Viajes


Patagonia desconocida


Por Federico Svec.


Patagonia desconocida
Un circuito de más de 500 kilómetros entre Argentina y Chile esconde cañadones jurásicos, Mesetas altísimas, valles lunares y cuevas antiguas con pinturas rupestres. A descubrirlo.

En Proa de la Meseta, un punto elevado de la estepa patagónica, el horizonte es infinito… Todo es naturaleza y, a más de 1400 metros de altura, no se avizora ningún rastro de civilización moderna. Llegar a la cima de la meseta del lago Buenos Aires (el más grande de nuestro país) es adentrarse en un paraíso perdido detenido en el tiempo. La montaña se corta abruptamente, con la forma de una gigantesca proa de barco tallada en la roca. A los pies del precipicio, observamos un gran lago que, a la distancia, funde su color azul con el del cielo. Y desde ese cielo aparece un cóndor que vuela sobre nosotros. La escena compensa con creces el esfuerzo de haber caminado hasta aquí…

Pero vayamos al comienzo de esta historia, cuando arribamos a principios del verano a una zona de la Patagonia prácticamente desconocida para los viajeros. A través de la Fundación Flora y Fauna empezamos a conocer el Circuito Parque Patagonia, un recorrido por la geografía de la Argentina y Chile, de más de 500 kilómetros, con una gran diversidad de paisajes y la posibilidad de realizar múltiples actividades en plena naturaleza. También conocido como Circuito Binacional, es una conjunción de parques y reservas nacionales y privadas (existe el proyecto de que, en un futuro, se convierta en un gran parque nacional, compartido por ambos países). Durante nuestro viaje relevamos varios senderos donde se puede hacer trekking. Hay diferentes portales de acceso al Circuito Binacional: uno de ellos está en la provincia de Santa Cruz. Hablamos del portal Río Pinturas, donde emprendimos los senderos de los cañadones del Pinturas y el Caracoles, y la ya mencionada travesía a Proa de la Meseta. Por el lado de Chile, recorrimos un par de senderos a los cuales se ingresa a través del portal Jeinimeni. ¿Está preparado para la aventura?
Meseta del lago Buenos Aires
Se formó hace unos cinco millones de años, en el Plioceno. Hay otro antiguo nombre para la elevación: Ashpesh o Ashpaik, asociado a leyendas y mitos sobre la creación del mundo. En los mapas de sus viajes de exploración, George Musters la llamó “Colinas de Dios”. Las erupciones de basaltos que se produjeron en el Pleistoceno (un millón de años atrás) y la acción de los glaciares contribuyeron a tallar el paisaje y a crear los lagos de la región.  

Después del lago Titicaca en Bolivia y Perú, el lago Buenos Aires es el segundo de mayor magnitud de América del Sur. Tiene una superficie de 2240 kilómetros cuadrados, de los cuales 881 pertenecen a la Argentina y el resto a Chile, donde fue bautizado General Carrera. Es extraño partir un lago por la mitad, pero eso es algo que sus aguas profundas, azules y turbulentas no tienen en cuenta. Tal vez sería más conveniente volver a llamarlo como lo hacían los tehuelches: Chelenko (lago de las tempestades).

Como todo gran espejo de agua, tiene su monstruo legendario: el jemisch, un animal anfibio que, a la noche, salía a comer gente y ganado a la orilla del río. Los tehuelches meridionales lo apodaron yem’chen (tigre del agua).
Por los cañadones
Mientras el trekking a la Proa de la Meseta tiene un grado de dificultad medio y requiere un buen estado físico, los cañadones son más accesibles para el público en general.

El puntapié inicial de la caminata está muy cerca de la Ruta 40. Se trata de El Mirador, que se destaca, precisamente, por sus impactantes vistas. Cerquita de allí, hacia la derecha, comienza una senda en zigzag que desciende hacia el río Pinturas. Pero esa no es la única manera de afrontarlo: hacia el noreste, donde se halla la famosa Cueva de las Manos, una larga escalera de madera empalma con otra senda, más sencilla de completar pero menos emocionante que el serpenteo de El Mirador. 

Las paredes del cañadón del Pinturas ostentan más de 200 metros de altura y están formadas por capas superpuestas de roca volcánica del período Jurásico (hace unos 145 millones de años), lo que nos lleva a preguntarnos si por el valle del fondo pasaron corriendo alguna vez los orkoraptors (dinosaurios carnívoros patagónicos de unos siete metros de largo). Hoy es el hábitat de guanacos, zorros, pumas, gatos monteses, choiques y cóndores. 

El fondo del cañadón es como un oasis: la vegetación cambia. Arriba se advierte la característica estepa patagónica, más arbustiva (clima frío, ventoso y seco), mientras que en el protegido valle se respira otro microclima. Con condiciones más suaves y mayor humedad, aparecen pastos, juncos, sauces y álamos.

Al finalizar el descenso, bordeamos el río Pinturas hasta dar con un puente que lo cruza. En el otro margen del río, tomamos rumbo hacia el sur, hasta un empalme con el cañadón Caracoles, un lugar con una vasta pradera, verde y desolada, por la que el río corre mansamente. La transparencia de su agua deja adivinar las algas que tapizan el cauce. 

Ya en el cañadón Caracoles, el verde desaparece y se impone un lecho de río seco convertido en salar. Desde ese punto retomamos la marcha hacia el norte, con una meta muy clara: el antiguo puesto de la estancia Los Toldos, apropiadísimo para acampar. Pasamos el resto de la tarde en ese puesto, y aguardamos a que caiga el sol, para poder contemplar un cielo estrellado conmovedor. Una zona de fogón nos permite disfrutar del espectáculo al calor de las llamas, y sin dejar huellas en el ambiente.

Al otro día, continuamos hasta la Cueva de las Manos, acaso el sitio arqueológico más importante de la Patagonia (en su momento, la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad). Su interior es dueño de una gran cantidad de pinturas rupestres antiquísimas, las cuales datan de unos diez mil años atrás. 
Maravilla escondida
Desde la localidad de Los Antiguos, al noroeste de Santa Cruz, partimos hacia el oeste por la RP 43. Cruzamos el puente sobre el río Los Antiguos y solo tres kilómetros nos separan del control fronterizo del paso Río Jeinimeni. En total serán unos nueve kilómetros hasta apretar el freno en la localidad de Chile Chico. Entre ceja y ceja tenemos a la Reserva Nacional Lago Jeinimeni, a unos 65 kilómetros al sureste de la ciudad. 

Jeinimeni, administrada por la Corporación Nacional Forestal (CONAF), es un territorio que, prácticamente, permaneció aislado de todo y de todos. Sus 161.100 hectáreas conforman un verdadero ensueño. Gracias a sus no más de trescientos visitantes anuales, se mantuvo virgen y libre de contaminación. 

De una belleza privilegiada, allí descansan trece ventisqueros, tres lagos, treinta lagunas, dieciocho ríos, sitios arqueológicos con pinturas rupestres, valles lunares, zonas de fósiles y valles primitivos con especies endémicas únicas (muchas de ellas recientemente descubiertas). 

Hay dos senderos que son muy recomendables, el Escorial del Silencio y el Sendero Circular, que contiene tres maravillas naturales: Piedra Clavada, la Cueva de las Manos de Jeinimeni y el Valle Lunar. Los tres son increíbles, ideales para aquellos que quieran vivenciar un verano atípico. Solo basta cargar el tanque de la energía y lanzarse a la aventura. ¿Qué está esperando?

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