Arte


“Le temo al ruido”


Por Cristina Noble.


“Le temo al ruido”
Eugenio Cuttica, hombre récord del arte nacional, confiesa atravesar una etapa vital y creativa donde se imponen el silencio y la mirada interior. Su nueva muestra en Mar del Plata hace un culto a la femineidad.

Eugenio Cuttica camina despacio y saluda cordialmente, con una cierta distancia. Cuando lo retrata la fotógrafa, aclara con amabilidad que prefiere no sonreír, no por cultivar una actitud adusta frente a la vida, sino porque cree que su sonrisa no lo beneficia. Así, ante los flashes privilegia lo estético desnudando una seriedad que combina con una variedad de posturas dignas de un actor (algo que le habría gustado ser). 

Es que a este artista plástico de 60 años, perteneciente a la denominada “generación intermedia”, reírse le causa rechazo si el gesto no proviene de una alegría interna, verdadera. Involucrado en lo que denomina “una nueva etapa vital y creativa”, explica que hoy lo suyo es “el silencio y la mirada interior; antes era el grito exasperado, el reto”.

Discípulo de Carlos Alonso y asistente de Antonio Berni en la restauración del mural El amor en la cúpula central de las porteñas Galerías Pacífico, Cuttica comenzó siendo un virtuoso del dibujo y luego expandió su talento a obras de grandes dimensiones (entre dos y tres metros de alto), quizás influido por sus estudios de arquitectura. “En realidad, lo que más le debo a la arquitectura es trabajar en series, y asumir cada cuadro como un proyecto. La serie está ligada a la repetición consciente, que es la única forma de profundizar algo. Se trata de encontrar lo original en lo mismo”, declara quien, hasta la fecha, es el hombre récord del arte nacional: su retrospectiva “La mirada interior”, en el Museo Nacional de Bellas Artes, se convirtió en la exposición más concurrida de un artista 
argentino vivo.

En este 2018 redobla la apuesta con “Ataraxia”, una muestra que puede disfrutarse en el impactante Museo de Arte Contemporáneo (MAR) de Mar del Plata. Allí, la protagonista de Cuttica es una niña transparente realizada en resina que se repite ciento veinte veces y se vuelve a reiterar en los cuadros y botes de madera que parecen atravesar un lago imaginario. “Todo lo que exhibo allí se vincula a mi vida actual. Es una continuidad de lo que vengo haciendo. Ataraxia quiere decir ‘fin del deseo, descenso de la intensidad emocional’. En otros momentos, mi pintura era de catarsis: en ella emergían mis demonios, el sufrimiento y la denuncia... Todo eso se expresaba en una textura en la que ya no se leía nada claramente. Cuando me di cuenta, cambié e inicié una búsqueda sin gritos, sin colores estridentes”, desliza mientras recorremos las instalaciones de su taller en el edificio Central Park del barrio de Barracas, en la Ciudad de Buenos Aires.  

– Digamos que empezó a limpiar...
– Sí, a despojarme, a vaciarme... Es que mi arte cambió conmigo. Lo que ocurrió es que dejé de creer en el intelecto como medio de llegar a lo sublime. Me convencí de que eso tenía un techo, por lo que tuve que retroceder y arrancar de cero transitando por los canales de la intuición. Vaciarme para comunicarme con el origen.

– ¿Cuando habla de la intuición es cuando surge la cuestión de lo femenino?
– Sí, coincide, y no es casual. Para mí la femineidad es lo sublime, aunque se está perdiendo esa esencia...

– ¿En qué sentido?
– Creo que las mujeres se metieron en una situación paradojal. A primera vista parecen satisfechas por el lugar que lograron ocupar en la sociedad, pero para poder llegar hasta allí tuvieron que combatir al sujeto que aman: al hombre. Entonces, aman y combaten a la vez, y amar y hacer la guerra son dos actitudes opuestas e irreconciliables. Advierto que las mujeres han olvidado la noción de poder que tenían y ahora están como perdidas, sin saber cuál es la verdadera fuerza de la femineidad. 

