Arquitectura


La ilusionista


Por Cristina Noble.


La ilusionista
Liz Diller es la arquitecta que, en los últimos años, rediseñó el perfil de Nueva York. Cómo piensa las ciudades actuales y las del futuro quien se define como una rebelde con causa.

Ella despierta amores y recelos por igual. Sin embargo, los ignora para concentrarse en lo que más le gusta: crear, inventar nuevos espacios, formas inexplicables que ella misma se encarga de desentrañar en detalle. Hablamos de Elizabeth “Liz” Diller, la arquitecta que le dio una lavada de cara a Nueva York con el concurrido High Line y los proyectos vinculados a la vida cultural de la Gran Manzana, como las renovaciones del Lincoln Center, de la escuela Juilliard y de la School of American Ballet, y las flamantes extensiones del Museo de Arte Moderno (MoMA), la Universidad de Columbia y el centro multimedia The Shed.

Liz Diller detesta los edificios convencionales, típicos y uniformes porque entiende que empobrecen la cotidianidad de las ciudades: “Los arquitectos no deberían prestarse a diseñar cualquier cosa que les pidan. Nuestra función no es solucionar los problemas de los clientes, sino precisamente lo contrario: provocarlos, cuestionar”.

Ella, que hasta fines de los noventa se ocupó de crear ambientes para exposiciones de arte y era prácticamente una desconocida en el medio, hoy está considerada como una de las mejores arquitectas del planeta. Sus pares, especialmente los más jóvenes, no escatiman elogios: “Es genial”, “Liz Diller es palabras mayores”.

¿Cómo lo hizo? El reconocimiento se lo debe, básicamente, al éxito del High Line, un parque en altura, de tres kilómetros de largo, construido en el West de Manhattan, al sur del Central Park, sobre las vías de un ferrocarril en desuso, que convoca a más de siete millones de visitantes por año. Aunque la popularidad no parece haberle engrosado el ego. “La fama no es algo que me interese particularmente”, dijo después de la inauguración del primer tramo de ese paseo verde de casi cuatro kilómetros de superficie. Tampoco la sedujo formar parte del establishment de los arquitectos (“Siento que es como una burocracia”, comentó), por lo cual se ganó el mote de reluctant (podría traducirse como “reacia, reticente”). “Yo fui arquitecta de casualidad, así que me cuesta definirme como tal. Mi vocación era el arte”, manifestó.

Esa actitud un tanto distante y las reiteradas declaraciones en contra del conformismo de quienes renuncian a sus ideas para abocarse solo a lo que les encargan (“los mueve el puro interés comercial”) la pusieron más de una vez en el centro de las críticas. Es lo que pasó después de la explosión urbanística que trajo su criatura más notoria: el High Line. Varios profesionales argumentaron que ese parque afectaba el desarrollo sustentable del West, ya que ahora estaba superpoblado y la gente no podía disfrutar de su propio barrio. “Son muy raras esas opiniones proviniendo de quienes defienden una arquitectura democrática. Se contradicen: pareciera que quieren una ciudad para élites”, salió al cruce Diller. 

Nacida en la Polonia de 1954, está acostumbrada a ser oposición. Creció en un ámbito donde tuvo que armarse de tesón e inteligencia para no sucumbir. Hija de sobrevivientes del Holocausto y el régimen soviético stalinista, heredó la fuerza de voluntad de sus padres para seguir adelante. Abrió sus ojos al mundo en Lodz, una ciudad de origen medieval y dimensiones reducidas en comparación con Nueva York, donde la familia resolvió probar suerte. Así recordó esa etapa de transición, difícil, necesaria: “No fue fácil llegar a un lugar extraño, con un idioma distinto, pero se nos allanó la adaptación gracias a la ola inmigratoria que había en Nueva York. El pasaje de Lodz a esta ciudad me fortaleció y me reveló un horizonte más amplio”.

Los Diller se establecieron en el barrio de Inwood, donde convivieron con irlandeses e italianos. Cuando la economía repuntó, pasaron a residir en Greenwich Village. Al egresar de la secundaria, Liz apostó por su pasión –el arte– y se anotó en la prestigiosa Cooper Union, tras varias discusiones en su casa. Es que su padre, que había perdido una fábrica textil para emigrar a los Estados Unidos, trataba de direccionar la elección de su carrera. “Insistía en que tenía que pensar en algo que me garantizara un futuro. Él aspiraba a que fuera doctora tal vez, pero yo quería ser directora de cine o fotógrafa. Ya resignado, me aconsejó que al menos estudiara Arquitectura”, contó.

