico me gustaba dibujar en silencio; podía pasarme horas. Mi madre estudió escultura con Lucio Fontana; me acuerdo de que íbamos a Belgrano a comprar la arcilla que yo después le ablandaba. Ella presintió que yo no iba a ser empresario, ni abogado, ni ninguna cosa de esas, de modo que a los 10 años me mandó a estudiar al taller De Ridder, que estaba a la vuelta de casa. Mi primera muestra fue en la galería Wildenstein, nada menos. Yo era una criatura, así que fue un buen puntapié inicial. 

–¿Usted también iba al estudio de Fontana?
–Sí (sonríe). Fontana era una especie de orangután con unas manos grandes que trasmitían mucha fuerza. El atacaba la materia a veces con un punzón: hacía tajos... Era una manera de trasvasar el límite de la tela. De alguna manera, eso quedó en mi manera de intentar abrir el espacio, tanto en la plástica como en la fotografía.

–O sea que todo eso provino de Nelly. 
–Eso y mucho más, ya que su padre fundó los laboratorios de cine Alex, allá por 1928. Por eso, siempre repito que llevo el revelador en las venas.  

–Durante la adolescencia se desempeñó en la imprenta de su padre. ¿Qué atesora de aquella experiencia?
–Gracias a eso, pude dirigir personalmente todos los proyectos de impresión de mis libros en Japón, en China... Es un tema en el que tengo cierta autoridad porque trabajé cinco años con una máquina de imprimir.

–Sabemos que él era milanés. ¿Se solía hablar en italiano en su casa? ¿Usted lo habla?
–No perfecto, pero fluido. Papá dialogaba en italiano conmigo y con mi hermano Alejandro. Yo viví en una familia muy europea, con muchos amigos del Viejo Continente y en contacto con el círculo del arte. Todo ese ambiente influyó mucho en mi pasión. Al principio, lo volqué en la pintura y no me iba nada mal: exhibí en la galería Bonino de Buenos Aires, de Nueva York y de Río de Janeiro.

–¿Cuándo pasó de la pintura a la fotografía?
–No todo lo rápido que habría querido. Colgué los pinceles en la década del ochenta. La pintura me ayudó a tener resueltos los temas de valor, composición y color. Para mí, pintar y fotografiar eran complementos: lo llamaba “estado cóncavo y estado convexo”. ¿Por qué no arranqué antes a fotografiar? Porque les tenía terror a las matemáticas y pensaba que no iba a entender la ecuación básica velocidad/diafragma. De hecho, una vez en Punta del Este le pedí a un amigo que me cargara la Leica y pusiera la medición de luz que correspondía. Y salí a dar una vuelta a la manzana descubriendo paisajes, personajes... Entre ellos estaba la madre de mi amigo, a la que saqué de espaldas, con un sombrero de paja, con el fondo desenfocado. Desde ese momento, hago fotos de espalda porque son muy misteriosas. 

–Alguna vez dijo que cada una de sus colaboraciones con Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Lainez, Silvina Ocampo y Enrique Cadícamo lo ayudaron a conocer mejor la idiosincracia de nuestro país.
–Tuve ese privilegio, sí. Yo era un chico muy europeo. Tengo treinta primos hermanos en Milán. Es una familia muy grande. No sé si me sentiría tan argentino como me siento actualmente si no hubiera sido por mi profesión. Hace dos años hice una muestra muy importante en el Palazzo Venezia de Roma, y cuando di el discurso inaugural, en italiano, declaré: “Ustedes ven en mi un italiano, pero quiero que sepan que mi corazón es totalmente argentino”. 

–De modo que podríamos concluir que sentirse argentino fue el resultado de una búsqueda...
–Sí, de una búsqueda permanente. Manucho, Borges y Cadícamo me ayudaron a encontrar mi identidad. Los libros que hice con ellos fueron esenciales para lograrlo. De chico no tenía contacto con mi país, así que gracias a las fotos se me reveló todo lo que no habían descubierto mis padres. Comencé a hablar con la gente, a mirarla y sorprenderme con sus gestos, sus costumbres, su esencia. Me enamoré de las pequeñas cosas: reflejos, chicos jugando a la pelota, paisajes... Lo que aparentemente es enemigo de la fotografía lo transformé en mi aliado: la lluvia, el viento... Todo. 


–Hay una carta de Mujica Lainez donde le aconseja que debe hallar con sus fotografías las zonas de una ciudad que cambia: las casas a medio destruir, los jardines abandonados, los baldíos,  las estatuas melancólicas...
–Sí... (Hace una mueca con nostalgia). Con Manucho nos volvimos muy amigos. Con él hice Letra e imagen de Buenos Aires, entre otros libros. Nos deleitábamos pasándonos datos de los sitios que encontrábamos. Recorrimos una Buenos Aires que nos fascinaba.