– Luna, una chiquita de 9 años, es el alma de muchos de sus cuadros. Y en “Ataraxia” aparece multiplicada al infinito, traslúcida, hecha en resina poliéster. ¿Ella simboliza la auténtica femineidad?
– Sí. Ese personaje nació observando a la hija de una amiga. Es como un ángel caído del cielo. Suele estar de pie sobre una silla, instrumento que representa el trono. Es el poder de la ternura. La vemos con la mirada puesta en el horizonte, atravesando la materia y lo formal. Tiene una posición de mujer samurái: la delicadeza no es debilidad sino fuerza sutil.

– Usted tiene fama de provocador...
– Lo soy... 

Es que parece una provocación reivindicar la femineidad cuando hoy se debate sobre géneros y no sobre sexos. 
– No lo pensé así, pero puede entenderse de esa manera. Hoy existe una pátina cultural indicándonos que es lo políticamente correcto. En la actualidad, el vínculo entre el hombre y la mujer se volvió casi imposible. Es como que el machismo se extendió a los dos sexos y ahora todo es yang, el yin desapareció. Otra de las cosas de la que estamos siendo testigos es de la imposibilidad de generar relaciones verdaderas. Se ha generalizado el famoso touch and go. Lo que falta es amor. Yo provengo de un modelo en el que mis padres se prodigaron un amor incondicional entre ellos.

– ¿Cómo los recuerda, Eugenio? 
– Mi padre era muy exigente conmigo y eso me afectó. Era una persona muy autoritaria que daba órdenes, no hablaba conmigo. Era todo un estilo de época.

– ¿Era inmigrante?
– Sí. Nació al norte de Turín, en una zona que perteneció al imperio austrohúngaro. Era como un prusiano. Él le decía a mi madre que me besara solo cuando dormía, para que yo no me diera cuenta. Pensaba que el cariño me debilitaría. Si uno sobrevive a eso, después puede hacer cualquier cosa. Mi padre era orfebre, joyero, de un rigor y un sentido de excelencia terribles. A mí nunca me elogió mis obras, pero me vengo a enterar después de muerto de que cansaba a sus amigos hablándoles de mi talento. A veces pienso: ¿quién es mejor padre? ¿El que le da un quiosco cuando el chico pide un caramelo o aquel que pone límites claros?

– ¿Y cuál es mejor? 
– No sé. Mis hijos sostienen que tuve suerte de tener un padre como el mío. Ellos dos son artistas, y me recriminan un poco no haberlos tratado con dureza. Dicen que yo tengo una fuerza de la que ellos carecen. Es difícil la paternidad. 

–¿Y a su madre cómo la evocaría?
–Yo soy quien soy por mi madre. Se llamaba Lidia, un nombre que le calzaba perfecto porque era una guerrera. Ella quiso ser médica, pero su padre no la dejó, por lo que lo compensó leyendo y leyéndome todo lo que podía. Así que a ella le debo el deseo íntimo y poderoso por el conocimiento, y a mi padre, el amor por la belleza y la excelencia. Al ser hijo de esos padres, no podía ser otra cosa que artista. El arte es una vinculación natural con lo metafísico. Y yo siempre tuve tendencia a ahondar en lo sublime.

– ¿A qué se refiere precisamente?
– Desde muy chico experimenté ciertos “llamados”. El primero fue a los 7 años... ¡Cómo se asustaron mis padres! Después tuve otros, a los 21 y a los 42 años. La última vez fui a consultar a unos maestros orientales, y, a partir de ese instante, se produjo un cambio en mi vida y en mi arte. Hasta estudié budismo en la Universidad de Nueva York. Algunos principios budistas de hace dos mil años están confirmándose hoy a través de la física cuántica.

¿Esas experiencias espirituales se entrelazan con esta etapa de silencio e introspección?
– Es inevitable que todo esto esté presente en mis creaciones: esa ola de niñas en resina (señala algunas de sus obras), iluminadas sobre sillas, es la expresión de la nueva conciencia. Eso es imparable; por eso hice esta instalación.
Verano perpetuo 
Cuttica reside en la frenética Nueva York, donde tiene su taller principal (los otros se sitúan en Miami y Milán). De espíritu trashumante, su arte se luce en las galerías, museos, centros culturales y ferias más renombradas del mundo, con destinos diferentes que van desde Santiago de Chile, Río de Janeiro y Bogotá hasta Ámsterdam, Los Ángeles, Indianápolis y Shanghái. “Viajo mucho porque intento vivir siempre en verano; sin embargo, lo más importante son las personas que te rodean”, sentencia. Y acota: “Es que la gente puede hacerte olvidar el mal tiempo, el frío... Para mí, la cordialidad y la apertura de mente son características básicas, primordiales. En Nueva York, si yo le comento a un mozo de un bar o a una mucama sobre mis ‘llamados’, lo comprenden perfectamente, mientras que aquí pueden suponer que estoy un poco loco”.

