Viajes


Desafiar al paraíso


Por Federico Svec.


Desafiar al paraíso
Las aguas blancas de Salta y Bariloche son ideales para practicar rafting y kayak, en versiones tradicionales y vanguardistas.

De pronto, se siente como si un par de manos gigantescas e invisibles atrapasen el bote, que se sacude, salta, gira, se eleva, se hunde… Un rugido atronador, como salido de las entrañas de un dragón, tapa todos los sonidos, incluyendo los propios gritos de sorpresa, alegría o susto. Las agujas del reloj parecen moverse a otra velocidad. Bienvenidos al turbulento mundo de las aguas blancas, los ríos con rápidos que pueden plantear desafíos de diferentes dificultades al navegarlos. Básicamente, existen dos tipos de embarcaciones para sumergirse en este universo: los kayaks y los botes de rafting. Ambas encuentran en el verano una época ideal para elevar nuestras dosis de adrenalina y diversión. Y ambas pueden probarse en dos destinos paradisíacos de la Argentina: el Noroeste y la Patagonia. 

Sergio “Grillo” Barthaburu es un instructor y guía con vasta trayectoria en ríos míticos como el Zambeze y el Nilo, de África; el Amazonas, de Brasil; el Colca, de Perú, o el viejo Biobío, de Chile. “Me dedico al kayak de aguas blancas desde 1982. Hice mis primeros descensos del río Juramento, en Salta, allá por el año 1984, con el anhelo de poder difundir este deporte, por aquel entonces desconocido en el ambiente turístico. Lo que hacemos consiste en descender en balsas por los rápidos del río Juramento, que está catalogado con un grado de dificultad III, logrando un equilibrio justo entre la aventura y la seguridad. Descender esta sección del río Juramento demanda dos horas y comprende diez rápidos: La Isla, La Cruz, Snack, Piedra Blanca, El Largo, Presidio, 7 Colores, La S, Crestón y Casa de Cóndor”, enumera quien ostenta certificaciones de la International Rafting Federation (IRF). Y profundiza: “Los nombres tienen su explicación. Por ejemplo, Presidio se debe a que las montañas que lo envuelven tienen una altura de 500 metros desde el nivel del río y es imposible acceder a ellas. Al que se lo bautizó Crestón es porque allí se forma la ola más grande del río, y simboliza la montaña más alta de esta zona, que es el cerro Crestón, que divide el valle de Sianca con el dique Cabra Corral, la principal reserva hídrica del noroeste argentino y el segundo embalse más grande del país, superado solo por El Chocón sobre el río Limay, en las provincias de Neuquén y Río Negro”.

Mientras escuchamos a Barthaburu, nos rodean los patos y los perros que él mismo cría y que suelen integrar sus tripulaciones. A los primeros les enseñó a tirarse a los rápidos y a nadar un tramo con ellos. Los segundos portan su chaleco salvavidas con un botiquín de primeros auxilios. Como para que no queden dudas de que son los mejores amigos del hombre.

Antes de despedirnos, Barthaburu nos ofrece la frutilla del postre de la jornada: volar sobre el cañón del Juramento. Bueno, lo de volar es metafórico... o no tanto, ya que nos cuenta sobre dos circuitos de canopy. Uno de ellos es el más grande de Sudamérica. “Rumbeamos hacia un cerro donde iniciamos un trekking de quince a veinte minutos de ascenso hasta la primera plataforma con una vista espectacular de todo el cañón del río Juramento. Hay diversos recorridos, más demandantes y menos exigentes, y distintas alturas y longitudes: uno está a 200 metros sobre el nivel del río y el más largo se extiende 600 metros, lo que nos permite viajar a unos 35 kilómetros por hora. ¡Eso es lo más cercano a la sensación de volar!”, exclama Barthaburu.
Río arriba, río va...
Alejandro Rosales es otro pionero en cuanto a actividades que se llevan a cabo en las aguas blancas del país, particularmente en la región patagónica. El clásico de los clásicos es el Manso Inferior (clase II-III). “Los ríos del Parque Nacional Nahuel Huapi brindan un escenario ideal para la práctica del rafting y del kayak. Sus aguas prístinas hacen que este sea uno de los pocos lugares en la Tierra donde aún se puede beber desde el bote mientras remamos”, nos tienta Rosales. 

Para hacer el rafting salimos de Bariloche por la ruta nacional 258 y nos dirigimos hacia el lago Steffen, pasando por los lagos Gutiérrez, Mascardi y Guillelmo. Una vez en el Steffen, nos vestimos con ropa para la ocasión y, tras una breve charla de seguridad, ya estamos preparados para comenzar el descenso del río Manso Inferior. 

Ceñidos de altas cumbres y el esplendor de los bosques andino-patagónicos, nuestra balsa es empujada por la corriente, mientras distinguimos la flora del Parque Nacional, con especies como coihue, ciprés, arrayán, maitén o radal. A la vez, las aguas cristalinas del Manso nos facilitan observar variedades de truchas. Después de una hora y media de expedición, nos detenemos en una hermosa playita de arena para hacer un picnic. 

Entrada la tardecita, volvemos a hacerle frente a un Manso que cada vez se torna más emocionante. “Uvasal, Banda de Billar, Diente de Hipopótamo, Montaña Rusa y Roca Magnética son algunos de los rápidos que navegaremos. Estos meses son propicios para animarse a darse un chapuzón en los tibios remansos que forman las aguas del río. Y no todo es rafting: se puede combinar con otras atracciones, como trekking o pesca con mosca”, advierte Rosales.

Para aquellos insaciables que se hayan quedado con ganas de más, se puede hacer el rafting “Río Manso a la Frontera”, que nos conduce al límite con Chile. Son 12 kilómetros por los mejores rápidos clase III y IV. Es inolvidable pasar a través de estrechos cañones con la vegetación exuberante de la selva valdiviana como telón de fondo.

Para concluir, Rosales nos menciona una actividad inédita: el stand up paddle rafting en el río Limay. ¿De qué se trata esta excursión a solo treinta minutos de Bariloche? Se navegan 9 kilómetros, durante poco más de cuatro horas, sobre una enorme tabla inflable. El río tiene buen caudal y, por momentos, corre a más de 15 kilómetros por hora. Aunque la dificultad es baja si uno rema sentado, al remar parado, todo se puede complicar... Pero qué más da si nos abrazan impactantes formaciones de roca volcánica, con paredes que caen a pico sobre el agua. De ensueño.
Érase una vez...
El origen del rafting nos traslada a esas antiguas balsas de troncos de madera atados entre sí, y a los raiders que se dejaban deslizar río abajo sobre ellas o que empleaban este método para transportar hasta los aserraderos los árboles que eran talados. 

Allá por 1840, Horace H. Day inventó las balsas construidas con tubos inflables de caucho natural, aunque la historia del rafting moderno comenzó cuando terminó la Segunda Guerra Mundial: los sobrantes de botes inflables con forma de canasta que habían sido diseñados para realizar ataques sorpresa se empezaron a usar en los rápidos como una forma de recreación en el tiempo libre. La popularidad de la disciplina explotó en la década del cincuenta, con botes que ya presentaban nuevos materiales que los volvían más resistentes, maniobrables y seguros.

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