–¿Cómo fue el vínculo con Cadícamo?
–Fantástico, un hombre divino. Tenía 96 años cuando hicimos el libro Tango. De su mano me acercé a ese mundo de una forma privilegiada. ¡No nos olvidemos de que le escribió veinticuatro tangos a Gardel! Un día le comenté: “¿Sabés que no hay ningún tango del fotógrafo de plaza, ese personaje de antes que deambulaba robando con su cámara imágenes de chicos, perros y gente paseando?”. A la mañana siguiente me despertó con esta frase: “Aldo querido, te llamo porque anoche no pude dormir. Me quedé escribiendo el tango que querías del fotógrafo de plaza”. Y me lo mandó en un paquetito con su dedicatoria.

–Él lo llamaba “el dramaturgo de la fotografía”. Y no era una persona de adular mucho.
–Absolutamente. Era muy crítico si algo no le gustaba. “La sencillez es lo más difícil”, repetía. Si con él descubrí el tango, del que poco se sabe porque desconocemos mucho como sociedad, con Luis Güiraldes aprendí de los gauchos. Cuando editamos el libro Gauchos, varios amigos me preguntaron si de verdad existían. Increíble.

–¿Cómo fue su relación con Borges?
–Pude tener momentos de charlas a solas con él, cuando en 1976 ilustré sus poemas en Cosmogonías. Me acuerdo de una, justamente en la presentación de ese libro. Estábamos sentados en unos sillones muy cómodos y, de pronto, rompió el silencio: “¿Sabe? Estamos juntos porque somos argentinos, y estamos unidos por una misma vocación: el arte”. En ese instante me di cuenta de que era un acto de generosidad de su parte. Él era una figura absolutamente consagrada, y yo un joven de 35 años que todavía no sabía qué iba a ser de su carrera. 

–¿Le dejó algo más aquella experiencia?
–(Breve silencio). Lo defino como una conmoción estética. Borges me abrió los ojos: nunca más viví años de 365 días; desde entonces, los míos fueron años de 500 o 600 días. ¿Qué significa eso? Que intensifiqué muchísimo mi concentración, mis horas de trabajo. Nunca más paré, nunca miré hacia atrás. Esa conversación con Borges fue como un catalizador de mi pasión por el arte. Todo lo que crecí e hice no lo habría conseguido sin pasión. Ahora tengo el hombro roto en varias partes por una caída, pero no puedo dejar este oficio que es maravilloso.

–¿Qué le quita el sueño, que le dispara la adrenalina?
–El peligro. Cuando empecé a hacer fotoperiodismo, me habría gustado ir a sacar fotos de guerras. Pero el gusto por el riesgo hay que dominarlo, porque te puede jugar una mala pasada. Hay que controlar la mente. Yo me hice muy amigo de Indra Devi, que sostenía que los seres humanos solo usamos el uno por ciento de nuestro potencial mental.

–¿Meditaba con ella?
–No solo eso, sino que incluso estuvimos haciendo fotos en sesiones de meditación que ella misma organizaba en cárceles. Con Indra también aprendí mucho. Entre otras cosas, que como fotógrafo no hay que tener preconceptos, sino que hay que dejarse fluir y confiar. Tomé conciencia de que si asumía las cosas como venían, muchas situaciones adversas podían convertirse en excepcionales. 

–Aldo, ¿qué les diría a todos aquellos que quieren recorrer el camino de la fotografía? 
–Que si alguna de sus “víctimas” les pidiera que lo saquen de una manera determinada, le contesten afirmativamente, pero no le hagan caso. Ninguno de mis cuatrocientos retratos los hice para complacer a aquel que estaba posando, sino que los hice según mi gusto. Yo busco penetrar en el alma de las personas. Tienen razón los aborígenes cuando creen que las fotos roban un pedazo del alma... En la misión de dejar a la persona en movimiento, su alma va apareciendo sola. Yo espero y busco los detalles, y para eso hay que tener paciencia. Otra sugerencia: no dejar de trabajar ni un solo día. La pereza es enemiga del arte.

–¿Prefiere alguna cámara en particular?
–Todas sirven. Recientemente me regalaron una Baby Kodac de 1930, y ya la cargué para estrenarla. La cámara es un instrumento: hay mejores y peores, pero con todas podés hacer algo bueno. Cada cámara da una atmósfera, cada cámara es un romance. No descarto ninguna. Hasta uso digitales también, aunque en un segundo plano.

–Amén de la fotografía, ¿qué otra actividad, ocupación o o pasatiempo le produce felicidad?
–Estar con  mi familia. Hace más de cincuenta años que estoy casado con mi mujer, a la que quiero mucho. Tengo tres hijos, ochos nietos... Mi familia es una gran ancla.

–A futuro, ¿qué otro proyecto tiene en vista?
–Voy a presentar en Nueva York un nuevo libro sobre los gauchos. Es una edición internacional de ¡ocho kilos de peso! Estoy muy entusiasmado. 

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