– ¿Por qué eligió Nueva York?
– Yo hice muchas cosas para ganarme la vida. Con Ruth, mi esposa, abrimos siete locales de ropa en Buenos Aires, pero no pudimos competir con lo que venía de la India. Así que vendimos todo y nos fuimos con una valija, y mis hijos de 5 y 8 años, a ver qué pasaba...

– ¿Así nomás, a probar suerte?
– Es la única forma en que uno se puede ir de su país: sin razonarlo mucho. Hay que tener poder de desapego.

– Como hizo su padre...
– Bueno, en realidad, cuando la familia de mi padre estaba en el puerto de Génova se topó con dos barcos: uno salía en dirección a los Estados Unidos y otro hacia la Argentina. Lo debatieron y se pelearon bastante. De hecho se dividieron y ¡nunca más se vieron! A mí me tocó el barco que venía para acá (se sonríe). Así que emigrar hacia Nueva York fue como volver a tomarme aquel barco. 

– ¿Cómo sobrevivió en la Gran Manzana hasta que pudo mantenerse con sus obras?
– Tuvimos una cadena de heladerías con la que nos fue muy bien hasta la caída de las Torres Gemelas. Ese atentado y la crisis de 2008 nos obligó a cerrarlas.

– ¿Con Ruth nunca se separaron?
– No, seguimos juntos a pesar de todo. Nos extrañamos mucho. Pero, efectivamente, no es común.

– Dicen que con los años uno se vuelve menos egocéntrico. ¿Le pasó eso a usted? 
– Sí, puede ser. Haberme dedicado al arte me ayudó a no tener miedo de emprender otro camino. Hay que animarse a desinstalar ese programa contaminado de virus que portamos para liberar la mente. Ese es un trabajo muy grande, como un camino iniciático. El arte te permite hacer el viaje de los héroes de las mil caras que nombra el mitógrafo estadounidense Joseph Campbell. 

– ¿A qué le teme, Eugenio? 
– Le temo al deterioro mental, a quedarme ciego, a convertirme en un ser prescindible, a perder mis talleres, al ruido, a la contaminación visual y sonora...

– ¿Y cómo combate el ruido mental?
– Meditando. De esa manera uno se conecta con la mirada interior. Al escribir o al pintar pasa exactamente lo mismo, pero uno lo expone para compartirlo con los demás.
“Ataraxia”
Eugenio Cuttica vuelve a exponer en el país después de la histórica retrospectiva “La mirada interior”, allá por 2015. La figura dominante de la muestra es una niña transparente realizada en resina, que se repite ciento veinte veces y vuelve a reiterarse en los cuadros. Las pinturas e instalaciones remi-ten a la fertilidad, a la abundancia, al arte como alimento, a la belleza del trigo o de las flores que simplemente suceden a través de la pulsión de vida natural y con el ser humano dentro de una ética del trabajo. “Ataraxia” mantendrá sus puertas abiertas en el Museo de Arte Contemporáneo de Mar del Plata hasta el 29 de julio. Más información en www.eugeniocuttica.com.ar
Quién es Eugenio Cuttica
Estudió pintura y arquitectura en los ochenta. Cuando era muy Joven, fue descubierto por Antonio Berni, que lo convirtió en su asistente. En 1988 recibió el primer premio Jóvenes Pintores, otorgado por la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat. Al año siguiente integró el grupo de artistas que representaron a la Argentina en la Bienal de Venecia. En la década del noventa explotó en Nueva York, donde exhibió, por ejemplo, en The Watermill Center, la Gates Gallery y en la Tripoli Gallery of Contemporary Art. En 2014 fue convocado por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para que ilustrara la estación de subte San Pedrito. Confiesa que a mitad de año, cuando su muestra en Mar del Plata baje el telón, quiere abocarse más a su taller en Milán: “Apunto a exponer más en museos que en galerías. Me gusta la relación que se establece con ese tipo de público. Mi idea es producir en Milán, pero no me pongo límites. También quiero hacer algo en Córdoba, que me encanta”.

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