El diploma que consiguió en 1979 no tenía como fin consentir a su progenitor (de hecho, al principio no se lo contó porque, según dijo, “no quise darle el gusto”), sino que fue producto de descubrir, de la mano de John Hedjuk (miembro del célebre grupo New York Five), que la arquitectura no era una profesión tradicional, sino  más bien una disciplina cultural. En sus años de estudiante universitaria, hubo otro hombre que fue decisivo en su vida profesional y amorosa: Ricardo Scofidio, su actual socio y marido.
Dos a quererse
Cuando se vieron, supieron que ya no habría marcha atrás. Él era su profesor en la Cooper Union; ella, su mejor alumna. Una tarde, una jovencísima Liz y su novio de entonces se cruzaron en el ascensor con Scofidio. Su expareja notó que algo especial se respiraba en el aire y le vaticinó que trabajaría con él durante mucho tiempo. Fue premonitorio, aunque el vínculo excedió los planes: Diller se mudó con él apenas se recibió de arquitecta (hace ya casi cuarenta años). Hasta allí habían mantenido oculto el romance porque Scofidio estaba casado y tenía cuatro hijos. En 1979 pasaron de la clandestinidad a la legalidad: aunque demoraron en casarse, compartían un loft en un edificio industrial ubicado en la calle Cooper 36, frente a la Cooper Union.

Ese fue el inicio de una sociedad que dio a luz el estudio Diller-Scofidio, al que se sumó Charles Renfro, un arquitecto amigo que suele mediar cuando sus criterios no coinciden. “Liz y Ricardo son inseparables, pero a veces no se ponen de acuerdo. Cuando eso sucede, Scofidio se sube a su Porsche y pisa el acelerador hasta que la policía lo detiene. La velocidad es como un sedante para él”, confió Renfro. Diller se rió de la anécdota y deslizó: “Muchos afirman que ambos nos potenciamos a partir de nuestras diferencias, pero no sé si es exactamente así. Yo soy más intelectual y él es más intuitivo”. 

Los primeros pasos de la dupla fueron realizaciones artísticas o experimentales más que arquitectónicas. O sea, nada que requiriese paredes firmes, plomería y pisos. Eran los tiempos en que todo recaía solo sobre ellos dos, con un  ingreso exiguo. “Apenas nos alcanzaba para sobrevivir, pero éramos felices igual”, se ufanó Diller.

Cuando surgieron los proyectos arquitectónicos, aparecieron las negociaciones, los costos, el precio que tenían que cobrar. Un punto que, hasta el día de la fecha, incomoda a Diller: “Nunca estuve preparada para manejar el tema del dinero porque me hace sentir un poco incómoda. Eso se lo dejé a Ricardo. Yo sigo siendo la rebelde de siempre”.

Hoy por hoy, Diller-Scofidio es una de las firmas más demandadas del planeta. A partir de recibir la famosa beca MacArthur (Diller y Scofidio fueron los primeros arquitectos en obtenerla), los clientes se multiplicaron y el estudio se agrandó tanto que en él trabajan más de cien personas.

Pero la esencia de Diller no se altera por nada ni por nadie. Se nota en su estilo elegantemente ascético de vestirse (el negro manda), en el sitio en el que trabaja en su propio estudio (un rinconcito en un enorme espacio común), y en cada una de sus frases: “Antes actuaba de una manera más confrontativa; ahora soy más furtiva. En vez de patear y querer tirar abajo la puerta del establishment, entro por la puerta principal”.
Arquitectura de vida
La dupla Diller-Scofidio está haciendo el Centro de Arte de la Universidad de Stanford, el Museo de Imagen y Sonido en Río de Janeiro, y numerosas torres residenciales desparramadas a lo largo y a lo ancho del planeta. Como si fuera poco, el estudio ganó un concurso internacional para hacer el Zaryadye Park al lado del Kremlin. “Creo que los arquitectos no deben esperar que aparezca un cliente para llevar adelante sus sueños, sino que tienen que encontrar la forma de concretarlos por sus propios medios. ¿Cómo? Convenciendo a las empresas, instituciones y gobiernos de que sus ideas pueden serles útiles. La arquitectura juega un papel fundamental en cambiar la manera de vivir de las personas”, dijo Liz Diller.

El museo The Broad, en la ciudad de Los Ángeles, vecino al Walt Disney Concert Hall, es uno de los últimos proyectos del estudio Diller-Scofidio y Renfro. En esta obra llaman la atención algunas genialidades: la galería del tercer piso, con trescien-tos dieciocho tragaluces por donde se filtra el sol, y el esqueleto que envuelve el edificio y al que se apoda “velo”.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte