Personaje


“Escribo para la sorpresa”


Por Luciana Sousa.


“Escribo para la sorpresa”
El dramaturgo Mauricio Kartun corona su trayectoria con una obra que se convirtió en un fenómeno cultural. Lejos de renegar de la aparición de nuevas tecnologías, defiende el rol insustituible de la ceremonia teatral.

La tarde comienza a apagarse en el séptimo piso de un tranquilo edificio porteño. En el living, sobre sillas, banquetas y escritorios, se acumulan libros, cuadernos y objetos de todo tipo. Hay pequeñas figuras de yeso, chapas de anuncios antiquísimos y hasta una pila de cajones de la ya extinta Bidú Cola. Sobres, libretas, placas de reconocimiento, un montón de lápices y lapiceras se cuelan en el desorden que solo domina el inquilino. El barroco paisaje se extiende al gran balcón que se vuelca sobre la calle Vera, el cual conforma una suerte de ambiente exótico por la cantidad y variedad de plantas que ofrece.

Es en este entorno caótico y productivo donde trabaja Mauricio Kartun (72), dramaturgo, escritor y director de enorme trayectoria en el escenario nacional: tiene más de treinta obras teatrales en su haber, creó la carrera de Dramaturgia de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático de la Ciudad de Buenos Aires, y recibió numerosos galardones, entre los que destaca el reconocimiento Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires en 2014.

Este 2018 lo encuentra a Kartun con la quinta temporada de la multipremiada Terrenal. Pequeño misterio ácrata, obra que, con casi setenta mil espectadores, se instaló como una cita ineludible en el circuito teatral local e internacional (en 2017 fue elegida en Madrid como uno de los dos mejores espectáculos extranjeros del año). 

– ¿Qué cree que sucede con este fenómeno teatral?
– Se ha dado algo curioso con esta obra, y es que hay un porcentaje importante de espectadores que vuelve a verla, dos, tres y hasta más veces. Esto es interesante porque están esperando algo que va a suceder. Hasta se ríen antes de que se digan los chistes. Se crea una especie de aura positiva que es muy buena para los actores y para el espectáculo. 

– ¿Y por qué ocurre eso? 
– Se da como un pequeño bordado de cosas que se han cosido entre sí. El trabajo de los tres actores es delicioso, adjetivo que es difícil de pronunciar en el teatro. Quizás influya también que el texto tenga pliegues, lo que permite desplegar la obra e ir encontrando algunas coincidencias más guiñadas, más ocultas, menos manifiestas. 

– La obra reelabora el mito bíblico de Caín y Abel en clave suburbana. ¿Cómo eligió el tema?
– Las obras se me imponen por la teatralidad de un tema. Hace muchísimos años había notado una situación parecida, la de dos hermanos que convivían en un terreno y se llevaban mal; pero no podía avanzar. Lo que me decidió fue un libro de mitología hebrea de Robert Graves, en el que hay una referencia al mito de Caín y Abel como el enfrentamiento entre dos grandes arquetipos. Uno es el nómade, que es feliz porque está liviano de equipaje y puede moverse de un lado a otro, sin tener que cargar con nada. El otro es el sedentario, que acumula y trabaja el doble de lo que necesita, para guardar. 

– ¿Cómo compite el teatro con el cine, la TV e Internet?
– Hoy contamos con muchísimas alternativas poéticas para ver una historia. Sin embargo, el teatro sigue manteniendo esa posibilidad del encuentro cara a cara. Lo que se produce es tan energizante que se puede comparar con ir a la cancha. Hay quienes dicen que el teatro estaba bien cuando no existían el cine o las series por Internet. Es todo lo contrario: sigue manteniendo algo absolutamente inamovible, que es esa ceremonia, esa convivencia, ese rito que no hay simplicidad que lo perjudique. 

– ¿Piensa en el público a la hora de escribir?
–Cuando lo hice me fue horrible. Porque, inevitablemente, transformaba a estos participantes del ritual en un target, en una suerte de calificación sociológica: un señor de tal edad, que vive en no sé dónde, con equis formación. No pienso en un público, pero siempre hay referentes, amigos y enemigos sentados ahí, en la penumbra. Uno escribe para alguien, pero no para un público como entelequia, sino para uno o unos cuantos espectadores, comunes denominadores de todo lo que venga. 

– ¿Hay temas que no tocaría o de los que no escribiría?
– Lo inabordable no tiene que ver con los temas en términos genéricos. Creo que se puede tocar cualquier tema, pero hay situaciones vitales que me enfrían, que me separan. Siento que si quiero escribir sobre ellas, hay algo que no sucede en mi imaginario, que no me entusiasman. 

– ¿Por ejemplo? 
–Aquellas vinculadas a la violencia, a la enfermedad o a hechos personales que no quiero revivir escribiendo, ya que uno puede tener una obra en cartel durante meses y hasta años. Entonces, convivir con algo que duele, salvo en términos catárquicos, te termina bloqueando.

– ¿Cómo es el proceso creador?
– Yo uso el concepto de aleación. O sea, una mezcla de dos cosas que constituyen una tercera, independiente y con otras características. No es la suma de las partes, sino algo nuevo. Como sucede con el bronce, que tiene hierro y tiene cobre. Yo mezclo géneros entre sí, hipótesis de formas de actuación, palabras, situaciones y personajes. Me gusta mucho trabajar como un cocinero, amalgamando y batiendo, uniendo lo que en teoría no se puede y cuidando que no se arruine la preparación. 

– ¿Tiene un puntapié inicial que repita obra tras obra?
– Sí, y es muy regular. Suelo partir de algo muy caprichoso, una imagen vaga, que me cuesta definir. Lo voy delineando en un proceso anterior a la escritura y luego hago algo que los escritores llamamos “acopio”: llenar libretas con notas, chistes, acciones, características de los personajes, monólogos, un título tentativo. Escribo sin estructura, de una manera despreocupada, hasta que siento que ya tengo todo. 

– ¿Alguna vez se sorprendió con el curso de una historia?
– ¡Siempre! Es parte de ser escritor. Yo tengo la sensación de que hay dos formas de abordar un texto como autor: escribir o escriturar. Escribir es buscar, viajar, sorprenderse. Escriturar es más burocrático: me siento a hacer algo que ya sé cómo lo quiero hacer y cómo debe quedar. Yo camino varias horas por día, y hay veces que me agarra risa por lo que se me viene a la cabeza. Ahí está el verdadero placer: volver rápido a casa para anotar en la libretita. Cuando la llevo conmigo, me pasa menos; por eso, prefiero apostar a ese factor inesperado. Yo escribo para la sorpresa.
La narración como acto vital
Kartun revuelve libretas y libretitas. Encuentra la última, la que está escribiendo ahora. “Retomé un material de los noventa que me había quedado trabado: una obra de dos personajes, que estoy probando como monólogo. Lo veo tan farragoso que pienso que podría estar haciendo una novela”, sostiene. 

– ¿Y si saliera una novela?
– Pasó muchas veces, pero no me considero novelista. De hecho, me da mucha pereza pensar en una novela, en textos de una ambición que creo que me superan en posibilidades. Tengo varias novelas empezadas y no concluidas.

Usted usa con frecuencia su cuenta de Facebook para hacer relatos. Uno de ellos, hace poco, se volvió viral: narraba la historia de su gato Fausto y cómo lo extrañó después de su muerte. ¿Qué vínculo encuentra en ese espacio virtual?
– Los que narramos tomamos la narración como un medio. Yo no narro para estrenar, sino porque es parte de mi lenguaje, es la manera de hacerme entender. Cuando esa expresión se convierte en oficio, se cierra el círculo virtuoso, porque además te pagan. Las redes sociales me dan la posibilidad de exhibir y airear mi archivo fotográfico. A las imágenes había que acompañarlas de un texto, una combinación que a mí no me cuesta para nada. Surgió de una manera espontánea y lo disfruto igual que con cualquier otra escritura, ya que le llega a un otro, y eso me provoca gran satisfacción.
Con su sello inconfundible
“En un viejo loteo fracasado Caín, Abel, y su versión conurbana del mito. Caín, productor morronero. Abel, vagabundo, vendedor de carnada viva en una banquina del asfalto que va al Tigris. Hermanos a los bifes compartiendo ese terreno, su edén berreta, partido al medio, al que nunca podrán volver morada común. La dialéctica imperecedera entre el sedentario y el nómade. Y Tatita, siempre ausente, que regresa sorpresivamente ese domingo melancólico”. La sinopsis de Terrenal, éxito en España, Costa Rica y Chile, invita a acercarse al Teatro del Pueblo (Av. Roque Sáenz Peña 943, CABA). Más información en www.teatrodelpueblo.org.ar
El profe
Una de las principales actividades de Mauricio Kartun es la docencia, que ejerce hace más de treinta años y que, según él mismo confiesa, lo apasiona y le ordena todo su día. 

“No hay mejor manera de aprender algo que enseñarlo. Parece una paradoja, pero es de lo más sensato: basta hacerlo para descubrirlo. Allí se ponen en juego dos energías básicas: hay que entender lo que uno quiere transmitir, y después encontrar las palabras para hacerlo. Transformar en elocuente lo inefable –define–. Todo lo que sé de dramaturgia lo aprendí dando clases.

 Me acuerdo de que al principio era un loro. Me había hecho unos apuntes y hablaba rápido para que no me pararan por si trastabillaba. Hasta que me di cuenta de que lo bueno sucede cuando te paran y te hacen dudar. Pensar juntos: ese es el verdadero mecanismo de aprendizaje”.

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